COMENTARIO

 Jc 10,6-16 

Después de cada acción salvadora de Dios parece que las recaídas en la idolatría son aún más graves. En la historia del primer juez se decía que los israelitas habían dado culto a los baales y a las astartés, divinidades cananeas. Ahora, a estos dioses se añade también el culto a los ídolos de Aram, Sidón, Moab, de los amonitas y filisteos, es decir, los de todos los pueblos que rodean el territorio de Canaán. Parece que no les bastaron los ídolos de la tierra en que vivían, sino que integraron en su culto el de todos los pueblos vecinos. Por eso, así como ellos habían abandonado al Señor, el Señor los dejó de nuevo en manos de sus enemigos. Y entonces, al verse en dificultades, volvieron a clamar reconociendo sus faltas y pidiendo ayuda: «Hemos pecado. Haz con nosotros lo que te parezca mejor, pero, por favor, protégenos ahora» (10,15).

Pese a todo, Dios se compadece una y otra vez de los suyos cuando retornan arrepentidos, como San Juan Pablo II lo ha expresado con singular fuerza: «El Señor ama a Israel con el amor de una peculiar elección, semejante al amor de un esposo, y por esto perdona sus culpas e incluso sus infidelidades y traiciones. Cuando se ve de cara a la penitencia, a la conversión auténtica, devuelve de nuevo la gracia a su pueblo. (…) Tanto en sus hechos como en sus palabras, el Señor ha revelado su misericordia desde los comienzos del pueblo que escogió para sí y, a lo largo de la historia, este pueblo se ha confiado continuamente, tanto en las desgracias como en la toma de conciencia de su pecado, al Dios de las misericordias. Todos los matices del amor se manifiestan en la misericordia del Señor para con los suyos» (Dives in misericordia, n. 4).

Volver a Jc 10,6-16