9Jc1Abimélec, hijo de Yerubaal, se dirigió a Siquem en busca de los hermanos de su madre, y les dijo a ellos y a todo el clan de la casa de su abuelo materno:
2—Digan al oído de los habitantes de Siquem: «¿Qué prefieren: que los gobiernen setenta hombres, todos los hijos de Yerubaal, o que l gobierne uno sólo? Recuerden, además, que yo tengo sus mismos huesos y su misma carne».
3Los hermanos de su madre contaron esto a los habitantes de Siquem, y éstos inclinaron sus preferencias por Abimélec, pues se decían:
—¡Es hermano nuestro!
4Le entregaron setenta siclos de plata del templo de Baal–Berit, y con ellos Abimélec contrató a unos hombres desocupados y peligrosos que se fueron con él. 5Llegó a la casa de su padre en Ofrá y mató a sus hermanos, los setenta hijos de Yerubaal, sobre una roca. Sólo escapó Jotam, el hijo pequeño de Yerubaal, que se había escondido. 6Se reunieron todos los habitantes de Siquem y todo Bet–Miló y fueron a proclamar rey a Abimélec junto a la encina de la estela que hay en Siquem.
7Cuando se lo contaron a Jotam, éste fue y se plantó en la cumbre del monte Garizim, y les dijo a grandes voces:
— Escúchenme, habitantes de Siquem,
y Dios los escuchará:
8«Los árboles fueron
a ungir un rey sobre ellos
y dijeron al olivo:
“Reina sobre nosotros”.
9Y el olivo les respondió:
“¿Cómo voy a dejar el aceite
por el que me ensalzan los dioses y los hombres
para ir a mecerme sobre los árboles?”.
10Entonces los árboles se dirigieron a la higuera:
“Ven tú y reina sobre nosotros”.
“¿Cómo voy a dejar mi dulzura
y mi buen fruto
para ir a mecerme sobre los árboles?”.
12Los árboles se dirigieron entonces a la vid:
“Ven tú y reina sobre nosotros”.
13La vid les respondió:
“¿Cómo voy a dejar mi mosto
que alegra a los dioses y a los hombres
para ir a mecerme sobre los árboles?”.
14Dijeron, pues, todos los árboles al espino:
“Ven tú y reina sobre nosotros”.
15Y el espino respondió a los árboles:
“Si me ungen de verdad como rey suyo,
vengan a cobijarse bajo mi sombra,
pero si no, saldrá un fuego del espino
que devorará los cedros del Líbano”».
16Así que ahora, si ustedes han hecho reinar a Abimélec con nobleza e integridad, y si se han portado bien con Yerubaal y con su casa, y si lo han hecho como recompensa al esfuerzo 17de mi padre, que luchó por ustedes exponiéndose a sí mismo para librarse de la mano de Madián 18—a ustedes, que se han alzado hoy contra la casa de mi padre y han matado a sus hijos, a setenta hombres sobre una roca, y han hecho reinar a Abimélec, hijo de su esclava, sobre los habitantes de Siquem por ser hermano de ustedes—, 19si su comportamiento con Yerubaal y con su casa ha sido hoy noble e íntegro, se alegrarán con Abimélec y también él gozará con ustedes. 20Pero si no, saldrá un fuego de Abimélec que devorará a los habitantes de Siquem y de Bet–Miló, y saldrá un fuego de los habitantes de Siquem y de Bet-Miló que devorará a Abimélec.
21Jotam se escapó y huyó marchándose a Beer, y se instaló allí, lejos de Abimélec y de sus hermanos.
22Abimélec se impuso sobre Israel durante tres años. 23Pero el Señor propició desavenencias entre Abimélec y los habitantes de Siquem, y éstos lo traicionaron. 24De este modo, la afrenta y la sangre de los setenta hijos de Yerubaal recayó sobre Abimélec, el hermano que los mató, y sobre los habitantes de Siquem, que le proporcionaron las fuerzas que necesitaba para matar a sus hermanos.
25Los habitantes de Siquem dispusieron en las cumbres de los montes hombres emboscados que asaltaban a todos los que pasaban junto a ellos por el camino. Abimélec fue informado de esto.
26Gáal, hijo de Ébed, pasó con sus hermanos por Siquem, y los habitantes de Siquem se fiaron de él. 27Salieron al campo, vendimiaron sus viñas, las pisaron en el lagar, celebraron festejos, fueron al templo de su dios, y mientras comían y bebían denigraron a Abimélec. 28Gáal, hijo de Ébed, dijo:
—¿Quién es Abimélec y qué es Siquem para que le sirvamos? ¿No es el hijo de Yerubaal, y no es la ciudad cuyo prefecto es Zebul? ¡Servir a los hombres de Jamor, padre de Siquem! ¿Por qué los vamos a servir nosotros? 29¡Ojalá tuviera este pueblo en mi mano para quitar de en medio a Abimélec! Le diría: refuerza tu ejército y ven.
30Zebul, el príncipe de la ciudad, cuando escuchó las palabras de Gáal, hijo de Ébed, montó en cólera 31y envió en secreto a unos mensajeros para que dijeran a Abimélec:
—Gáal, hijo de Ébed, ha venido a Siquem con sus hermanos y están soliviantando a la ciudad en tu contra. 32Levántate de noche, junto con la tropa que te acompaña, y escóndete en el campo. 33Al amanecer, cuando salga el sol, álzate e irrumpe sobre la ciudad. Cuando él y su gente salgan a por ti, haz lo que esté al alcance de tu mano.
34Abimélec se levantó junto con toda su tropa por la noche y tendió emboscadas a Siquem en cuatro cumbres. 35Gáal, hijo de Ébed, salió y se plantó a la entrada de la puerta de la ciudad. Entonces, Abimélec y la tropa que lo acompañaba salieron de su emboscada. 36Cuando Gáal vio la tropa dijo a Zebul:
—Está bajando una muchedumbre desde las cumbres de los montes.
Y éste le respondió:
—Lo que a ti te parecen hombres son sólo las sombras de los montes.
37E insistió Gáal diciendo:
—Mira allí gente que baja desde el Ombligo de la Tierra, y un grupo viene por el camino de la Encina de los Adivinos.
38A lo que Zebul replicó:
—¿Dónde tienes la boca con la que decías: «Quién es Abimélec para que le sirvamos»? ¿No es ésta la tropa que despreciabas? ¡Sal ahora a combatirlo!
39Salió, pues, Gáal al frente de los habitantes de Siquem e hizo frente a Abimélec. 40Éste lo persiguió y aquél intentó escapar de él. Hubo muchas víctimas hasta que llegaron a la entrada de la puerta. 41Abimélec se quedó en Arumá, y Zebul impidió a Gáal y a sus hermanos permanecer en Siquem.
42Al día siguiente la gente salió al campo. Cuando se lo dijeron a Abimélec 43tomó su tropa, la separó en tres grupos y se emboscó en el campo. Al ver que la gente salía de la ciudad, se levantó contra ellos y los derrotó. 44Abimélec y el grupo que iba con él irrumpieron y se plantaron a la entrada de la puerta de la ciudad, mientras que los otros dos grupos irrumpieron sobre cuantos estaban en el campo derrotándolos. 45Abimélec atacó la ciudad durante todo aquel día y la conquistó. Mató a toda la gente que había en ella, la destruyó y la cubrió de sal.
46Al enterarse los habitantes de la Torre de Siquem se refugiaron en la cripta del templo de El–Berit. 47Cuando informaron a Abimélec de que se habían juntado todos los habitantes de la Torre de Siquem, 48éste subió al monte Salmón con toda la tropa que lo acompañaba, tomó un hacha en su mano, cortó una rama de los árboles, la cargó sobre su hombro y dijo a la tropa que iba con él:
—Apresúrense a hacer lo mismo que yo.
