1Jc1Cuando Josué murió los israelitas consultaron al Señor diciendo:
—¿Quién de nosotros será el primero en subir a luchar contra los cananeos?
2El Señor dijo:
—Que suba Judá: he puesto el país en sus manos.
3Judá dijo a su hermano Simeón:
—Sube conmigo a mi territorio para combatir a los cananeos, que yo también te acompañaré al tuyo.
Y Simeón se fue con él.
4Judá subió y el Señor puso en sus manos al cananeo y al perezeo. Derrotaron a diez mil hombres en Bézec. 5Allí encontraron también a Adoní–Bézec, a quien atacaron y derrotaron junto con los cananeos y perezeos. 6Adoní–Bézec huyó pero salieron en su persecución. Cuando lo apresaron le cortaron los pulgares de las manos y de los pies. 7Entonces Adoní–Bézec dijo:
—Setenta reyes, con los pulgares de las manos y de los pies cortados, recogían migajas debajo de mi mesa. Dios me ha pagado con mi propia moneda.
Lo llevaron a Jerusalén y allí murió.
8Los hijos de Judá asediaron Jerusalén, la pasaron a filo de espada y prendieron fuego a la ciudad.
9A continuación los hijos de Judá bajaron a combatir a los cananeos que vivían en la montaña, el Négueb y la Sefelá. 10Judá se dirigió contra los cananeos de Hebrón —Hebrón se llamaba antes Quiriat–Arbá—, y derrotó a Sesay, Ajimán y Talmay. 11Desde allí se dirigió contra los habitantes de Debir —Debir se llamaba antes Quiriat–Séfer—. 12Entonces Caleb dijo:
—A quien ataque Quiriat–Séfer y la conquiste, le daré a mi hija Acsá como esposa.
13La conquistó Otniel, hijo de Quenaz, hermano menor de Caleb, y éste le dio a su hija Acsá como esposa. 14Cuando ella llegó, Otniel la persuadió para que pidiera a su padre un campo, y mientras ella se apeaba del asno, Caleb le dijo:
—¿Qué te sucede?
15Ella le dijo:
—Hazme un favor. Ya que me has entregado una tierra árida, dame también un manantial de agua.
Y le dio el Manantial de Arriba y el Manantial de Abajo.
16Los hijos de Jobab, el quenita, suegro de Moisés, subieron con los hijos de Judá desde la ciudad de las palmeras al desierto de Judá, en el sur de Arad, y se establecieron con los amalecitas.
17Judá fue con su hermano Simeón, derrotaron a los cananeos que vivían en Sefat, exterminaron la ciudad y la llamaron Jormá. 18Judá conquistó Gaza y su territorio, Asquelón y su territorio, Ecrón y su territorio. 19El Señor estuvo con Judá, que ocupó la montaña. No pudo, sin embargo, expulsar a los habitantes del valle porque éstos tenían carros de hierro.
20A Caleb, tal como Moisés lo había mandado, le dieron la ciudad de Hebrón, pues él había expulsado de allí a los tres hijos de Anac.
21Los hijos de Benjamín no pudieron expulsar a los jebuseos de Jerusalén; por eso los jebuseos viven allí con los hijos de Benjamín hasta el día de hoy.
22En cambio, la casa de José subió a Betel, y el Señor estuvo con ellos. 23Cuando la casa de José exploraba Betel, ciudad que antes se llamaba Luz, 24los centinelas vieron a un hombre que salía de la ciudad y le dijeron:
—Indícanos por dónde se entra a la ciudad y tendremos piedad de ti.
25El hombre les mostró el acceso a la ciudad y ellos la pasaron a filo de espada, pero dejaron escapar a este hombre con toda su familia. 26Él se dirigió a la tierra de los hititas donde edificó una ciudad a la que puso el nombre de Luz; así se llama hasta el día de hoy.
27Manasés no expulsó ni a los de Bet–Seán y sus aledaños, ni a los de Tanac y sus aledaños, ni a los habitantes de Dor y sus aledaños, ni a Yiblam y sus aledaños, ni a los de Meguido y sus aledaños. Los cananeos siguieron habitando en esta tierra. 28Cuando Israel se hizo fuerte impuso un tributo a los cananeos, pero no pudo expulsarlos.
29Efraím no expulsó a los cananeos que vivían en Guézer. Los cananeos siguen viviendo con ellos en Guézer.
30Zabulón no expulsó a los habitantes de Quitrón ni a los de Nahalal. Los cananeos siguen viviendo con ellos aunque sometidos a tributo.
31Aser tampoco expulsó a los habitantes de Aco, ni a los de Sidón, ni a los de Ajlab, ni a los de Aczib, ni a los de Jelbá, ni a los de Afec, ni a los de Rejob. 32Los de Aser viven con los cananeos, que siguen habitando en esa tierra porque no les pudieron expulsar.
