COMENTARIO
Éste fue uno de los textos que se invocó en la polémica del heliocentrismo con ocasión del llamado caso Galileo. Pero en la base de la polémica había una comprensión equivocada de la naturaleza de los textos sagrados por parte de algunos teólogos de aquel tiempo. Ya San Agustín y Santo Tomás habían explicado el sentido salvífico que tenían los libros santos; posteriormente el papa León XIII resumió la doctrina: «Los escritores sagrados, o más exactamente, “el Espíritu de Dios que hablaba por medio de ellos, no quiso enseñar a los hombres estas cosas (a saber, la constitución íntima de los objetos visibles) que no tienen importancia alguna para la salvación eterna” (S. Agustín, De Gen. Ad litt, 2,9,20), por lo que ellos, más que atender a la investigación de la naturaleza, describen a veces objetos y hablan de ellos (…) como lo exigía el lenguaje común de aquella época (…). Dado que en el lenguaje común lo que se expresa propiamente y en primer lugar es lo que cae bajo los sentidos, así también el escritor sagrado (tal como nos advierte el Doctor Angélico) “atiende a lo que aparece ante los sentidos” (S. Th., I, q. 70, a. 1, ad 3), es decir, a aquello que Dios mismo, hablando a los hombres, expresó de modo humano para hacerse comprender por ellos» (León XIII, Providentissimus Deus, EB 121).
«El Señor obedeció a la voz de un hombre» (v. 14). Más que la alusión a que el sol se detuviera es digno de resaltarse el hecho de que Dios ajuste su actuación a lo que piden las palabras de un hombre. Meditando sobre este texto comenta San Alfonso María de Ligorio: «Pasma el oír que Dios obedeció a Josué cuando ordenó al sol que se detuviese en su carrera (…). Pero sorprende más el oír que con pocas palabras del sacerdote, el mismo Dios baja obediente a los altares y donde quiera que lo llame, todas las veces que lo llame, y se ponga en sus manos» (Selva de materias predicables 1,1,3).