49Cada hombre de la tropa cortó también una rama, se fueron tras Abimélec y las colocaron sobre la cripta. Prendieron fuego a la cripta y murieron también todas las personas de la Torre de Siquem, unos mil hombres y mujeres.
50Abimélec se dirigió a Tebés, la asedió y la conquistó. 51Había una torre fortaleza en medio de la ciudad en la que se refugiaron los hombres y las mujeres, todos los habitantes de la ciudad. Se encerraron dentro y subieron a la azotea. 52Abimélec llegó a la torre, la atacó y se acercó hasta su entrada para prenderle fuego; 53pero una mujer tiró una piedra de molino sobre la cabeza de Abimélec y le fracturó el cráneo. 54Él llamó enseguida a su joven escudero y le dijo:
—Desenvaina tu espada y dame muerte, que no se diga que me ha matado una mujer.
Y el joven lo mató. 55Cuando los israelitas vieron que Abimélec había muerto, se marcharon cada uno a su lugar. 56Así retribuyó Dios el mal que había hecho Abimélec a su padre, al matar a sus setenta hermanos, 57e hizo que todo el mal de los hombres de Siquem recayera sobre sus cabezas y viniera sobre ellos la maldición de Jotam, hijo de Yerubaal.
10Jc1Después de Abimélec se alzó para salvar a Israel Tolá, hijo de Puá, hijo de Dodó, hombre de Isacar, que vivía en Samir en la montaña de Efraím. 2Juzgó a Israel durante veintitrés años, y murió. Fue sepultado en Samir.
3Tras él se alzó Yaír de Galaad, que juzgó a Israel durante veintidós años. 4Tuvo treinta hijos que cabalgaban sobre treinta asnos y poseían treinta ciudades, a las que se llama Javot–Yaír hasta el día de hoy, que se encuentran en la tierra de Galaad. 5Yaír murió y fue sepultado en Camón.
6Los israelitas volvieron a hacer el mal a los ojos del Señor y dieron culto a los baales y a las astartés, a los dioses de Aram, Sidón, Moab, así como a los dioses de los amonitas y de los filisteos. Abandonaron al Señor y no le dieron culto. 7Se encendió la ira del Señor contra Israel, y los entregó en manos de los filisteos y de los amonitas. 8Todos los israelitas que vivían al otro lado del Jordán, en la tierra del amorreo, en Galaad, fueron entonces vejados y oprimidos durante dieciocho años. 9Los amonitas pasaron el Jordán para combatir también contra Judá, contra Benjamín y contra la casa de Efraím, y atormentaron profundamente a Israel. 10Entonces los israelitas clamaron al Señor diciendo:
—Hemos pecado contra ti porque hemos abandonado a nuestro Dios para dar culto a los baales.
11Y el Señor les respondió:
—¿Acaso cuando los egipcios, los amorreos, los amonitas, los filisteos, 12los sidonios, los amalecitas y los madianitas los oprimieron y clamaron a mí no los salvé de sus manos? 13Pero ustedes me han abandonado para dar culto a otros dioses, por eso no volveré a salvarlos. 14Vayan a clamar a los dioses que los han elegido, ¡que los salven ellos cuando estén angustiados!
15Los israelitas contestaron al Señor:
—Hemos pecado. Haz con nosotros lo que te parezca mejor, pero, por favor, protégenos ahora.
16Retiraron los dioses extraños que había entre ellos y dieron culto al Señor, que se aplacó ante la desdicha de Israel.
17Los amonitas se unieron para acampar en Galaad, y los israelitas se reunieron y acamparon en Mispá. 18Entonces el pueblo, los príncipes de Galaad, se dijeron unos a otros:
—El primero que luche contra los amonitas tendrá el mando sobre todos los habitantes de Galaad.
11Jc1Jefté, el galaadita, era fuerte y vigoroso, hijo de una prostituta. Galaad había engendrado a Jefté, 2pero la esposa de Galaad también le había dado hijos, y cuando éstos crecieron despidieron a Jefté diciéndole:
—No tendrás parte en la heredad de nuestra familia porque eres hijo de otra mujer.
3Entonces Jefté huyó de la presencia de sus hermanos y habitó en la tierra de Tob. Se le unieron unos hombres sin trabajo y salieron de correrías con él.
4Hacía tiempo que los amonitas luchaban contra Israel. 5Cuando los amonitas estaban luchando contra Israel, los ancianos de Galaad fueron a llamar a Jefté a la tierra de Tob 6y le dijeron:
—Ven y serás nuestro jefe. Lucharemos contra los amonitas.
7Jefté les respondió:
—¿No eran ustedes los que me odiaban y me expulsaron de mi familia? ¿Por qué vienen a mí ahora, cuando están en dificultades?
8Los ancianos de Galaad le dijeron:
—Por eso hemos venido a ti, para que vengas con nosotros, luches contra los amonitas y seas nuestro general, el de todos los habitantes de Galaad.
9Jefté les contestó:
—Si me hacen volver para luchar contra los amonitas y el Señor me los entrega, seré su general.
10Los ancianos de Galaad le dijeron:
—Que el Señor sea testigo entre nosotros de que se hará tal y como has dicho.
11Jefté se marchó con los ancianos de Galaad y el pueblo lo puso como general y jefe al frente de ellos. Jefté pronunció todas sus palabras en la presencia del Señor en Mispá.
12Después Jefté envió unos mensajeros al rey de los amonitas para decirle:
—¿Qué tienes contra mí para haber venido a combatir en mi tierra?
13El rey de los amonitas dijo a los mensajeros de Jefté:
—Israel tomó mi tierra desde el Arnón hasta el Yaboc y el Jordán cuando subió de Egipto, así que ahora devuélvemela pacíficamente.
14Jefté envió de nuevo a sus mensajeros al rey de los amonitas, 15y le dijo:
—Israel no tomó ni la tierra de Moab ni la tierra de los amonitas, 16pues cuando Israel subía de Egipto caminó por el desierto hacia el Mar Rojo y llegó a Cadés. 17Envió entonces unos mensajeros al rey de Edom diciendo: «Haz el favor de dejarnos pasar por tu tierra», pero éste no los escuchó. Los envió también al rey de Moab que tampoco lo consintió; así que Israel permaneció en Cadés 18y después continuó por el desierto, rodeó la tierra de Edom y de Moab hasta llegar al oriente de la tierra de Moab, y acampó al otro lado del Arnón sin llegar a la frontera de Moab, porque el Arnón es la frontera de Moab. 19Israel envió, pues, mensajeros a Sijón, rey de los amorreos, rey de Jesbón, y le dijo: «Haz el favor de dejarme pasar por tu tierra hasta mi heredad»; 20pero Sijón no permitió a Israel traspasar su frontera, sino que reunió a todo su pueblo, acamparon en Yahsa y lucharon contra Israel. 21Entonces el Señor, Dios de Israel, puso a Sijón y a todo su pueblo en manos de Israel y los derrotó, por lo que Israel se hizo con toda la tierra de los amorreos y habitó en ella. 22Se hicieron con todos los confines de los amorreos desde el Arnón hasta el Yaboc y desde el desierto hasta el Jordán, 23y ahora que el Señor, Dios de Israel, ha quitado a los amorreos de delante de su pueblo Israel, ¿vas tú a poseerla? 24¿No te corresponde poseer lo que Camós, tu dios, te entregue? En cambio, nosotros poseeremos lo que el Señor, nuestro Dios, nos ha puesto por delante. 25¿Acaso eres tú mejor que Balac, hijo de Sipor, rey de Moab? ¿Es que disputó con Israel o se puso a luchar contra ellos? 26Cuando Israel habitaba en Jesbón y sus suburbios, en Aroer y los suyos, y en todas las ciudades que están junto al Arnón durante trescientos años, ¿por qué no las rescataron entonces? 27Así que yo no he pecado contra ti, mientras que tú me has maltratado al luchar contra mí. Que el Señor sea hoy un justo juez entre los israelitas y los amonitas.