33Neftalí no expulsó a los habitantes de Bet–Semes ni a los de Bet-Anat —aunque los habitantes de Bet-Semes y Bet-Anat han sido sometidos a tributo— y vive con los cananeos, que siguen habitando en esa tierra.
34Los amorreos rechazaron a los hijos de Dan hacia el monte y no les permitieron bajar al valle. 35Los amorreos siguieron viviendo en Ir–Semes, en Ayalón y en Saalbim. Pero cuando la mano de la casa de José se hizo más fuerte, los sometieron a tributo. 36La frontera de los amorreos va desde la subida de Acrabim, esto es desde Selá, hacia arriba.
2Jc1El ángel del Señor subió desde Guilgal hasta Boquim y dijo:
—Los he hecho subir desde Egipto y los he traído a la tierra que juré a sus padres. Entonces dije: «Nunca romperé mi alianza con ustedes, 2y ustedes no harán alianza con los habitantes de esta tierra sino que demolerán sus altares». Pero no han escuchado mi voz. ¿Qué han hecho? 3Por eso les digo: «No los apartaré de su presencia; serán sus adversarios y sus dioses serán una trampa para ustedes».
4Cuando el ángel del Señor pronunció estas palabras ante todos los israelitas, el pueblo profirió gritos y llantos. 5Llamaron a aquel lugar Boquim y ofrecieron allí sacrificios al Señor.
6Josué despidió al pueblo y los israelitas se marcharon cada uno a su heredad para tomar posesión de la tierra. 7El pueblo sirvió al Señor durante todos los días de Josué y durante todos los días de los ancianos que le sobrevivieron y que habían conocido toda la gran obra que el Señor había hecho en favor de Israel.
8Josué, hijo de Nun, el siervo del Señor, murió cuando tenía ciento diez años. 9Lo sepultaron dentro de los límites de su heredad, en Timná–Séraj, que está en la montaña de Efraím, al norte del monte Gaas. 10Toda aquella generación fue también a reunirse con sus padres y tras ella vino una nueva generación que no había conocido al Señor ni tampoco la obra que había realizado en favor de Israel.
11Los israelitas hicieron el mal a los ojos del Señor y dieron culto a los baales. 12Abandonaron al Señor, Dios de sus padres, que los había sacado de la tierra de Egipto, para seguir y adorar a otros dioses, los dioses de los pueblos circundantes. La ira del Señor se encendió 13cuando lo abandonaron y dieron culto a Baal y a las astartés.
14Así pues, la ira del Señor se encendió contra Israel y los entregó en manos de saqueadores que los despojaron: los vendió a los enemigos que tenían a su alrededor y ya no pudieron resistir ante ellos. 15Adonde quiera que salieran, allí estaba la mano del Señor para hacerles daño, tal como el Señor se lo había advertido y jurado. Les sobrevino entonces una angustia tremenda.
16El Señor suscitaba jueces que los salvaban de las manos de sus saqueadores. 17Pero tampoco escucharon a sus jueces, sino que fornicaron con otros dioses y los adoraron. Se apartaron enseguida del camino por el que habían marchado sus padres escuchando los mandamientos del Señor, y no siguieron su ejemplo.
18Cuando el Señor les suscitaba algún juez, el Señor estaba con él y, mientras ese juez vivía, los salvaba de la mano de sus enemigos, pues el Señor se compadecía de sus gemidos ante quienes los presionaban y los oprimían. 19Pero cuando el juez moría, volvían a corromperse más que sus padres, dirigiéndose a otros dioses para darles culto y adorarlos. No se apartaban de sus malas acciones ni de su perverso camino.
20La ira del Señor se encendió, pues, contra Israel y dijo:
—Puesto que esta gente ha violado la alianza que impuse a sus padres y no han escuchado mi voz, 21tampoco yo apartaré de su presencia a ninguna de las naciones que quedaron cuando Josué murió. 22Con ellas pondré a prueba a Israel, a ver si se cuida o no de andar por los caminos del Señor como lo hicieron sus padres.
23Por eso, el Señor permitió que algunas naciones continuaran allí: no las expulsó de inmediato ni las entregó en manos de Josué.
3Jc1Éstas son las naciones que el Señor dejó para poner a prueba a todos los israelitas que no habían conocido las guerras de Canaán, 2para que las generaciones de israelitas que no habían tenido esa experiencia aprendiesen a luchar: 3cinco principados filisteos y todos los cananeos, sidonios y jeveos que habitaban en la montaña del Líbano, desde el monte de Baal–Hermón hasta la entrada de Jamat. 4Éstas sirvieron para probar a Israel y ver si obedecía los mandamientos que el Señor había impuesto a sus padres por medio de Moisés. 5Los israelitas vivían con los cananeos, hititas, amorreos, perezeos, jeveos y jebuseos, 6se casaban con las hijas de aquéllos, les entregaban a sus propias hijas en matrimonio y daban culto a sus dioses.
