COMENTARIO
La presentación que se hace de Jefté guarda un cierto paralelo con la de Abimélec: éste era hijo de una concubina (8,31) y Jefté de una prostituta (11,1); en ambos casos hay un enfrentamiento con sus hermanos: Abimélec mató a los suyos (9,5) mientras que Jefté fue rechazado por ellos (11,2). En estas historias de jueces están latentes los primeros intentos de instaurar un gobierno estable. Primero se dio un ofrecimiento a Gedeón que lo rechazó (8,22-23); después Abimélec intentó conseguirlo con el apoyo de los ciudadanos de Siquem, pero fracasó (9,1-57); por fin, Jefté fue llamado por los ancianos de Galaad para mandar sobre sus tropas (11,5-11). Todavía no se utiliza el título de rey, pero se están preparando los comienzos de la monarquía.
Jefté gozaba de unas dotes extraordinarias para la guerra (11,1), pero también de una profunda confianza en el Señor (11,9). Era hijo de una prostituta y fue rechazado por sus hermanos. Sin embargo, Dios lo eligió para salvar a su pueblo. Una vez más el texto sagrado subraya la gratuidad de la elección: Dios se fija en quien es despreciado por los hombres y cuenta con él para realizar grandes tareas en favor de los suyos. Por el rechazo de sus conciudadanos que tuvo que soportar, San Agustín lo consideró figura de Cristo: «A Jefté lo reprobaron sus hermanos y lo echaron de la casa paterna (…). Eso mismo hicieron contra el Señor los príncipes de los sacerdotes y los escribas y los fariseos, que parecían gloriarse de la observancia de la ley, acusándole a él como si fuera un destructor de la ley y, por eso, como si fuera un hijo ilegítimo. (…) Ya el hecho mismo de que los que habían despreciado a Jefté —era también una galaadita— se volvieran a él y le buscaran para que los librara de sus enemigos, ¡de qué manera tan clara prefigura y significa que los que despreciaron a Cristo, vueltos de nuevo a él, encuentran en él la salvación!» (S. Agustín, Quaestiones in Heptateuchum 7,49).