28Pero el rey de los amonitas no escuchó el mensaje que Jefté le había enviado.
29El espíritu del Señor vino sobre Jefté, que atravesó Galaad y Manasés, pasó a Mispá de Galaad y desde allí hacia los amonitas. 30Hizo Jefté un voto al Señor diciendo:
—Si pones en mis manos a los amonitas, 31quien me salga al encuentro por las puertas de mi casa cuando regrese en paz después de luchar con los amonitas será para el Señor, lo ofreceré en holocausto.
32Jefté se dirigió hacia los amonitas, luchó contra ellos, y el Señor los puso en sus manos. 33Los batió desde Aroer hasta llegar a Minit: veinte ciudades, y hasta Abel–Cramim, infligiéndoles muy grandes pérdidas; de modo que los amonitas se doblegaron ante los israelitas.
34Cuando Jefté volvía a su casa en Mispá, su hija salió a su encuentro con tamboriles y danzas. Era hija única, ya que no tenía otros hijos ni hijas. 35Al verla, rasgó sus vestiduras y dijo:
—¡Ay, hija mía! Me has dejado completamente abatido. Tú has venido a ser la causa de mi aflicción. Yo he hecho una promesa al Señor, y no puedo echarme atrás.
36Ella le contestó:
—Padre mío, ya que abriste tu boca ante el Señor, haz conmigo lo que prometiste puesto que el Señor te ha concedido desquitarte de tus enemigos, los amonitas.
37Y le dijo a su padre:
—Hazme este favor: déjame dos meses para que vaya a vagar por los montes y llore por mi virginidad junto con mis compañeras.
38Él respondió:
—Vete.
Y la dejó marchar durante dos meses. Ella se fue con sus compañeras a llorar por su virginidad en los montes. 39Al cabo de dos meses volvió junto a su padre que cumplió con ella el voto que había hecho, sin que hubiera conocido a varón. Y se estableció la costumbre en Israel 40de que cada año las hijas de Israel vayan a cantar lamentos a la hija de Jefté de Galaad durante cuatro días al año.
12Jc1Los efraimitas se reunieron y se dirigieron hacia Safón para decirle a Jefté:
—¿Por qué has ido a luchar contra los amonitas y no nos has llamado para que te acompañáramos? Vamos a prender fuego a tu casa delante de ti.
2Jefté les respondió:
—Mi pueblo y yo hemos tenido un gran enfrentamiento con los amonitas; los convoqué pero no vinieron a librarme de sus manos. 3Al ver que no me salvaban me enfrenté con mis propias fuerzas a los amonitas y el Señor los puso en mis manos. ¿Por qué vienen ahora a luchar contra mí?
4Luego Jefté reunió a todos los hombres de Galaad para luchar contra los efraimitas hasta derrotarlos, pues les decían:
—Los de Galaad son unos fugitivos de Efraím que andan en medio de Efraím y de Manasés.
5Galaad arrebató los vados del Jordán a los efraimitas, y cuando los fugitivos de Efraím decían: «Voy a pasar», les respondían los hombres de Galaad: «¿Eres tú efratita?». Si decía: «No», 6entonces le pedían: «Por favor, di shibolet». Si decía: «Sibolet», porque no era capaz de pronunciarlo bien, entonces lo apresaban y lo degollaban en los vados del Jordán. En aquel tiempo cayeron cuarenta y dos mil efraimitas.
7Jefté juzgó a Israel durante seis años. Luego, Jefté de Galaad murió y fue sepultado en su ciudad de Galaad.
8Tras él juzgó a Israel Ibsán de Belén. 9Tuvo treinta hijos y treinta hijas, a las que casó fuera; y también trajo treinta muchachas de fuera para sus hijos. Juzgó a Israel durante siete años. 10Luego Ibsán murió y fue sepultado en Belén.
11Tras él juzgó a Israel Elón, el zabulonita. Juzgó a Israel durante diez años. 12Luego murió Elón, el zabulonita, y fue sepultado en Ayalón, en la tierra de Zabulón.
13Tras él juzgó a Israel Abdón, hijo de Hilel, el de Piratón. 14Tuvo cuarenta hijos y treinta nietos que montaban sobre setenta borricos. Juzgó a Israel durante ocho años. 15Luego murió Abdón, hijo de Hilel, el de Piratón, y lo sepultaron en Piratón, en la tierra de Efraím, en el monte de los amalecitas.
13Jc1Los israelitas volvieron a hacer el mal a los ojos del Señor, y el Señor los entregó en manos de los filisteos durante cuarenta años.
2Hubo un hombre de Sorá, de la estirpe de Dan, llamado Manóaj. Su mujer era estéril y no tenía hijos. 3Se le apareció un ángel del Señor a esta mujer y le dijo:
—Mira, eres estéril y no has tenido hijos, pero concebirás y darás a luz un hijo. 4Así que ahora guárdate de beber vino y licor y de comer nada impuro, 5pues concebirás y darás a luz un hijo por cuya cabeza no pasará la navaja, ya que el muchacho será nazareo de Dios desde el vientre materno. Él comenzará a salvar a Israel de la mano de los filisteos.
6La mujer se dirigió a su marido y le dijo:
—Un hombre de Dios se ha dirigido a mí. Su aspecto era como el de un ángel de Dios, muy terrible, y no le he preguntado de dónde es, ni me ha dicho su nombre; 7pero me ha dicho: «Concebirás y darás a luz un hijo, así que ahora no bebas vino ni licor y no comas nada impuro, pues el muchacho será nazareo de Dios desde el vientre materno hasta el día de su muerte».
8Manóaj invocó al Señor y le dijo:
—Te ruego, Señor mío, que el hombre de Dios que nos enviaste venga de nuevo y nos enseñe qué debemos hacer con el muchacho que va a nacer.
9El Señor escuchó la voz de Manóaj y el ángel de Dios se dirigió de nuevo a la mujer mientras estaba sentada en el campo sin que Manóaj, su marido, la acompañase. 10La mujer corrió a avisar a su marido y le dijo:
—Se me ha aparecido el hombre que se dirigió a mí el otro día.
11Manóaj se puso en marcha siguiendo a su mujer y se dirigió a aquel hombre diciéndole:
—¿Eres tú el hombre que habló a esta mujer?
Él respondió:
—Lo soy.
12Manóaj le dijo:
—Cuando se cumpla lo que dijiste, ¿qué se debe hacer y qué comportamiento deberemos tener con el muchacho?
13El ángel del Señor le respondió:
—Se abstendrá de todo lo que dije a esta mujer: 14no comerá nada de lo que produce la vid, no beberá vino ni licor, ni probará nada impuro. Y ella cumplirá todo lo que le he mandado.
15Entonces Manóaj dijo al ángel del Señor:
—Deja que te retengamos y te preparemos un cabrito.
16Y el ángel del Señor respondió:
—Aunque me retengas, no probaré tu comida; pero si quieres hacer un holocausto al Señor, hazlo.
Manóaj no sabía que era un ángel del Señor.
17Y preguntó Manóaj al ángel del Señor:
—¿Cuál es tu nombre, para que cuando se cumpla tu palabra te podamos honrar?
18A lo que le respondió:
—¿Por qué preguntas mi nombre que es misterioso?