7Los israelitas hicieron el mal a los ojos del Señor, se olvidaron del Señor, su Dios, y dieron culto a los baales y a las aserás. 8La ira del Señor se encendió contra Israel y los entregó en manos de Cusán Risataim, rey de Aram–Naharaim. Los israelitas fueron sus vasallos durante ocho años.
9Los israelitas clamaron al Señor y el Señor les suscitó un salvador que los libró: Otniel, hijo de Quenaz, el hermano más pequeño de Caleb. 10El espíritu del Señor permaneció sobre él y Otniel juzgó a Israel y salió a la guerra. El Señor puso en su mano a Cusán Risataim, rey de Aram, a quien venció. 11El país descansó durante cuarenta años. Luego Otniel, hijo de Quenaz, murió.
12De nuevo los israelitas volvieron a hacer el mal a los ojos del Señor, y por haber hecho el mal a sus ojos el Señor permitió que Eglón, rey de Moab, fuera más fuerte que Israel. 13Los hijos de Amón y los de Amalec se unieron a Eglón, el cual marchó contra Israel y lo derrotó apoderándose de la ciudad de las palmeras. 14Los israelitas fueron vasallos de Eglón, rey de Moab, durante dieciocho años.
15Entonces los hijos de Israel clamaron al Señor, que les suscitó un salvador: Ehud, hijo de Guerá, el benjaminita, que era zurdo. Éstos enviaron con él su tributo a Eglón, rey de Moab. 16Ehud se hizo una espada de doble filo de un palmo de larga, se la ciñó por debajo de la ropa al muslo derecho 17y presentó el tributo a Eglón, rey de Moab, que era un hombre muy grueso. 18Cuando terminó de ofrecer el tributo, Ehud despidió al tropel que lo había llevado 19y se volvió desde los ídolos que hay junto a Guilgal. Dijo al rey:
—Te traigo un mensaje secreto, oh rey.
Eglón ordenó silencio, y todos los que montaban guardia junto a él salieron. 20Ehud se dirigió hacia Eglón, que estaba sentado en la zona de verano reservada sólo para él, y le dijo:
—Tengo un mensaje de Dios para ti.
Eglón se levantó del trono. 21Entonces Ehud alargó su mano izquierda, tomó la espada que tenía ceñida al muslo derecho y se la clavó en el vientre, 22de modo que la empuñadura penetró detrás de la hoja y la grasa se cerró tras ella —pues no le sacó la espada del vientre—, mientras le hacía expulsar el contenido de sus entrañas. 23Luego, Ehud salió al pórtico dejando las puertas de la azotea cerradas y atrancadas. 24Cuando salió, se acercaron los criados, y al ver que las puertas de la azotea estaban atrancadas se dijeron:
—Debe estar ocupado en el excusado de la zona de verano.
25Aguardaron bastante tiempo hasta quedar sorprendidos porque nadie abría las puertas de la azotea, de modo que tomaron las llaves y la abrieron. Su señor yacía muerto en tierra.
26Pero Ehud, mientras éstos esperaban, se escabulló, pasó por donde los ídolos y se refugió en Seirá. 27Cuando llegó, tocó la trompeta en la montaña de Efraím. Los israelitas bajaron con él de la montaña, y éste colocándose al frente de ellos 28les dijo:
—Síganme, que el Señor ha puesto en sus manos a sus enemigos de Moab.
Bajaron tras él, conquistaron los vados del Jordán hacia Moab y no dejaron pasar a nadie. 29En aquella ocasión derrotaron, sin que se escapara ni uno, a unos diez mil hombres, todos ellos fuertes y aguerridos. 30Entonces Moab quedó sometido al poder de Israel y hubo tranquilidad en el país durante ochenta años.
31Le sucedió Samgar, hijo de Anat, que hirió a seiscientos filisteos con una pica para bueyes. También él salvó a Israel.
4Jc1Cuando Ehud murió, los israelitas volvieron a hacer el mal a los ojos del Señor 2y el Señor los entregó en manos de Yabín, rey de Canaán, que reinó en Jasor. El general de su ejército se llamaba Sísara y vivía en Jaróset–Ha-Goím. 3Los israelitas clamaron al Señor pues Yabín tenía novecientos carros de hierro y les llevaba oprimiendo cruelmente durante veinte años.
4Débora, mujer de Lapidot, era una profetisa que en aquel tiempo juzgaba a Israel. 5Ella se sentaba bajo la palmera de Débora que está entre Ramá y Betel, en la montaña de Efraím, y los israelitas se dirigían a ella en busca de justicia.
6Entonces mandó llamar a Barac, hijo de Abinoam, de Quedes de Neftalí, y le dijo:
—Esto es lo que el Señor, Dios de Israel, te ordena: «Vete y acércate al monte Tabor. Toma contigo diez mil hombres de los hijos de Neftalí y de Zabulón, 7que yo te atraeré a Sísara, príncipe del ejército de Yabín, con sus carros y con toda su tropa hacia el torrente Quisón, y lo pondré en tus manos».
