COMENTARIO

 Jos 23,1-16 

Josué, antes de morir, dirige un discurso al pueblo en el que recapitula e interpreta en sentido religioso los acontecimientos que han vivido. También en esto sigue las huellas de Moisés (cfr Dt 1,1ss.). Es característico del redactor deuteronomista incluir estos discursos de los grandes personajes en los momentos importantes de la historia. Las palabras de Josué resultan particularmente emotivas. El mensaje que transmite es prácticamente el mismo que Dios le comunicó a él cuando murió Moisés (cfr 1,1-9): una invitación a fiarse del Señor y a cumplir enteramente su Ley. Promesas y amenazas se entrecruzan con la insistencia en la necesidad de ser fieles para conservar la tierra recibida de Dios. La exhortación resulta apremiante, como también lo fue para los israelitas en momentos posteriores de la historia, especialmente en las duras circunstancias del destierro.

La asimilación por parte de Josué de ese mensaje que deja en herencia al pueblo constituyó la gran tarea de su vida. Primero fue el Señor quien le dio instrucciones. Con el decurso de los acontecimientos pudo comprobar por propia experiencia la verdad que encerraban las palabras divinas: el Señor dispersó en su presencia a sus enemigos, entregó a su pueblo la tierra que le había prometido, cumplió con todas sus promesas. La experiencia de la eficacia que Dios había concedido a los suyos al esforzarse por seguir el camino que les proponía, sin desviarse ni a un lado ni a otro, le reforzó el convencimiento de que valía la pena ser fiel al Señor. Por eso, cuando se acerca el momento de su muerte, propone a los israelitas como cosa suya lo que Dios le había propuesto a él mismo al inicio de su tarea.

Algo análogo sucedió, en plenitud, con Jesús, cuya vida es ejemplo de un empeño continuo por identificarse con la voluntad del Padre: desde su infancia (cfr Lc 2,49) hasta la cruz su alimento es cumplir los designios de quien le ha enviado: «Padre, si quieres, aparta de mi este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22,42). Por eso, San Pablo podrá proponer su ejemplo a todos los cristianos: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina, (…) se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz. Y por eso Dios lo exaltó» (Flp 2,5-6.8-9). Ese es también hoy el camino para los que siguen al Señor: escuchar su palabra y acoger sus planes para cada uno. Asimilar y llevar a la práctica ese mensaje es una tarea que da sentido a toda una vida. Y en la medida en que se experimenta la eficacia divina, el afán de dar testimonio a los demás de esa extraordinaria realidad adquiere una fuerza irresistible.

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