19Tomó entonces Manóaj un cabrito y su ofrenda correspondiente y lo ofreció sobre una roca al Señor, que obra maravillas. Manóaj y su mujer lo estaban viendo. 20Cuando la llama subía al cielo desde encima del altar, el ángel del Señor se elevó en esa llama; y Manóaj y su mujer, que lo estaban viendo, cayeron rostro en tierra. 21El ángel del Señor no se volvió a aparecer a Manóaj y su mujer. Entonces Manóaj comprendió que era un ángel del Señor 22y dijo a su mujer:
—Vamos a morir, pues hemos visto a Dios.
23Su mujer le contestó:
—Si el Señor quisiera hacernos morir, no habría aceptado de nuestras manos el holocausto y la ofrenda; no nos habría mostrado todo aquello ni nos habría informado de tales cosas.
24La mujer dio a luz un hijo y le puso el nombre de Sansón. El muchacho creció y el Señor lo bendijo. 25El espíritu del Señor comenzó a inspirarle en el campamento de Dan, entre Sorá y Estaol.
14Jc1Sansón descendió a Timná y puso los ojos en una mujer filistea. 2Subió a contárselo a su padre y a su madre y les dijo:
—He visto a una mujer filistea en Timná. Dénmela, por favor, como esposa.
3Su padre, que estaba junto a su madre, le contestó:
—¿No hay mujeres entre las hijas de tus hermanos ni en todo mi pueblo para que tú vayas a tomar esposa entre los incircuncisos filisteos?
Pero Sansón respondió a su padre:
—Dámela porque es hermosa a mis ojos.
4Su padre y su madre no sabían que era cosa del Señor, pues Él buscaba ocasión contra los filisteos, ya que en aquel tiempo los filisteos dominaban a Israel.
5Bajaba Sansón junto con su padre y su madre hacia Timná cuando al llegar a las viñas de Timná, salió a su encuentro un león joven rugiendo. 6Entonces el espíritu del Señor irrumpió en Sansón y lo despedazó como se despedaza un cabrito, sin tener nada en su mano. Pero no contó a su padre ni a su madre lo que había hecho. 7Bajó, pues, Sansón y habló con la mujer que era hermosa a sus ojos. 8Cuando, al cabo de unos días, regresaba a tomarla como esposa, se desvió un poco para ver los despojos del león y se encontró con que había un enjambre de abejas y un panal en el cadáver del león. 9Lo tomó en sus manos y se puso a comerlo mientras caminaba. Al llegar donde estaban su padre y su madre, les ofreció y ellos comieron, pero no les contó que había tomado el panal del cadáver del león.
10Bajó, pues, Sansón a casa de aquella mujer y ofreció allí un festín, pues así es como hacían los jóvenes. 11En cuanto lo vieron, le presentaron a treinta compañeros para que estuvieran con él. 12Sansón les dijo:
—Les voy a proponer una adivinanza. Si son capaces de responderme en los siete días del festín y aciertan, les daré treinta túnicas y treinta trajes. 13Pero si no pueden darme una respuesta, ustedes me darán treinta túnicas y treinta trajes.
Ellos le respondieron:
—Plantea la adivinanza y la escucharemos.
14Él les dijo:
— Del que come salió comida
y del fuerte salió dulzura.
Y no pudieron responder a la adivinanza en tres días.
15El cuarto día dijeron a la esposa de Sansón:
—Seduce a tu marido para que nos dé la respuesta de la adivinanza. Si no, te prenderemos fuego a ti y a la casa de tu padre. ¿Es que nos han invitado para saquearnos?
16La mujer de Sansón se puso a llorar junto a él diciendo:
—¡Me odias y no me amas! Por eso no me quieres decir la respuesta a la adivinanza que has propuesto a la gente de mi pueblo.
Él le respondió:
—Si no se la he dicho ni a mi padre ni a mi madre, ¿te la voy a decir a ti?
17Lloró a su lado durante los siete días que duraba el festín, pero el día séptimo, tras presionarlo mucho, se la dijo y ella dio la respuesta de la adivinanza a la gente de su pueblo. 18El día séptimo, antes de la puesta del sol, los hombres de la ciudad le dijeron:
— ¿Qué hay más dulce que la miel
y más fuerte que el león?
Y les dijo:
— Si no hubieran arado con mi vaquilla
no habrían acertado mi adivinanza
19El espíritu del Señor irrumpió sobre él, bajó a Ascalón y derrotó allí a treinta hombres, tomó sus indumentarias y dio los trajes a los que habían respondido a su adivinanza. Estaba ardiendo de ira, y subió a la casa de su padre.
20La mujer de Sansón fue dada como esposa a uno de sus compañeros, al que había sido el amigo de bodas.
15Jc1Al cabo de cierto tiempo, cuando se acercaba el momento de la siega, Sansón visitó a su mujer llevando un cabrito mientras se decía:
—Voy a llegarme a la alcoba de mi mujer.
Pero el padre de ella se lo prohibió 2y le dijo:
—Estaba convencido de que la odiabas y se la he dado a uno de tus compañeros. Pero tiene una hermana pequeña, que es más hermosa que ella, a la que puedes tomar como esposa.
3Sansón les respondió:
—Esta vez no tengo yo la culpa del mal que voy a hacer a los filisteos.
4Se marchó, pues, Sansón, capturó trescientas zorras y tomó unas antorchas, las ató por parejas rabo con rabo y sujetó una antorcha entre ellos; 5prendió fuego a las antorchas y soltó las zorras por las mieses filisteas. Quemó gavillas y mieses e incluso viñas y olivos. 6Los filisteos dijeron:
—¿Quién ha hecho esto?
Y les respondieron:
—Sansón, el yerno del de Timná, porque éste tomó a su mujer y se la dio a uno de sus compañeros.
Fueron los filisteos y prendieron fuego a ella y a su padre. 7Sansón les dijo:
—Si actúan así no pararé hasta vengarme de ustedes.
8Y les molió todo el cuerpo a golpes. Después se fue a vivir a una hendidura de la peña de Etam.
9Entonces los filisteos subieron, acamparon en Judá y se extendieron por Lejí. 10Los habitantes de Judá les dijeron:
—¿Por qué han subido contra nosotros?
Y les respondieron:
—Para apresar a Sansón y devolverle lo que nos ha hecho.
11Tres mil hombres de Judá se dirigieron a la hendidura de la peña de Etam y dijeron a Sansón:
—¿No sabes que los filisteos nos están oprimiendo? ¿Qué nos haces?
Y les respondió:
—Yo les he hecho lo mismo que ellos me hicieron a mí.
12Le dijeron:
—Hemos bajado para apresarte y entregarte a los filisteos.
Sansón contestó:
—Júrenme que ustedes no me van a atacar.
13Le respondieron diciendo:
—No, simplemente te apresaremos y te pondremos en sus manos, pero no te mataremos.
Lo ataron con dos cordeles nuevos y lo subieron sobre la peña.
14Cuando llegó a Lejí y los filisteos salían gritando a su encuentro, el espíritu del Señor irrumpió en él y los cordeles que ligaban sus brazos se deshicieron como lino que se quema al fuego, y las ataduras se soltaron de sus manos. 15Encontró la quijada de un asno, todavía fresca, alargó su mano para tomarla, y atacó con ella a mil hombres 16mientras decía:
— Con la quijada de un asno
los he amontonado,
con la quijada de un asno
a mil he matado.
17Cuando terminó de hablar arrojó lejos de su mano la quijada y llamó a aquel lugar Ramat–Lejí. 18Entonces tuvo sed y clamó al Señor diciendo:
—Tú has puesto en la mano de tu siervo este gran triunfo, pero ahora me voy a morir de sed y caeré en manos de incircuncisos.
19Dios abrió la fosa que hay en Lejí y brotó agua de ella. Cuando bebió recobró su espíritu y revivió. Por eso puso el nombre de En–Ha-Coré a la fuente que hay en Lejí hasta el día de hoy.
20Juzgó a Israel en tiempos de los filisteos durante veinte años.