8Barac le respondió:
—Iré si vienes conmigo. Si no me acompañas no iré.
9Ella contestó:
—Te acompañaré sin falta, pero no alcanzarás la gloria en esta expedición que vas a emprender, porque el Señor entregará a Sísara en manos de una mujer.
Se levantó, pues, Débora y marchó con Barac a Quedes, 10en donde Barac convocó a Zabulón y Neftalí. Desde allí subió con diez mil soldados, llevando a Débora en su compañía. 11Jéber, el quenita, se había separado de los demás quenitas, hijos de Jobab, el suegro de Moisés, y había plantado sus tiendas donde la encina de Saananim, junto a Quedes.
12A Sísara le llegó la noticia de que Barac, hijo de Abinoam, había subido al monte Tabor. 13Así que mandó a sus novecientos carros de hierro y a toda su tropa que se dirigieran desde Jaróset–Ha-Goím hacia el torrente Quisón.
14Débora dijo a Barac:
—Levántate. Hoy es el día en que el Señor entregará a Sísara en tus manos. ¡El Señor se ha puesto en marcha delante de ti!
Descendió, pues, Barac del monte Tabor seguido por diez mil hombres 15y el Señor, delante de Barac, desbarató a Sísara, a su ejército y a todos sus carros. El propio Sísara tuvo que descender de su carro y huir a pie. 16Barac persiguió a los carros y al ejército hasta Jaróset–Ha-Goím. Cayó todo el ejército de Sísara sin quedar ni un superviviente.
17Sísara huyó a pie hasta la tienda de Yael, esposa de Jéber, el quenita, pues había un acuerdo de paz entre Yabín, rey de Jasor, y la casa de Jéber, el quenita. 18Yael salió al encuentro de Sísara y le dijo:
—Acércate, señor mío, acércate aquí; no tengas miedo.
Él se acercó a su tienda y ella le cubrió con una manta. 19Él le dijo:
—Dame, por favor, un poco de agua, que estoy sediento.
Ella abrió un odre de leche, le dio de beber y lo cubrió. 20Él le dijo:
—Quédate a la entrada de la tienda, y si alguno viene y te pregunta si hay alguien aquí, dile que no.
21Yael, la esposa de Jéber, tomó una estaca de la tienda y, agarrando un martillo, se dirigió sigilosamente hacia él; apoyó la estaca en su sien y la clavó hasta la tierra. Él, que estaba profundamente dormido por el cansancio, murió.
22Mientras Barac iba en persecución de Sísara, Yael salió a su encuentro para decirle:
—Ven, y te mostraré al hombre que buscas.
Se dirigió hacia ella y, efectivamente, Sísara yacía allí muerto con la estaca clavada en su sien.
23El Señor humilló aquel día a Yabín, rey de Canaán, delante de los israelitas. 24La mano de los israelitas se hizo cada día más dura sobre Yabín, rey de Canaán, hasta que consiguieron derrotarlo.
5Jc1Aquel día, Débora y Barac, hijo de Abinoam, cantaron así:
2—Cuando se sueltan las cabelleras en Israel
y el pueblo se apresta voluntario,
¡bendigan al Señor!
3Reyes, escuchen; príncipes, presten atención.
Voy a cantar al Señor,
voy a entonar un himno al Señor, Dios de Israel:
4Señor, cuando salías de Seír,
cuando venías de los campos de Edom,
se estremecía la tierra y los cielos destilaban,
los nubarrones descargaban aguaceros;
5los montes se derretían delante del Señor,
el Sinaí temblaba delante del Señor, Dios de Israel.
6En los días de Samgar, hijo de Anat,
en los días de Yael, las sendas quedaron desiertas,
recorrieron senderos tortuosos.
7Ya no había capitanes,
se habían acabado en Israel
hasta que surgí yo, Débora,
hasta que surgí como madre en Israel.
8Se ocupaban de buscar nuevos dioses
teniendo la guerra a sus puertas.
Ni un escudo se veía, ni una lanza,
entre cuarenta mil israelitas.
9Mi corazón clamó a los dirigentes de Israel,
al pueblo que acudía voluntario,
10los que montan asnas blancas,
los que se sientan en tapices!
Los que estan en camino: ¡cuéntenlo!
11La voz que corría por los abrevaderos,
pregonaba los beneficios del Señor,
los beneficios de su liderazgo en Israel.
Entonces el pueblo del Señor acudió a las puertas.
12¡Arriba, arriba, Débora!
¡arriba, arriba, canta tu canción!
¡Levántate, Barac, apresa a tus cautivos,
13Los que vivían aislados acudieron a sus príncipes,
el pueblo del Señor se presentó con sus esforzados.
14Los príncipes de Efraím están en el valle,
detrás de ti, Benjamín, con tus tropas.
Acudieron los dirigentes de Maquir,
y los que de Zabulón portaban cetros de bronce.
15Los príncipes de Isacar estuvieron con Débora,
y así Barac se pudo lanzar al valle con su infantería.
