COMENTARIO
Rajab se incorporó a Israel y obtuvo la salvación como premio a su buena acción con los exploradores (2,1-21). Su recuerdo llega hasta el Nuevo Testamento. Es una de las mujeres que figuran en la genealogía de Jesús (Mt 1,5), y su fe con obras es alabada en Hb 11,31 y St 2,25.
Los Padres de la Iglesia han visto en Rajab una figura de la salvación de los gentiles que acogen la fe cristiana: «Esta Jericó simbólica, esto es, el mundo, está destinada a caer. El fin del mundo es algo de que nos hablan ya desde antiguo y repetidamente los libros santos. (…) [El Señor] salvará únicamente a aquella mujer que acogió a sus exploradores, figura de todos los que acogieron con fe y obediencia a sus apóstoles y, como ella, los colocaron en la parte más alta, por lo que mereció ser asociada a la casa de Israel. Pero a esta mujer, con todo su simbolismo, no debemos ya recordarle ni tenerle en cuenta sus culpas pasadas. En otro tiempo fue una prostituta, mas ahora está unida a Cristo con un matrimonio virginal y casto» (Orígenes, Homiliae in librum Iesu Nave 6,4).
Otros han visto en la casa de Rajab, fuera de la cual no hubo salvación, una figura de la Iglesia: «¿Crees tú —comenta San Cipriano— que puede mantenerse en pie y seguir viviendo quien se aleja de la Iglesia y se construye otras moradas y otros habitáculos distintos, teniendo en cuenta lo que se le dijo a aquella (Rajab), en quien estaba prefigurada la Iglesia? Esto es: reunirás a tu padre y a tu madre, a tus hermanos y a toda la casa de tu padre junto a ti, en tu misma casa; y sucederá que quien saliera fuera de la puerta de tu casa, se constituirá culpable por su cuenta» (S. Cipriano, De unitate Ecclesiae 8).