16Jc1Sansón marchó a Gaza, vio allí a una prostituta y se llegó a ella. 2Entonces avisaron a los habitantes de Gaza diciendo:
—Ha venido Sansón.
Ellos lo rodearon y estuvieron a su acecho en la puerta de la ciudad durante toda la noche. Permanecieron silenciosos toda la noche, pues pensaban:
—Cuando llegue la luz de la mañana, lo mataremos.
3Sansón durmió hasta la medianoche. Entonces se levantó, arrancó los portones de acceso a la ciudad con sus dos jambas junto con sus trancas, los puso sobre sus hombros y los subió a la cumbre del monte que hay frente a Hebrón.
4Después de esto, en el valle de Sorec se enamoró de una mujer llamada Dalila. 5Se dirigieron a ella los príncipes de los filisteos y le dijeron:
—Sedúcelo y averigua de dónde le viene su gran fuerza y cómo lo podríamos dominar y atarlo para dejarlo inmóvil. Cada uno de nosotros te daremos mil cien monedas de plata.
6Entonces Dalila dijo a Sansón:
—Dime, por favor, de dónde te viene tu gran fuerza y con qué habría que atarte para inmovilizarte.
7Sansón le respondió:
—Si me atan con siete nervios frescos, sin secar, me debilitaré y seré como cualquier hombre.
8Los príncipes de los filisteos le llevaron siete nervios frescos, sin secar. Dalila lo ató con ellos 9y le tendió una emboscada en la habitación. Le dijo:
—¡Sansón, los filisteos vienen sobre ti!
Pero él rompió los nervios con la facilidad con que se rompe un hilo de estopa al calor del fuego; y no se descubrió el secreto de su fuerza.
10Dalila dijo a Sansón:
—Te has burlado de mí y me has engañado. Así que haz el favor de decirme ahora con qué se te puede atar.
11Él respondió:
—Si me atan con cuerdas nuevas, que no se hayan usado para ningún trabajo, me debilitaré y seré como cualquier hombre.
12Dalila tomó cuerdas nuevas, lo ató con ellas y dijo:
—¡Sansón, los filisteos vienen sobre ti!
Mientras tanto, había tendido una emboscada en la habitación, pero él rompió las cuerdas que ataban sus brazos como si fueran un hilo.
13Dalila insistió a Sansón:
—¿Hasta cuándo te vas a burlar de mí y a engañarme? Dime con qué se te puede atar.
Él le respondió:
—Si trenzas siete mechones de mi cabeza en un entramado, y lo fijas con una estaca, me debilitaré y seré como cualquier hombre.
14Ella lo hizo dormir y trenzó siete mechones de su cabeza en un entramado, lo fijó con una estaca, y le dijo:
—¡Sansón, los filisteos vienen sobre ti!
Él despertó de su sueño y se llevó la estaca del telar y el entramado.
15Dalila le dijo:
—¿Cómo dices que me amas si tu corazón no está conmigo? Es la tercera vez que te burlas de mí y no me has dicho de dónde te viene tu gran fuerza.
16Como todos los días lo presionaba con sus palabras y lo importunaba, decayó su ánimo hasta la muerte 17y le contó todo lo que llevaba en el corazón. Le dijo:
—Nunca ha pasado una navaja por mi cabeza puesto que soy nazareo de Dios desde el vientre de mi madre. Si se me rapara, mi fuerza se apartaría de mí, me debilitaría y sería como todos los hombres.
18Dalila vio que le había contado todo lo que llevaba en el corazón y mandó llamar a los príncipes de los filisteos diciendo:
—Vengan, que esta vez me ha contado todo lo que llevaba en el corazón.
Los príncipes de los filisteos se dirigieron hacia ella llevando la plata en sus manos. 19Ella lo hizo dormir sobre sus rodillas, llamó a un hombre para que le cortara los siete mechones de su cabeza y comenzó a dominarlo. Su fuerza se había apartado de él. 20Entonces dijo:
—¡Sansón, los filisteos vienen sobre ti!
Mientras él despertaba de su sueño se dijo:
—Saldré como en las ocasiones anteriores y me soltaré —pues no sabía que el Señor se había apartado de él.
21En cuanto lo apresaron los filisteos le arrancaron los ojos, lo llevaron a Gaza, lo sujetaron con dos cadenas de bronce, y lo pusieron como molinero en la cárcel.
22El cabello de su cabeza comenzó a salir de nuevo después de que se lo cortaran.
23Los príncipes de los filisteos se reunieron para ofrecer un gran sacrificio a su dios Dagón y decían alegres:
— Nuestro dios ha puesto en nuestras manos
a Sansón nuestro adversario.
24Al verlo, la gente alababa a su dios diciendo:
— Nuestro dios ha puesto en nuestras manos
a Sansón nuestro adversario,
que devastó nuestra tierra
y mató a tantos de nosotros.
25Cuando sus corazones se iban alegrando, dijeron:
—Llamen a Sansón y que actúe para nosotros.
Sacaron a Sansón de la cárcel para que actuase ante ellos y lo pusieron de pie entre las columnas. 26Sansón dijo al muchacho que lo llevaba de la mano:
—Déjame que toque las columnas sobre las que se sostiene la casa para que me apoye en ellas.
27La casa estaba llena de hombres y de mujeres. Estaban allí todos los príncipes de los filisteos, y en la azotea había unos tres mil hombres y mujeres que contemplaban la actuación de Sansón. 28Sansón clamó al Señor y le dijo:
—Señor, Dios mío, acuérdate de mí, y concédeme en esta ocasión la fortaleza de antes, oh Dios, para que me vengue de una sola vez de los filisteos por mis dos ojos.
29Sansón tocó las dos columnas centrales sobre las que se sostenía la casa, agarró una con su derecha y otra con su izquierda, 30y dijo:
—¡Muera yo con los filisteos!
Tiró con fuerza y se derrumbó la casa sobre los príncipes y sobre toda la gente que había en ella. Los muertos que ocasionó al morir fueron muchos más de los que había matado en su vida. 31Sus hermanos y toda su familia bajaron para llevárselo, y subieron a sepultarlo entre Sorá y Estaol, en la tumba de Manóaj, su padre. Él juzgó a Israel durante veinte años.
17Jc1Hubo un hombre de la montaña de Efraím, llamado Micaías, 2que dijo a su madre:
—Las mil cien monedas de plata que te quitaron, por las que pronunciaste maldiciones incluso delante de mis oídos, las tengo yo. Yo las tomé.
Y su madre respondió:
—¡Bendito seas del Señor, hijo mío!
3Devolvió a su madre las mil cien monedas de plata, y ella le dijo:
—Tenía decidido consagrar esta plata de mi propiedad al Señor, para hacer un ídolo esculpido y fundido para mi hijo. Así que ahora te lo doy para ti.
4Él devolvió la plata a su madre, ella tomó doscientas monedas que entregó al fundidor y éste le hizo un ídolo esculpido y fundido que estuvo en casa de Micá. 5Este hombre, Micá, tenía un lugar de culto, hizo un efod y unos terafim y llenó la mano de uno de sus hijos para que le hiciera de sacerdote.
6En aquel tiempo no había rey en Israel sino que cada uno hacía lo que le parecía recto a sus ojos. 7Había un joven levita de Belén de Judá, del clan de Judá, que vivía allí como extranjero. 8Este hombre se marchó de Belén de Judá en busca de un lugar donde vivir, y siguiendo su camino llegó a la montaña de Efraím, a la casa de Micá. 9Micá le dijo:
—¿De dónde vienes?
Él le respondió:
—Soy levita, de Belén de Judá, y vengo en busca de un lugar donde vivir.
10Micá le dijo:
—Quédate conmigo y te tendré como padre y sacerdote, te daré diez monedas de plata al año, así como el vestido adecuado y lo necesario para tu sustento.