En los clanes de Rubén hubo largas deliberaciones.
16¿Por qué te has quedado en los apriscos
escuchando las flautas entre los rebaños?
Los clanes de Rubén hicieron largas indagaciones.
17Galaad reposaba tras el Jordán
y Dan ¿por qué vivía en embarcaciones?
Aser residía a la orilla del mar
reposando en sus ensenadas.
18Zabulón fue un pueblo que se aprestó a morir,
lo mismo que, en los altos de la campiña, Neftalí.
19Los reyes se aprestaron a luchar,
los reyes de Canaán entablaron batalla
en Tanac, junto a las aguas de Meguido,
mas no consiguieron trofeos de plata.
20Desde el cielo batallaron las estrellas,
desde sus órbitas lucharon contra Sísara.
21El torrente Quisón los arrastró
¡el torrente Quisón, el viejo torrente!
¡Alma mía, sé valiente!
22Martillearon los cascos de los caballos
al trotar y trotar de los corceles.
23¡Maldigan a Meroz, dijo el ángel del Señor,
maldigan, maldigan a sus pobladores!
porque no prestaron auxilio al Señor,
no apoyaron al Señor con sus luchadores.
24¡Bendita sea entre las mujeres Yael,
la esposa de Jéber, el quenita;
sea bendita entre todas las mujeres de su tienda!
25A quien pedía agua, le ofreció leche,
en vasija de príncipes le sirvió cuajada.
26Su mano alargó a la estaca
y su diestra al martillo artesano,
golpeó a Sísara y le aplastó el cráneo,
le quebró y atravesó la sien.
27A sus pies se desplomó, cayó, yació,
a sus pies se desplomó, cayó;
donde se desplomó, cayó abatido.
28Tras la ventana miraba y gemía
la madre de Sísara tras las celosías:
«¿Por qué tarda tanto en llegar su carro?
¿Por qué se demoran los pasos de su carroza?».
29Le respondió la más sabia de sus doncellas,
y ella se repetía sus palabras:
30«Seguro que estará repartiendo el botín:
¡una muchacha, dos muchachas para cada caballero!
¡telas de colores, botín de Sísara, telas de colores!;
¡recamados!, ¡tela de color con dobles bordados
para los cuellos!, ¡trofeo de vencedores!».
31¡Que perezcan así todos tus enemigos, Señor,
y que brillen tus amigos como el sol naciente,
con todo su resplandor!
32Y el país descansó durante cuarenta años.
6Jc1Los israelitas hicieron el mal a los ojos del Señor, que los entregó en manos de Madián durante siete años. 2Madián trató a Israel con mano dura. Ante su acoso, los israelitas se valieron de las cavernas, cuevas y guaridas que hay en las montañas. 3Cada vez que Israel sembraba, Madián, Amalec y las gentes de oriente subían contra él, 4acampaban frente a ellos, devastaban toda la cosecha del país hasta la entrada de Gaza y no dejaban víveres en Israel: ni ovejas ni bueyes ni asnos. 5Subían avanzando como una nube de langostas, con todo su ganado y sus tiendas, pues eran innumerables los hombres y camellos que venían a devastar el país. 6Israel sufrió una dura humillación por parte de Madián y los israelitas clamaron al Señor.
7Cuando los israelitas clamaron al Señor a causa de Madián, 8el Señor les envió un profeta que les dijo:
—Así dice el Señor, Dios de Israel: «Yo los he hecho subir de Egipto, los he sacado de la casa de la servidumbre 9y los he librado de la mano de los egipcios y de todos sus opresores: los he apartado de su presencia y les he dado su tierra. 10Y les dije: “Yo soy el Señor, su Dios. No reverencien a los dioses de los amorreos en cuya tierra viven”. Pero no me han escuchado».
11Vino un ángel del Señor y se sentó bajo la encina que había en Ofrá y que pertenecía a Joás, de los de Abiézer. Mientras Gedeón, su hijo, desgranaba el trigo en el lagar para esconderlo de Madián 12el ángel del Señor se le apareció y le dijo:
—El Señor está contigo, valiente.
13Gedeón le respondió:
—Señor mío, si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos ha sucedido todo esto? ¿Dónde están los prodigios que nuestros padres nos cuentan cuando dicen que el Señor nos hizo subir desde Egipto? Ahora, sin embargo, el Señor nos ha abandonado y nos ha puesto en manos de Madián.
14El Señor se dirigió a él y le dijo:
—Ve, que con la fuerza que tienes salvarás a Israel de la mano de Madián. Yo te envío.
15Él respondió:
—Señor mío, ¿cómo voy a liberar a Israel? Mi clan es el más insignificante de Manasés y yo soy el más joven de mi familia.
16El Señor le dijo:
—Yo estaré contigo y tú derrotarás a Madián como a un solo hombre.
