COMENTARIO

 Jos 6,12-27 

El relato de la toma de Jericó no es, ciertamente, una crónica militar sobre la conquista de la ciudad. Está narrado en lenguaje teológico, con el que se enseña que el éxito en ese primer asedio realizado por Israel en la tierra prometida fue consecuencia de su obediencia a los designios de Dios. El asalto a la ciudad, que según se indica al principio del relato resultaba difícil ya que estaba bien fortificada (cfr 6,1), se consiguió por unos medios muy distintos a los convencionales. La fe en Dios manifestada en la obediencia rendida a las órdenes de Josué, su mediador, fue suficiente para que los obstáculos se desvanecieran por sí mismos. «Por la fe, se derrumbaron los muros de Jericó después de dar vueltas alrededor de ellos durante siete días. Por la fe, Rajab, la meretriz, no pereció con los incrédulos, por haber acogido en son de paz a los exploradores» (Hb 11,30-31).

En la historia del Pueblo de Dios a lo largo de los siglos, y en la historia personal de cada uno, se comprueba muchas veces que las dificultades desaparecen cuando se afrontan con fe y se obedece a quien en nombre de Dios indica los medios que han de ponerse, aunque parezcan desproporcionados. La obediencia que nace de la fe siempre es eficaz: «¡Oh, cuán dulce y gloriosa es esta virtud en la que se encuentran todas las demás porque es concebida y dada a luz por la caridad! En ella está fundada la piedra de la santísima fe. El que esté desposado con esta reina no siente mal alguno: percibe paz y quietud. No le pueden dañar las olas del mar tempestuoso ni tempestad alguna. (…) ¡Oh obediencia, que navegas sin trabajo y alcanzas sin peligro el puerto de la salvación! ¡Te pareces al Verbo, mi Hijo Unigénito: subes a la navecilla de la santísima cruz disponiéndote a sufrir antes que transgredir la obediencia del Verbo o abandonar sus enseñanzas! (…) Estás completamente alegre, porque tu rostro no se ha turbado con la impaciencia; estás serena y con fortaleza. Eres grande en la prolongada perseverancia; tan grande que participas del cielo y de la tierra, porque con ella se quita el cerrojo del cielo» (S. Catalina de Siena, El diálogo 155).

Volver a Jos 6,12-27