El levita fue 11y accedió a quedarse con este hombre. El joven fue para él como uno de sus hijos. 12Micá llenó la mano del levita y tuvo al joven como sacerdote viviendo en su casa. 13Micá le dijo:
—Ahora sé que el Señor me favorecerá, pues tengo un levita como sacerdote.
18Jc1En aquel tiempo no había rey en Israel y la tribu de Dan buscaba una heredad donde asentarse pues hasta entonces no había recibido ninguna heredad en medio de las tribus de Israel. 2Los hijos de Dan enviaron desde Sorá y Estaol a cinco hombres de sus linajes, hombres muy fuertes, para explorar la tierra e inspeccionarla, diciéndoles:
—Vayan e inspeccionen la tierra.
Llegaron a la montaña de Efraím, hacia la casa de Micá, y pasaron allí la noche. 3Cuando se acercaron a la casa de Micá reconocieron la voz del joven levita, se llegaron allí y le dijeron:
—¿Quién te ha traído aquí? ¿Qué haces en este lugar? ¿Qué tienes aquí?
4Les respondió:
—Micá me ha tratado de esta manera y de esta otra, y me ha contratado para que le haga de sacerdote.
5Ellos le pidieron:
—Haz el favor de consultar a Dios y dinos si tendremos éxito en el camino por el que marchamos.
6El sacerdote les dijo:
—Vayan en paz, que el Señor contempla los caminos por los que marchan.
7Los cinco hombres se marcharon y llegaron a Lais. Vieron que el pueblo que había allí vivía confiado —como suelen ser los sidonios—, sereno y tranquilo, sin que nadie en el país diera motivos de queja a quien detentaba el poder. Estaban lejos de los sidonios y no tenían relaciones con Aram.
8Regresaron, pues, junto a sus hermanos, a Sorá y Estaol, y éstos les preguntaron:
—¿Qué tal?
Y les dijeron:
9—¡Levantémonos y subamos contra ellos, porque hemos visto la tierra y es muy buena! ¿Se van a quedar parados? No tarden en ir a tomar posesión de esa tierra. 10Cuando vayan, llegarán a un pueblo confiado y a una tierra espaciosa por todas partes que Dios ha puesto en sus manos. Es, en verdad, un lugar donde no falta nada de cuanto hay en la tierra.
11Partieron de allí, desde Sorá y Estaol, seiscientos hombres de los linajes danitas pertrechados con armas de guerra. 12Subieron y acamparon en Quiriat–Yearim, en Judá; por eso se conoce a aquel lugar que está detrás de Quiriat-Yearim como Majané-Dan hasta el día de hoy. 13Desde allí pasaron a la montaña de Efraím y llegaron hasta la casa de Micá.
14Los cinco hombres que habían ido a explorar la tierra de Lais se dirigieron a sus hermanos diciendo:
—¿Saben que en estas casas hay un efod, unos terafim, y un ídolo esculpido y fundido? Consideren ahora lo que deben hacer.
15Se desviaron hacia allá, llegaron a la casa del joven levita de la casa de Micá, y lo saludaron deseándole la paz. 16Los seiscientos hombres de los hijos de Dan pertrechados con armas de guerra se quedaron firmes en la puerta de entrada. 17Pero los cinco hombres que habían ido a explorar la tierra entraron allí y tomaron la imagen esculpida, el efod, los terafim y el ídolo de metal fundido. El sacerdote se quedó de pie junto a la puerta de entrada al lado de los seiscientos hombres pertrechados con armas de guerra. 18Aquéllos, pues, entraron allí, en la casa de Micá y tomaron la imagen esculpida, el efod, los terafim y el ídolo de metal fundido. El sacerdote les dijo:
—¿Qué hacen?
19Le respondieron:
—No digas nada, ponte el dedo en la boca y ven con nosotros; te tendremos como padre y sacerdote. ¿Qué prefieres: ser el sacerdote de la casa de un solo hombre o de una tribu y linaje de Israel?
20El corazón del sacerdote se alegró, así que tomó el efod, los terafim, la imagen esculpida y se fue con aquella gente.
21Reemprendieron la marcha colocando delante a los niños, el ganado y lo que más apreciaban. 22Cuando ya se alejaban de la casa de Micá, los hombres que había en las casas que estaban junto a la de Micá, se congregaron y salieron al encuentro de los hijos de Dan 23gritándoles. Entonces éstos se dirigieron a Micá diciendo:
—¿Qué pasa que has congregado a esa gente?
24Y les dijo:
—Me han quitado el dios que hice y el sacerdote, y se van. ¿Qué me queda ya? Y encima me dicen: «¿Qué te pasa?».
25Los hijos de Dan le respondieron:
—No nos levantes la voz, no vaya a ser que los ataquen unos hombres furiosos y perezcas tú y tu casa.
26Los hijos de Dan siguieron su camino y Micá tuvo miedo porque eran más fuertes que él, así que se dio la vuelta y volvió a su casa.
27Ellos tomaron lo fabricado por Micá y a su sacerdote, y llegaron a Lais, a ese pueblo tranquilo y confiado. Los pasaron a filo de espada y prendieron fuego a la ciudad. 28No hubo quien los salvara porque estaban en el valle de Bet–Rejob, lejos de Sidón, y no tenían relaciones con Aram.
Después reconstruyeron la ciudad y habitaron en ella. 29Llamaron a la ciudad Dan, con el nombre de Dan, su padre, al que Israel había engendrado, aunque el nombre de la ciudad al principio era Lais. 30Los hijos de Dan erigieron la imagen tallada, y la tribu de los danitas tuvieron a Jonatán, hijo de Guersom, hijo de Moisés, y a sus hijos como sacerdotes hasta el día de la cautividad del país. 31Mantuvieron la imagen que Micá había hecho tallar durante todo el tiempo que estuvo la casa de Dios en Siló.
19Jc1En aquel tiempo no había rey en Israel. Hubo un levita que vivía en una región limítrofe de la montaña de Efraím que tomó como concubina a una mujer de Belén de Judá. 2Su concubina le tomó aversión y se marchó de su lado a casa de su padre en Belén de Judá, y permaneció allí durante cuatro meses. 3Este hombre fue a su encuentro para hablarle al corazón y que regresara con él. Le acompañaba un siervo y dos asnos. Ella lo introdujo en la casa de su padre. El padre de la chica le vio y se alegró de encontrarlo. 4Su suegro, el padre de la joven, le insistió en que se quedara con él durante tres días, comiendo, bebiendo y haciendo noche allí. 5El día cuarto, cuando se levantaron por la mañana y se aprestaban a partir, el padre de la joven dijo a su yerno:
—Conforta tu corazón con un pedazo de pan, y después se marcharán.
6Los dos se quedaron a comer y beber juntos, y el padre de la joven le dijo:
—Por favor, quédate esta noche y tu corazón disfrutará.
7Él se levantó para marchar, pero su suegro le insistió en que pasara allí la noche. 8Al quinto día se levantó por la mañana dispuesto a partir pero el padre de la joven le dijo:
—Conforta tu corazón.
Y ambos se entretuvieron comiendo hasta que declinaba el día. 9El hombre se levantó para marchar junto con su concubina y su siervo, cuando su suegro, el padre de la joven, le dijo:
—Mira que el día ya declina hacia el atardecer, permanezcan hasta que acabe el día. Quédate aquí esta noche y tu corazón disfrutará. Mañana se levantarán para emprender su camino, y marcharás a tu tienda.
10Pero el hombre no quiso quedarse otra noche y se puso en marcha. Llegó frente a Jebús, esto es, Jerusalén, con sus dos asnos enjaezados y acompañado por su concubina. 11Cuando ya estaban junto a Jebús y el día ya declinaba, el siervo dijo a su señor:
—Vamos a dirigirnos a la ciudad de estos jebuseos para pasar en ella la noche.