17Y de nuevo respondió:
—Por favor, si he encontrado gracia a tus ojos, dame una señal de que eres tú quien ha hablado conmigo. 18No te muevas de aquí hasta que regrese trayendo mi oblación y te la presente.
A lo que él contestó:
—Me quedaré hasta que vuelvas.
19Gedeón fue a preparar un cabrito y unos panes ácimos con un efah de harina. Luego, colocando la carne en un canasto y la salsa en una cazuela, se lo llevó hasta debajo de la encina y allí se lo ofreció.
20El ángel de Dios le dijo:
—Toma la carne y los panes ácimos; déjalos sobre esa roca y derrama la salsa por encima.
Él así lo hizo. 21El ángel del Señor alargó el extremo del cayado que tenía en su mano, tocó la carne y los panes ácimos, y salió de la roca un fuego que consumió la carne y los panes. Luego el ángel del Señor se retiró de su presencia. 22Al ver Gedeón que era un ángel del Señor dijo:
—¡Ay de mí, Señor, Dios mío, que he visto al ángel del Señor cara a cara!
23Y el Señor le respondió:
—Ten paz. No temas, no morirás.
24Gedeón edificó allí un altar al Señor y le puso el nombre de «El Señor es Paz». Éste permanece hasta el día de hoy en Ofrá de Abiézer.
25Aquella noche el Señor le dijo:
—Toma el buey que tiene tu padre y un segundo buey de siete años y destruye el altar a Baal que pertenece a tu padre. Corta el tronco sagrado que hay junto a él 26y construye como es debido un altar al Señor, tu Dios, en la cima de este peñasco. Después toma el segundo buey y ofrécelo en holocausto sobre la madera del tronco cortado.
27Gedeón tomó diez hombres de entre sus criados e hizo lo que el Señor le había mandado. Pero como temía a su familia y a los habitantes de su ciudad, no lo hizo de día sino por la noche.
28Cuando amaneció y la gente de la ciudad se levantó, vieron el altar de Baal destruido, el tronco sagrado que había junto a él arrancado y el segundo buey ofrecido en holocausto sobre el altar recién edificado. 29Entonces se dijeron unos a otros:
Después de indagar y buscar quién había sido, avisaron:
—Lo ha hecho Gedeón, el hijo de Joás.
30Los habitantes de la ciudad dijeron a Joás:
—Saca a tu hijo que lo vamos a matar: ha destruido el altar a Baal y ha cortado el tronco sagrado que había junto a él.
31Joás respondió a todos los que lo asediaban:
—¿Van a defender la causa de Baal para ver si lo salvan? El que defienda la causa de Baal morirá antes de que pase esta mañana. Si es dios, que defienda su causa por sí mismo, pues a él le han destruido el altar.
32Entonces llamaron a Gedeón «Yerubaal», pues decían:
—Que Baal luche contra él, ya que él le ha destruido su altar.
33Entonces todo Madián, Amalec y las gentes de oriente se reunieron, pasaron el Jordán y acamparon en el valle de Yizreel.
34Pero Gedeón fue revestido por el espíritu del Señor. Tocó la trompeta para que los de Abiézer se le unieran. 35Envió mensajeros a todo Manasés, que también se le unieron, y a Aser, Zabulón y Neftalí, que también fueron a su encuentro.
36Gedeón dijo a Dios:
—Si, tal como has prometido, te vas a servir de mí para salvar a Israel, 37mira, voy a poner un vellocino de lana en la era. Si el rocío cae sólo sobre el vellocino y toda la tierra queda seca, sabré que te vas a servir de mí para salvar a Israel, tal como lo has prometido.
38Así fue. Cuando se levantó al día siguiente, escurrió el vellocino y llenó un cuenco de agua con el rocío que extrajo de él. 39Gedeón dijo de nuevo a Dios:
—No te enfades conmigo si te hablo una vez más para probarte. Haz el favor de que esta vez sólo el vellocino permanezca seco, mientras que el rocío caiga en toda la tierra.
40Así lo hizo el Señor aquella noche. Sólo el vellocino permaneció seco, mientras que el rocío había caído sobre toda la tierra.
7Jc1Yerubaal, es decir Gedeón, se levantó con toda la tropa que lo acompañaba y acampó junto a En–Jarod. El campamento de Madián estaba en el valle, al norte del alto de Morá.
2El Señor dijo a Gedeón:
—Te acompaña una tropa demasiado numerosa para que Madián sea puesto en sus manos; no vaya a ser que Israel se gloríe frente a mí diciendo: «Me he salvado con mis propias fuerzas». 3Así que habla de modo que todo el pueblo te escuche y diles: «Quien tenga miedo o esté tembloroso, que se vuelva y baje enseguida del monte Guilboá».
Se retiraron de la tropa veintidós mil y quedaron diez mil.
4Dijo el Señor a Gedeón:
—Todavía es demasiada gente. Hazlos bajar al agua y allí te los pondré a prueba. Quien yo te diga que puede ir contigo, irá; y todo el que yo te diga que no vaya contigo, no irá.
