COMENTARIO

 Jos 7,1-26 

Este capítulo supone una interrupción brusca en el relato de la toma de posesión de la tierra prometida. Hasta el momento se había ocupado de los acontecimientos en el campamento de Guilgal, el primero que se estableció después del paso del Jordán, y se había narrado la conquista de Jericó. Ahora Israel prosigue su ocupación de la tierra y se dirige a la ciudad de Ay. Sin embargo, este pasaje es una larga explicación de por qué resultó fallido el primer intento de conquistar esa ciudad: un israelita, Acán, no respetó la ley del anatema y se quedó parte del botín para su uso particular; hasta que no fue exterminado, el pueblo no pudo recobrar el favor de Dios. El texto sagrado recuerda de forma impresionante la gravedad que supone guardarse algo que pertenece a Dios, como si a Él se le pudiera engañar. Un episodio análogo puede encontrarse en los Hechos de los Apóstoles: Ananías y Safira se pusieron de acuerdo para guardarse parte del precio recibido por un campo e intentar ocultar la verdad a los Apóstoles; ambos murieron de modo trágico (cfr Hch 5,1-11).

En el relato de la prevaricación de Acán se presenta con toda su crudeza la ley del anatema. Hiere nuestra sensibilidad, pero señala de modo inequívoco lo que constituye uno de los mensajes centrales del libro: la tierra de Canaán es una donación de Dios a su pueblo y no es una conquista lograda gracias al potencial bélico de Israel. Por eso, cuando hay alguien que no cumple con exactitud lo establecido, el Señor deja de ayudar a su pueblo y éste queda abocado al fracaso.

Este hecho también incide en otra gran lección del libro de Josué: el pueblo constituye una unidad. Aunque cada persona sea responsable de sus propias acciones, el mal realizado por uno perjudica a toda la comunidad. Fue necesaria la purificación del pecado cometido para que Israel pudiera continuar su avance victorioso por la tierra prometida. Tal solidaridad de unos miembros del pueblo con los demás, tanto para el mal como para el bien, prefigura de algún modo la realidad de la comunión que existe entre los miembros del nuevo Pueblo de Dios, comunión que San Pablo expone admirablemente con la imagen del Cuerpo Místico de Cristo: «Si un miembro padece, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se gozan con él. Vosotros sois cuerpo de Cristo, y cada uno un miembro de él» (1 Co 12,26-27).

Volver a Jos 7,1-26