12Su señor le respondió:
—No nos dirigiremos hacia una ciudad extranjera que no es de los hijos de Israel. Llegaremos hasta Guibeá.
13Y dijo a su siervo:
—Vamos a acercarnos a uno de estos lugares. Haremos noche en Guibeá o en Ramá.
14Siguieron su camino y se les puso el sol junto a Guibeá, que pertenece a Benjamín. 15Se dirigieron allí para entrar a hacer noche en Guibeá. Entró y se quedó en la plaza de la ciudad, porque nadie los invitó a dormir en su casa. 16Hubo un hombre anciano que venía de hacer su trabajo en el campo por la tarde. Este hombre era de la montaña de Efraím y vivía en Guibeá. En cambio los hombres de aquel lugar eran hijos de Benjamín. 17El anciano alzó sus ojos, vio a aquel forastero en la plaza de la ciudad, y le dijo:
—¿De dónde vienes y adónde vas?
18Él respondió:
—Vamos pasando desde Belén de Judá hasta la región limítrofe de la montaña de Efraím, de donde soy yo. De allí fui a Belén de Judá y ahora regreso a mi casa, pero nadie me ha invitado a la suya. 19Tenemos paja y forraje para nuestros asnos, y pan y vino para tu sierva y el joven que acompaña a tu siervo. No necesitamos nada.
20El anciano le dijo:
—La paz sea contigo. Me haré cargo de todo lo que necesites, pero no pases la noche en la plaza.
21Lo llevó a su casa, dio forraje a los asnos, y a ellos les lavó los pies, y comieron y bebieron.
22Estaban alegres sus corazones cuando unos hombres de la ciudad, hijos de Belial, rodearon la casa golpeando en la puerta y diciendo al hombre anciano dueño de la casa:
—Entréganos al hombre que ha venido a tu casa para que lo conozcamos.
23El dueño de la casa salió y les dijo:
—No, hermanos, no hagan ese mal, puesto que este hombre ha venido a mi casa. No cometan semejante infamia. 24Miren, aquí tienen a mi hija, que es virgen, y a su concubina. Se las entrego para que las humillen y les hagan lo que les plazca, pero con este hombre no cometan semejante infamia.
25Sin embargo, esos hombres no quisieron escucharlo, por lo que el hombre tomó a su concubina y se la sacó fuera. Ellos la conocieron y la maltrataron durante toda la noche hasta el amanecer, y la soltaron al rayar el alba. 26De madrugada la mujer regresó y cayó a la entrada de la casa de aquel hombre en donde estaba su señor, hasta que clareó el día. 27Por la mañana se levantó su señor, abrió las puertas de la casa y salió para emprender su camino cuando encontró a su concubina tumbada a la entrada de la casa, con las manos en el umbral, 28y le dijo:
—Levántate, vamos.
Pero ella no le respondió. La colocó sobre un asno, y se puso en marcha hacia su tierra. 29Cuando llegó a su casa, tomó un cuchillo, sujetó a su concubina y la descuartizó, respetando los huesos, en doce trozos, y la envió a todos los confines de Israel. 30Y todos los que veían aquello, decían:
—Nunca ha sucedido ni se ha visto nada igual desde que los hijos de Israel subieron de la tierra de Egipto hasta el día de hoy.
Pues había dado órdenes a los hombres que había enviado de que dijeran:
—Digan esto a todos los hijos de Israel: «¿Acaso ha sucedido nada igual desde que los hijos de Israel subieron de la tierra de Egipto hasta el día de hoy? ¡Presten atención a esto, deliberen y hablen!».
20Jc1Todos los hijos de Israel acudieron desde Dan hasta Berseba, incluyendo la tierra de Galaad, y la comunidad se reunió, como un solo hombre, con el Señor, en Mispá. 2Se presentaron, a asamblea del pueblo de Dios, los jefes del pueblo entero, todas las tribus de Israel, cuatrocientos mil hombres de infantería armados con espadas.
3Los hijos de Benjamín se enteraron de que los hijos de Israel estaban subiendo a Mispá. Entonces los israelitas dijeron:
—Hablen, ¿cómo ha ocurrido esta maldad?
4El levita, marido de la mujer asesinada, respondió diciendo:
—Llegué a Guibeá de Benjamín junto con mi concubina para pasar la noche; 5se levantaron contra mí los habitantes de Guibeá y rodearon durante la noche la casa donde estaba, intentando matarme. Humillaron a mi concubina y ella murió. 6Yo tomé mi concubina, la descuarticé y la envié por toda la campiña de la heredad de Israel, porque hicieron algo perverso e infame en Israel. 7Y todos ustedes, hijos de Israel, deliberen ahora y tomen una decisión.
8Se alzó todo el pueblo como un solo hombre diciendo:
—Nadie se marchará a su tienda ni se retirará a su casa. 9Esto es lo que haremos ahora contra Guibeá, por sorteo: 10tomaremos diez hombres de cada cien de todas las tribus de Israel, y cien de cada mil, y mil de cada diez mil, para aportar provisiones a la tropa, de modo que cuando lleguen a Guibeá de Benjamín les den su merecido por la infamia que han cometido en Israel.
11Todos los israelitas, unidos como un solo hombre, se dirigieron a la ciudad.
12Las tribus de Israel enviaron a unos hombres por toda la tribu de Benjamín diciendo:
—¿Cuál es esa maldad que se ha cometido entre ustedes? 13Así que entréguennos a los hombres, hijos de Belial, que están en Guibeá para que sean ejecutados y se elimine de Israel esta maldad.
Pero los hijos de Benjamín no quisieron escuchar la voz de sus hermanos, los hijos de Israel, 14sino que se congregaron en Guibeá, procedentes de todas sus ciudades, para hacer frente a los hijos de Israel. 15Aquel día los hijos de Benjamín alistaron en sus ciudades a veintiséis mil hombres armados de espadas, además de los setecientos hombres escogidos que se reclutaron entre los habitantes de Guibeá. 16En toda esa tropa había setecientos hombres zurdos selectos, que cada uno era capaz de lanzar piedras contra un cabello sin fallar el blanco.
17Los israelitas, excluyendo a los de Benjamín, reclutaron a cuatrocientos mil hombres armados de espadas, todos ellos guerreros.
18Los hijos de Israel se levantaron y subieron a Betel para consultar a Dios:
—¿Quién de nosotros será el primero en subir a luchar contra los hijos de Benjamín?
El Señor dijo:
—Judá irá primero.
19Los hijos de Israel se levantaron por la mañana y acamparon frente a Guibeá.
20Los israelitas salieron a combatir contra Benjamín y se dispusieron en orden de batalla mirando a Guibeá. 21Los hijos de Benjamín salieron de Guibeá y aquel día echaron por tierra a veintidós mil hombres de Israel. 22Después, la tropa de los israelitas se rehizo y se dispusieron para la batalla en el mismo lugar donde se habían colocado el primer día. 23Los hijos de Israel subieron a llorar delante del Señor hasta el atardecer, y le preguntaron:
—¿Debo volver a entablar combate con los hijos de Benjamín, mi hermano?
Y el Señor respondió:
—Suban contra él.
24El segundo día los hijos de Israel se acercaron a los hijos de Benjamín, 25y salió Benjamín a su encuentro desde Guibeá y ese segundo día echaron por tierra a dieciocho mil hombres más de los hijos de Israel, todos ellos armados con espadas.
