COMENTARIO
En Dt 7,1-6.25-26; 13,13-19 y sobre todo en 20,16-18 se dan normas precisas sobre el anatema y se insta a Israel a atenerse fielmente a ellas para no contaminarse con la idolatría de los pueblos cananeos. Esta normativa, que para nuestra mentalidad resulta incomprensible y aparece como feroz e inhumana, hay que entenderla en su contexto histórico y en el marco del desarrollo progresivo de la revelación divina. De una parte, refleja una práctica habitual en la antigüedad; pero además, en las leyes bíblicas, está regulada con enorme fuerza porque tiene un poder disuasorio, ya que, si el botín que se pueda alcanzar (tesoros, animales o personas que se utilizarían como servidores) ha de ser destruido, no tiene sentido emprender una guerra por afán de avaricia. Se modera de este modo la belicosidad impulsada por la codicia. Pese a todo, conviene tener presente que se trata de una disposición transitoria sólo vigente para aquellos tiempos, por lo que no sería adecuado aducir éste ni ningún otro pasaje de la Sagrada Escritura para justificar la violencia ni los crímenes. La manifestación de Dios a los hombres se ha ido realizando poco a poco hasta alcanzar su plenitud en la encarnación del Verbo. En la predicación de Jesucristo es donde podemos encontrar el verdadero punto de referencia sobre el respeto a la vida y a las legítimas posesiones de los demás. En el Sermón de la Montaña el Señor dijo: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores» (Mt 5,44-45).
En la literatura mística se encuentran interpretaciones alegóricas de ese mandato para ejemplificar que el alma ha de desprenderse de todo para acercase a Dios. En este sentido San Juan de la Cruz comenta que se ordena esa destrucción de todo «para que entendamos cómo para entrar en esta divina unión ha de morir todo lo que vive en el alma, poco y mucho, chico y grande, y el alma ha de quedar sin codicia de todo ello» (Subida al monte Carmelo 1,11,8).