COMENTARIO

 Jos 22,9-34 

Al hablar del regreso de las tribus de Transjordania, el texto sagrado recoge una antigua tradición acerca de un altar que existía junto al Jordán, y que fue motivo de disensiones. En efecto, de acuerdo con el espíritu y las prescripciones del Deuteronomio sólo podría haber un lugar adecuado para el culto y para ofrecer sacrificios al Señor (cfr Dt 12,2-12). La unidad en el culto era manifestación de que sólo hay un Dios, y se evitaba de ese modo el peligro de que se introdujeran costumbres idolátricas al realizar acciones de culto en otros santuarios, o sacrificar en otros altares. Por eso, el altar erigido por las tribus de Transjordania junto al Jordán, a la vista de los demás israelitas, es interpretado por éstos como un comienzo de infidelidad, al no ajustarse a las normas previstas.

El redactor, al narrar esa tradición, explica en el discurso de los representantes de las demás tribus y en la respuesta de los de las tribus transjordanas la trascendencia teológica de la unicidad del culto como manifestación de servicio a un único Dios. Cuando se deja claro que en ese altar no se ofrecerán sacrificios ni habrá ninguna actividad cultual al margen del culto legítimo, pues se trata sólo de una representación emblemática que recuerde a unos y a otros que el Señor es el único Dios de todos, sus hermanos quedan conformes y bendicen al Señor. El altar no sería motivo de separación, sino signo de unión que sirviera para superar la frontera natural de separación entre las tribus que es el río Jordán.

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