COMENTARIO
Con el libro de Josué culminaba el relato de los orígenes de Israel como pueblo elegido por Dios, que fue conducido por Él hasta la posesión de una tierra buena en la que habitar. El Señor había cumplido sus promesas.
En el libro de los Jueces comienza la narración de la historia de ese pueblo en la tierra que Dios le entregó, recogiendo las más antiguas tradiciones sobre los primeros acontecimientos vividos por las tribus israelitas en Canaán. La historia que ahora se inicia, y que continúa en los libros de Samuel y de Reyes, terminará con la expulsión del pueblo de esa tierra y con la deportación de sus personajes más representativos a la cautividad de Babilonia (siglo VI a.C.). En este libro, escrito tras sufrir la experiencia del destierro, se interpretan los recuerdos que los israelitas habían recibido de sus antepasados sobre los primeros momentos en la tierra prometida.
En la división del libro suele considerarse esta sección como prólogo introductorio que, a su vez, consta de dos partes. Primero se habla de la llegada de las tribus israelitas a la tierra de Canaán y del paulatino asentamiento en sus territorios (1,1-36). Después se expresa la enseñanza teológica fundamental del libro: Israel permanecerá en esa tierra mientras sea fiel al Señor, pero en la medida en que se aparte de Dios dejará de contar con el favor divino; el Señor ha dado reiteradas muestras de su fidelidad suscitando jueces que salvaran al pueblo de las situaciones comprometidas en las que se fue encontrando, pero Israel reincidió una y otra vez en la infidelidad (2,1-3,6).
Cuando se escribió este libro, esa enseñanza ayudaría a entender que la enorme desgracia de la cautividad de Babilonia no fue consecuencia de un debilitamiento de la fuerza y el poder del Señor, sino de las repetidas infidelidades del pueblo. No hubo, pues, motivos para dudar de Dios ni para quejarse de Él. Quedaba, sin embargo, una puerta abierta a la esperanza. Ese Dios que se había compadecido de los israelitas una y otra vez y les había prestado su ayuda en repetidas ocasiones, a pesar de las manifiestas infidelidades de ellos, también se podría compadecer una vez más de los suyos y traerles la salvación. Y así sucedió cuando Ciro permitió el regreso de los deportados.
Cuando hoy leemos este libro, que conserva recuerdos de costumbres arcaicas que tal vez hieran nuestra sensibilidad, podemos considerar que la infidelidad, violencia, falta de respeto a la vida, dignidad y posesiones de las personas que reflejan estos relatos siguen estando presentes en el mundo en que vivimos. Su lectura ayuda a contemplar la realidad en una perspectiva de fe, a preguntarnos sobre nuestra fidelidad a Dios en vez de poner en duda las verdades de la fe o sublevarnos por dentro. A la vez nos llena de confianza contemplar la fidelidad de Dios que sigue actuando en la historia y que ha dado muestras de su misericordia al enviar a su Hijo para alcanzarnos la salvación.