COMENTARIO

 Jc 6,11-32 

Éste es uno de los relatos de vocación más antiguos contenidos en la Sagrada Escritura, a través del cual el hagiógrafo ayuda a discernir algunos rasgos de todo proceso vocacional.

La elección de Dios recae en un hombre que nunca había pensado en ello, que recibe la llamada mientras está trabajando con normalidad en su quehacer cotidiano, desgranando el trigo (v. 11). La llamada se realiza por iniciativa divina. En algunos casos de particular relevancia, como éste, el Señor se sirve de su ángel para transmitir su mensaje (cfr Lc 1,11.28). Comienza su salutación aludiendo a la cercanía del Señor a su escogido: «El Señor está contigo» (v. 12; cfr Lc 1,28), y a la misión a la que es destinado: Dios ha contemplado las necesidades de su gente y lo manda a servir al pueblo de Dios (v. 14). El Señor no se ha fijado en él por sus méritos ni por la nobleza de su familia (v. 15).

Reacción habitual ante la llamada divina es la resistencia a corresponder. Gedeón expone una tras otra sus dificultades y las limitaciones con las que se ve para afrontar esa tarea: ¿por qué nos ha sucedido todo esto? (v. 13), ¿cómo voy a liberar a Israel? (v. 15). E incluso pide una señal que le ratifique el origen divino de la llamada (v. 17). En esta ocasión Dios accede a ofrecer una prueba sensible, que dejará sobrecogido a Gedeón cuando compruebe que realmente se trataba del Señor (vv. 19-22). Por fin, cuando se toma la decisión de entregarse a la tarea propuesta, llegan el consuelo del Señor —«no temas»— y la paz (v. 23).

En el Antiguo Testamento se habla de muchos personajes que recibieron la llamada del Señor y correspondieron a ella: Samuel (cfr 1 S 3,1-18), David (cfr 1 S 16,1-13), Eliseo (cfr 1 R 19,19-21), y tantos otros. También en el Nuevo Testamento, la respuesta a la vocación de la Virgen María (Lc 1,26-38), de los Apóstoles (Mt 4,18-22 y par.; 9,9 y par.; Jn 1,35-51), de San Pablo (Hch 9,1-19), etc., fue decisiva para la historia de la salvación. Dios sigue llamando hoy a mujeres y hombres para que, en nombre del Señor, den abundante fruto divino. «Si respondes a la llamada que te ha hecho el Señor, tu vida —¡tu pobre vida!— dejará en la historia de la humanidad un surco hondo y ancho, luminoso y fecundo, eterno y divino» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 59).

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