COMENTARIO

 Jc 4,1-24 

Dios cuenta con la colaboración de las mujeres en sus planes de salvación. Llama la atención que en estos relatos tan primitivos se conserve la memoria de las hazañas de dos mujeres: Débora, profetisa que juzgaba al pueblo y que organizó la lucha contra el ejército de un poderoso rey del norte, y Yael, que mató a Sísara, el jefe de ese ejército. El hecho sorprende sobre todo porque en el contexto cultural de la sociedad cananea de aquella época, e incluso en la sociedad israelita posterior, lo habitual era que las mujeres no tuviesen ningún protagonismo fuera del ámbito doméstico. Sin embargo, el Señor, que iba realizando su Revelación de modo progresivo, quiso ya en esta época primitiva elegir a unas mujeres para que salvaran a su pueblo como testimonio de que no sólo cuenta con los hombres en sus planes salvíficos sino que las mujeres también están llamadas a ser protagonistas en esa tarea.

La tradición cristiana ha visto en estas mujeres prefiguraciones de la Virgen María, una mujer excepcional en la historia de la salvación que al ser la Madre del Salvador ha logrado dar muerte al pecado y al dragón infernal. En la salutación de Isabel a María: «Bendita tú entre las mujeres» (Lc 1,42) resuenan las palabras con las que se ensalza a Yael en el Canto de Débora: «¡Bendita sea entre las mujeres Yael, / la esposa de Jéber, el quenita; / sea bendita entre todas las mujeres de su tienda!» (5,24). «A lo largo de toda la Antigua Alianza, la misión de María fue preparada por la misión de algunas santas mujeres. (…) Contra toda expectativa humana, Dios escoge lo que era tenido por impotente y débil (cfr 1 Co 1,27) para mostrar la fidelidad a su promesa: Ana, la madre de Samuel (cfr 1 S 1), Débora, Rut, Judit, y Ester, y muchas otras mujeres. María “sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de Él con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación” (LG 55)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 489).

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