5Gedeón hizo bajar a toda la tropa al agua y el Señor le dijo:
—A todo el que beba el agua lamiéndola con su lengua como lo hacen los perros, lo pondrás en un sitio. Y a todo el que se incline sobre sus rodillas para beber lo pondrás en otro.
6El número de los que bebieron agua lamiéndola con su lengua fue de trescientos. Todo el resto de la tropa se inclinó sobre sus rodillas para beber acercando sus manos a la boca. 7Y dijo el Señor a Gedeón:
—Con los trescientos hombres que han bebido lamiendo los salvaré y pondré a Madián en tus manos. Todos los demás que se marchen, cada uno a su sitio.
8Así pues, tomando en sus manos las provisiones de la tropa y sus trompetas, envió a cada uno de los israelitas a su tienda y retuvo sólo a esos trescientos hombres. El campamento de Madián estaba en el valle, debajo de donde él se encontraba.
9El Señor le dijo aquella noche:
—Levántate. Baja al campamento porque lo he puesto en tus manos. 10Si te da miedo bajar al campamento, baja con tu criado Purá. 11Cuando escuches lo que dicen aumentarán tus fuerzas para bajar de nuevo al campamento.
Bajó, pues, acompañado de su criado Purá, al ala donde estaban las avanzadillas del campamento. 12Madián, Amalec y las gentes de oriente habían caído sobre el valle como una nube de langostas y tenían una multitud de camellos tan innumerable como las arenas de la orilla del mar.
13Cuando llegó Gedeón, un hombre estaba contándole a otro un sueño:
—He tenido un sueño en el que una hogaza de pan de cebada iba rodando por el campamento de Madián, llegaba hasta esta tienda y chocaba contra ella levantándola por los aires hasta desplomarse en el suelo.
14El otro le respondió:
—Esto no es sino la espada de Gedeón, el hijo de Joás, el israelita, pues Dios ha puesto en su mano a Madián y todo este campamento.
15Cuando Gedeón escuchó la narración de ese sueño y su interpretación, se postró. Después regresó al campamento de Israel diciendo:
—Levántense, que el Señor ha puesto en sus manos el campamento de Madián.
16Dividió a los trescientos hombres en tres grupos, puso en manos de cada uno trompetas y cántaros vacíos que llevaban antorchas en su interior, 17y les dijo:
—Fíjense en mí y hagan esto. Cuando yo llegue al extremo del campamento, hagan lo que yo haga. 18Cuando yo toque la trompeta, todos los que estén conmigo tocarán las trompetas; entonces ustedes tóquenla también por todo el campamento y griten: «¡Por el Señor y por Gedeón!»
19Gedeón llegó, junto con los cien hombres que lo acompañaban, al extremo del campamento al comenzar el turno de guardia de la medianoche, cuando se estaban cambiando los centinelas. Entonces tocaron las trompetas mientras hacían pedazos los cántaros que llevaban en sus manos. 20Los tres grupos tocaron las trompetas, rompieron los cántaros y sostuvieron con su mano izquierda las antorchas a la vez que tocaban las trompetas con la derecha, y gritaron:
—¡La espada del Señor y de Gedeón!
21Cada uno de ellos permanecía inmóvil en su sitio alrededor del campamento. La gente del campamento huía gritando y dando grandes alaridos. 22Mientras tanto, las trescientas trompetas seguían tocando. El Señor dirigió la espada de cada uno contra los que estaban a su lado y contra todo el campamento mientras huían hasta Bet–Hasitá, Sereratá, y la ribera de Abel-Mejolá hacia Tabat.
23Los israelitas de Neftalí, Aser y de todo Manasés fueron convocados para perseguir a Madián. 24Gedeón envió por toda la montaña de Efraím mensajeros que decían:
—Bajen al encuentro de Madián y tómenles los vados hasta Bet–Bará y el Jordán.
Los efraimitas se reunieron y tomaron la zona del río hasta Bet–Bará y el Jordán. 25Apresaron a dos príncipes madianitas, a Oreb y Zeeb; mataron a Oreb en Roca de Oreb y a Zeeb en Lagar de Zeeb; persiguieron a los madianitas y trajeron a Gedeón las cabezas de Oreb y Zeeb desde el vado del Jordán.
8Jc1Los efraimitas le dijeron:
—¿Por qué no nos has llamado para que fuéramos a luchar contra Madián?
Y discutieron con acritud. 2Él les respondió:
—¿Y qué he hecho ahora con ustedes? ¿No es mejor el rebusco de Efraím que la vendimia de Abiézer? 3El Señor ha puesto en sus manos a los príncipes de Madián: Oreb y Zeeb, ¿qué más podía hacer por ustedes?
Entonces, cuando les habló así, se apaciguaron los ánimos que tenían contra él.
