COMENTARIO
La Biblia contiene leyes claras que, además de condenar la muerte de un inocente (Ex 23,7), consideran un gravísimo pecado, como crimen e idolatría, el sacrificio humano (cfr Lv 18,21; 20,2-5; Dt 12,31; 18,10; Mi 6,7). Estos sacrificios humanos eran frecuentes entre los pueblos vecinos a Israel, como lo demuestran algunos textos ugaríticos y fenicios, y como aparece en el libro de los Reyes (2 R 3,27), que relata el sacrificio del primogénito de Mesá, rey de Moab; incluso parece que alguna vez se practicó en Israel (2 R 16,3). Pero en todos estos casos se recrimina el sacrificio humano. En cambio, el sacrificio de la hija de Jefté se relata sin emitir un juicio negativo claro, y se rememoraba cada año (v. 40). Dentro de lo desconcertante que resulta este episodio, es posible que el autor —cuando ya no había duda de que los sacrificios humanos eran algo abominable— respetara los datos recibidos, a pesar de su crueldad, para transmitir una enseñanza sobre el carácter sagrado de los votos y promesas. Los votos son algo tan santo que deben cumplirse siempre. Pero, por la misma razón, no deben hacerse imprudentemente. Esta enseñanza es repetida en otros lugares de la Biblia ante los abusos que se daban en el cumplimiento de los votos, especialmente por aquellos que se hacían de manera precipitada y que luego no se cumplían (cfr Nm 30,3; Dt 23,22-24; Qo 5,3-4; cfr también Lv 27,1ss.).
Cuando la revelación alcanza la plenitud, queda clara también la doctrina sobre las promesas y los votos hechos a Dios: una persona puede, por devoción personal, prometer a Dios un acto, una oración, una limosna, o cualquier otra obra buena. El cumplimiento de esa promesa es una manifestación de respeto a la Majestad divina y de amor hacia el Dios fiel. En ocasiones, esa promesa reviste la formalidad del voto, es decir, de «la promesa deliberada y libre hecha a Dios acerca de un bien posible y mejor» (CIC, c. 1191,1), que «es un acto de devoción en el que el cristiano se consagra a Dios o le promete una obra buena» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2102). Si, después de haber hecho una promesa o voto, se advierte que se trata de algo malo, es claro que no debe cumplirse lo prometido, pues realizar esa mala acción no sería una manifestación de fidelidad sino error sacrílego. De ahí que la acción de Jefté sea reprobable.