26Todos los hijos de Israel y toda la tropa subieron hasta Betel, y se sentaron allí a llorar delante del Señor. Aquel día ayunaron hasta el atardecer y ofrecieron holocaustos y sacrificios de comunión delante del Señor. 27Los hijos de Israel consultaron al Señor. En aquellos días estaba allí el arca de la alianza del Señor, 28y Pinjás, hijo de Eleazar, hijo de Aarón, permanecía ante ella. De modo que preguntaron:
—¿Volvemos de nuevo a entablar combate con los hijos de Benjamín, nuestro hermano, o renunciamos?
El Señor respondió:
—Suban, que mañana los pondré en sus manos.
29Israel puso emboscadas alrededor de Guibeá.
30Y los hijos de Israel se dirigieron hacia los hijos de Benjamín por tercer día consecutivo. Se colocaron mirando a Guibeá como las otras dos veces. 31Los hijos de Benjamín salieron al encuentro de la tropa, apartándose de la ciudad, y comenzaron a causarle víctimas —unos treinta de Israel—, como las dos veces anteriores, por los senderos del campo que conducen tanto a Betel como a Guibeá. 32Los hijos de Benjamín decían:
—Han caído derrotados ante nosotros como la primera vez.
Mientras que los hijos de Israel se habían dicho:
—Huyamos, para sacarlos de la ciudad hacia los senderos.
33Entonces cada uno de los israelitas se levantó del lugar donde estaba y se dispusieron en orden de combate en Baal–Tamar, mientras que los de Israel que estaban emboscados abandonaron sus posiciones del descampado de Guibeá. 34Llegaron frente a Guibeá diez mil hombres selectos de todo Israel, el combate se recrudeció, y los otros no se dieron cuenta de la desgracia que se cernía sobre ellos.
35El Señor derrotó a Benjamín delante de Israel, y los hijos de Israel abatieron aquel día veinticinco mil cien benjaminitas, todos ellos armados de espadas.
36Los hijos de Benjamín veían que estaban siendo derrotados, y los israelitas les cedieron terreno confiados en las emboscadas que habían puesto a Guibeá. 37Los emboscados se apresuraron a desplegarse sobre Guibeá, dejaron su escondite, y pasaron la ciudad a filo de espada. 38La señal que habían convenido los israelitas con los emboscados era que harían subir una gran humareda desde la ciudad. 39Mientras, los israelitas que estaban en la batalla volvieron la espalda, y Benjamín comenzó a causarles víctimas, unos treinta hombres, mientras pensaban: «Están derrotados ante nosotros como en el primer combate».
40Entonces comenzó a subir desde la ciudad la humareda, una columna de humo. Cuando Benjamín se volvió, vio que subía al cielo el humo de toda la ciudad. 41Entonces los israelitas se dieron la vuelta mientras que los benjaminitas estaban consternados al ver la desgracia que se cernía sobre ellos. 42Los que escapaban de los israelitas por el camino del desierto, se toparon con el combate, mientras que a los de la ciudad los exterminaban en ella. 43Así acorralaron a Benjamín, lo persiguieron sin descanso, y lo hostigaron hasta delante de Guibeá por el oriente. 44Cayeron dieciocho mil hombres de Benjamín, todos ellos hombres de guerra. 45Algunos escaparon y huyeron al desierto hacia la Roca de Rimón. De esos, recolectaron por los senderos a cinco mil hombres, los persiguieron de cerca hasta Guidom y mataron a dos mil de ellos. 46En total cayeron aquel día veinticinco mil hombres de Benjamín, portadores de espadas, y todos ellos hombres de guerra. 47De los que escaparon y huyeron al desierto hacia la Roca de Rimón, quedaron seiscientos hombres, que estuvieron en la Roca de Rimón durante cuatro meses. 48Los israelitas se volvieron contra los hijos de Benjamín, y pasaron a filo de espada desde la población hasta el ganado, todo cuanto hallaron. También hicieron pasto del fuego cuantas ciudades encontraron.
21Jc1Los israelitas hicieron en Mispá el siguiente juramento:
—Ninguno de nosotros dará su hija como esposa a un benjaminita.
2El pueblo llegó a Betel, y se quedaron allí, hasta la tarde, delante de Dios. Y alzaron su voz llorando con un llanto amargo 3y clamando:
—¿Por qué, Señor, Dios de Israel, ha tenido lugar hoy en Israel la desaparición de una de sus tribus?
4Al día siguiente, el pueblo acordó construir allí un altar y ofrecieron holocaustos y sacrificios de comunión.
5Los hijos de Israel preguntaron:
—¿Quién de entre todas las tribus de Israel no ha subido hacia Dios para reunirse en asamblea? —pues habían jurado solemnemente que debería morir quien no subiera hacia el Señor, a Mispá.
6Los hijos de Israel se compadecieron de Benjamín, su hermano, considerando:
—Hoy ha sido desgajada una tribu de Israel. 7¿Qué haremos para que los supervivientes tengan mujeres, ya que hemos jurado por el Señor que no les daremos a nuestras hijas como esposas?
8Y dijeron:
—¿Quién es el único de las tribus de Israel que no ha subido hacia el Señor, a Mispá?
No había venido al campamento nadie de Yabés de Galaad para la asamblea, 9pues al hacer el recuento de la gente, no había allí ningún habitante de Yabés de Galaad. 10Así que la comunidad envió allí a diez mil hombres aguerridos con el siguiente mandato:
—Vayan y pasen a los habitantes de Yabés de Galaad a filo de espada, incluidos mujeres y niños. 11Así harán: a todos los varones y a todas las mujeres que hayan conocido varón, extermínenlos; pero a las muchachas vírgenes consérvenlas con vida.
12Entre los habitantes de Yabés de Galaad encontraron cuatrocientas muchachas vírgenes, que no habían conocido varón, y las llevaron al campamento de Siló, en la tierra de Canaán.
13Toda la comunidad envió recado a los hijos de Benjamín que estaban en la Roca de Rimón para ofrecerles la paz. 14Entonces Benjamín regresó, y les dieron las mujeres supervivientes de los habitantes de Yabés de Galaad. Sin embargo, por ese procedimiento no les encontraron suficientes mujeres.
15El pueblo se compadeció de Benjamín, pues el Señor había realizado una escisión en las tribus de Israel, 16y los ancianos de la comunidad dijeron:
—¿Qué haremos para que los supervivientes tengan esposas, pues han sido exterminadas las mujeres de Benjamín?
17Y concluyeron:
—La heredad de los supervivientes será para Benjamín, para que no se extinga una tribu de Israel, 18pero nosotros no podemos darles esposas de nuestras hijas.
Pues los hijos de Israel habían hecho el siguiente juramento:
—Maldito el que entregue su hija a Benjamín.
19Recordaron entonces:
—De vez en cuando se celebra la fiesta del Señor en Siló, que está al norte de Betel, al este del sendero que sube de Betel a Siquem, y al sur de Leboná.
20Y dieron instrucciones a los hijos de Benjamín diciendo:
—Vayan y escóndanse en las viñas. 21Cuando vean que salen las hijas de Siló para bailar en corros, salgan de las viñas, que cada uno rapte a una mujer de las hijas de Siló, y márchense a la tierra de Benjamín. 22Y cuando vengan sus padres o sus hermanos a quejarse con nosotros, les diremos: «Sean indulgentes con ellos, pues no hemos podido conseguir en combate una mujer para cada uno. Además, ustedes no las han entregado, y en ningún momento han incurrido en culpa».
23Así lo hicieron los hijos de Benjamín. Cada uno tomó como esposa a una de las que raptaron en los corros. Después se marcharon y volvieron a su heredad, edificaron ciudades y habitaron en ellas. 24Entonces también se fueron de allí los hijos de Israel, cada uno a su tribu y a su linaje. Cada uno salió de allí en dirección a su heredad.
25En aquel tiempo no había rey en Israel, sino que cada uno hacía lo que parecía recto a sus ojos.