4Gedeón llegó al Jordán y lo cruzó con los trescientos hombres que lo acompañaban, que iban extenuados, mientras continuaban la persecución. 5Y dijo a los habitantes de Sucot:
—Den, por favor, unas tortas de pan a la tropa que me acompaña, pues están extenuados. Voy persiguiendo a Zébaj y Salmuná, reyes de Madián.
6Los príncipes de Sucot respondieron:
—¿Acaso has apresado ya a Zébaj y Salmuná para que demos pan a tu ejército?
7Gedeón les contestó:
—Cuando el Señor ponga en mi mano a Zébaj y Salmuná, trillaré las carnes de ustedes con espinas del desierto y con cardos.
8Y subió desde allí hasta Penuel, se dirigió a sus habitantes con una petición análoga, y éstos le respondieron como le habían respondido los habitantes de Sucot. 9Replicó, pues, a los habitantes de Penuel:
—Cuando vuelva con calma, destruiré esta torre.
10Zébaj y Salmuná estaban en Carcor junto con su tropa, unos quince mil hombres, los únicos supervivientes de los ciento veinte mil hombres armados de espadas que integraban las tropas de las gentes de oriente que habían caído. 11Subió Gedeón en dirección a los poblados en donde estaban sus tiendas, en la parte oriental del Nóbaj y Yogbohá, y asaltó el campamento por sorpresa. 12Los reyes de Madián, Zébaj y Salmuná, huyeron, pero los persiguieron y lograron apresarlos junto con su atemorizada tropa.
13Gedeón, hijo de Joás, regresó de la batalla por la subida de Jares 14y apresó a un muchacho de la gente de Sucot al que preguntó por los príncipes y los ancianos de su ciudad, y éste le anotó setenta y siete personas. 15Llegó, pues, a los habitantes de Sucot y les dijo:
—Aquí están Zébaj y Salmuná por los que me despreciaron al decir: «¿Acaso has apresado ya a Zébaj y Salmuná para que demos pan a tus hombres cansados?»
16Tomó a los ancianos de la ciudad, y trilló a los habitantes de Sucot con espinas del desierto y con cardos. 17También destruyó la torre de Penuel y mató a los habitantes de esa ciudad.
18Y dijo a Zébaj y a Salmuná:
—¿Cómo eran los hombres que mataron en el Tabor?
Le respondieron:
—Eran como tú. Cada uno tenía la apariencia de un hijo de rey.
19Y les dijo:
—Son mis hermanos, hijos de mi madre. ¡Vive Dios que si los hubieran dejado vivir no los mataría a ustedes!
20Así que dijo a Yéter, su primogénito:
—Anda y mátalos.
Pero el muchacho no desenvainó su espada pues le daba miedo ya que todavía era joven. 21Zébaj y Salmuná le dijeron:
—Ven tú y ejecútanos, porque la fortaleza de un hombre es medida de su virilidad.
Gedeón fue y mató a Zébaj y a Salmuná. Y se llevó las lunetas que sus camellos llevaban al cuello.
22Los israelitas dijeron a Gedeón:
—Gobiérnanos tú, y tu hijo, y el hijo de tu hijo, ya que nos has salvado de la mano de Madián.
23A lo que Gedeón les respondió:
—No los gobernaré ni yo ni mi hijo. El Señor será quien los gobierne.
24Y añadió:
—Les voy a pedir algo: que cada uno me dé un anillo de lo que haya tomado como botín —pues los vencidos tenían anillos de oro, ya que eran ismaelitas.
25Le contestaron:
—Te lo daremos con mucho gusto.
Extendió su manto y cada uno arrojó en él un anillo de su botín. 26Los anillos de oro que les pidió pesaron mil setecientos siclos de oro, sin contar las lunetas, los pendientes y los vestidos de púrpura escarlata que llevaban los reyes de Madián, y sin contar los collares de cascabeles que sus camellos llevaban al cuello. 27Gedeón los utilizó para hacer un efod que colocó en su ciudad de Ofrá, y allí todo Israel se prostituyó tras él, que vino a ser un cebo para Gedeón y su casa.
28De este modo fue humillado Madián ante los hijos de Israel, y no volvieron a levantar cabeza. El país descansó durante cuarenta años en tiempos de Gedeón.
29Yerubaal, hijo de Joás, se marchó a vivir a su casa. 30Tuvo Gedeón setenta hijos salidos de él, porque tuvo muchas mujeres. 31Entre otras, la concubina que tenía en Siquem le engendró un hijo al que puso el nombre de Abimélec.
32Gedeón, hijo de Joás, murió tras una feliz ancianidad y fue sepultado en la tumba de su padre Joás en Ofrá de Abiézer.
33Cuando murió Gedeón los israelitas volvieron a fornicar tras los baales y tomaron como dios a Baal–Berit. 34Ya no se volvieron a acordar de su Dios, el que los libró de la mano de todos los enemigos que tenían a su alrededor, 35y no tuvieron con la casa de Yerubaal, esto es Gedeón, la veneración debida por el bien que había hecho a Israel.