COMENTARIO
Después de narrar las tradiciones relacionadas con Jefté y las noticias que se conservaban acerca de Ibsán, Elón y Abdón, la historia se repite: «Los israelitas volvieron a hacer el mal a los ojos del Señor, y el Señor los entregó en manos de los filisteos» (13,1). En esta ocasión se trata de un pueblo mediterráneo, llegado a la zona costera y a las grandes llanuras de Canaán, que impuso su poderío militar sobre los israelitas. No obstante, de nuevo Dios decide enviar un salvador que los libere: Sansón, de la tribu de Dan.
La historia de Sansón comienza con el anuncio de su nacimiento y la indicación a sus padres de que será nazareo, es decir, consagrado a Dios, desde el seno materno (13,2-24). A continuación se presenta a Sansón como un personaje de carácter frívolo y caprichoso (14,1-19), y se cuentan varias hazañas en las que se manifiesta la fuerza que Dios le había proporcionado para hacer frente a los enemigos de su pueblo, a pesar de sus defectos personales (14,20-16,3). Sin embargo, acabará cediendo a la seducción de Dalila y le manifestará el secreto de su vigor, por lo que será vencido y apresado por los filisteos (16,4-22). Por último, recuperará las fuerzas cuando vuelva a crecerle el cabello y se vengará de lo que le han hecho arrastrando a muchos a la muerte al perder él mismo la vida (16,23-31).
Al finalizar la historia de Sansón, el hagiógrafo, que había ido añadiendo a las historias de ciertos jueces algunos anexos, vuelve a incluir unos relatos a modo de apéndice. Así pues, de igual manera que había añadido al relato de las hazañas de Débora el viejo canto que celebraba su victoria, y después de la muerte de Gedeón-Yerubaal se había extendido en describir el intento llevado a cabo por uno de sus hijos, Abimélec, para hacerse con el poder, ahora añade a lo expuesto sobre Sansón dos historias distintas, aunque conectadas entre sí. Son dos narraciones que tienen en común estar protagonizadas por levitas y resaltar la buena acogida que algunos efraimitas dispensaron a estos hombres. Su conexión con la historia previa de Sansón se establece mediante la tribu de Dan, a la que pertenecía este juez. El primer relato (17,1-18,31) está relacionado con la migración de la tribu de Dan —desde el lugar en donde estaba al principio, en la Sefelá, junto a la zona que dominaron los filisteos, hacia el norte del país a los pies de los montes del Líbano—, y su protagonista es un levita que es bien acogido, primero por un hombre de Efraím y después por los hombres de Dan (17,1-18,31). El segundo relato (19,1-21,25) tiene como protagonista a otro levita que encuentra hospitalidad en un efraimita que vivía en Guibeá, mientras que los benjaminitas de aquella ciudad quieren abusar de él y maltratan hasta la muerte a su concubina. Esto origina una lucha de todas las tribus israelitas contra la de Benjamín, que está a punto de desaparecer (19,1-21,25).
En ambas narraciones se hace cada vez más patente la anarquía interna de las tribus de Israel y la corrupción de costumbres a la que se había llegado, sin que hubiera nadie capaz de poner orden; por eso se repite en varias ocasiones que «en aquel tiempo no había rey en Israel, sino que cada uno hacía lo que parecía recto a sus ojos» (17,6 y 21,25; cfr 18,1 y 19,1).
De este modo, el libro termina mostrando con hechos que, a pesar de la extraordinaria paciencia y misericordia de Dios que perdonó repetidas veces las infidelidades de los suyos y suscitó un salvador tras otro, el pueblo perseveró en su infidelidad. Por tanto, los israelitas no podían tener motivo para quejarse ante Dios si Él los dejaba a merced de sus enemigos. Cuando el autor sagrado en la época del destierro de Babilonia realizó la recopilación de todas estas antiguas tradiciones y compuso el libro tal y como ha llegado hasta nosotros, queda bien claro que no se puede culpar al Señor ni achacar a su falta de poder lo sucedido, sino que es necesario mirar a la historia para reconocer la propia culpabilidad.