COMENTARIO

 Jc 2,1-3,6 

El autor sagrado explica por qué no consiguieron dominar la tierra en la que habitaban: los israelitas no fueron fieles a la Alianza con Dios, y por eso el Señor permitió que no pudieran vencer a los cananeos (2,1-5).

Después de repetir casi al pie de la letra los escuetos detalles sobre la muerte y sepultura de Josué que figuran al final del libro que lleva su nombre (2,6-9; cfr Jos 24,28-31), se expone con detenimiento la interpretación teológica de lo sucedido en esos tiempos remotos (2,11-23). Las gentes de Canaán adoraban a Baal, dios de la lluvia y de las cosechas, y a Astarté, diosa de la fertilidad; se fabricaban figurillas y les daban culto. Como los israelitas con frecuencia se sentían atraídos hacia esas costumbres idolátricas, olvidándose del Señor, Dios, que les había entregado aquella tierra, permitía que sus enemigos los despojaran. Pero ese Dios, clemente y misericordioso, al contemplar su angustia, se compadecía de su pueblo antes de que ellos recapacitaran y se convirtieran, y les enviaba jueces que los salvaran de esas situaciones comprometidas. Sin embargo, una vez restablecida la serenidad, el pueblo volvía a dar culto a los ídolos cananeos. Como esta situación se repitió una y otra vez, Dios no apartó definitivamente de su presencia a quienes hostigaban a su gente (2,20-23). De esta manera pudo probar la fidelidad de los israelitas (3,1-6) y atestiguar que continuamente fueron infieles. Esa fue la historia de Israel hasta la llegada del destierro. Así, el autor sagrado enseña la gravedad de los pecados del pueblo, pero también la misericordia divina, que es más eficaz y siempre prevalece: «En cierta ocasión —predicaba San Josemaría Escrivá—, oí comentar a un desaprensivo que la experiencia de los tropiezos sirve para volver a caer, en el mismo error, cien veces. Yo os digo, en cambio, que una persona prudente aprovecha esos reveses para escarmentar, para aprender a obrar el bien, para renovarse en la decisión de ser más santo. De la experiencia de vuestros fracasos y triunfos en el servicio de Dios, sacad siempre, con el crecimiento del amor, una ilusión más firme de proseguir en el cumplimiento de vuestros deberes y derechos de ciudadanos cristianos, cueste lo que cueste: sin cobardías, sin rehuir ni el honor ni la responsabilidad, sin asustarnos ante las reacciones que se alcen a nuestro alrededor —quizá provenientes de falsos hermanos—, cuando noble y lealmente tratamos de buscar la gloria de Dios y el bien de los demás» (Amigos de Dios, n. 164).

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