COMENTARIO
«¿Quién de nosotros será el primero en subir a luchar contra los hijos de Benjamín?» (20,18). La consulta que las tribus hacen al Señor en la culminación del libro de los Jueces contrasta con la consulta que hicieron al principio: «¿Quién de nosotros será el primero en subir a luchar contra los cananeos?» (1,1). La respuesta es la misma en los dos casos: «Judá» (20,18; 1,2). La evolución de los acontecimientos que manifiestan estas preguntas, con todo lo sucedido entre una y otra, señala el núcleo de la enseñanza teológica de todo el libro. Al principio, el pueblo se disponía a luchar contra los cananeos que habitaban la tierra que Dios había prometido a sus padres, para tomar posesión de ella. Había un compromiso entre Dios y el pueblo, ratificado por la Alianza. Dios cumplió, pero el pueblo no (cfr 2,1-2). Sin embargo, el Señor insistió una y otra vez en mantenerse fiel, enviando salvadores que libraran al pueblo de los enemigos de fuera que los iban oprimiendo. Con todo, el pueblo porfiaba en su infidelidad. Al final, no hacen falta enemigos de fuera que los acosen; las tribus se enfrentan entre sí en una lucha fratricida. La repetida infidelidad había propiciado la corrupción del sentido moral, e introdujo un germen de descomposición en el seno del pueblo. Como resultado de esos conflictos la tribu de Benjamín estuvo a punto de desaparecer. La victoria en la batalla que en otras ocasiones se celebraba con cantos de alegría esta vez concluyó en llanto (21,2).
El autor apunta que todo esto sucedía porque «en aquel tiempo no había rey en Israel sino que cada uno hacía lo que parecía recto a sus ojos» (21,25). De este modo, el libro concluye con crudeza, pero prepara el camino de lo que se va a narrar en los libros siguientes. En ellos se encuentran los orígenes de la monarquía en Israel. El Señor, que había manifestado reiteradamente su voluntad de salvar al pueblo, dispondría las cosas para que, llegado el momento, hubiera un rey que ejerciera su soberanía en él, reconstruyera la unidad y lo llevara por senderos de paz. Para la tradición deuteronomista, esta figura salvadora era el rey David de cuya dinastía vendría el Mesías.
Sin embargo, el lector cristiano sabe que ese rey, que el autor sagrado deja entrever que se aguarda con expectación, ha llegado ya. Es Jesús, el Mesías, el Hijo de David, que vino a preparar su reino, «el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz» (Misal Romano, Prefacio de la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo). Ese reino está ya incoado en la tierra. Los cristianos nos encontramos en camino hacia su plenitud en el cielo, y, por eso, fieles a la recomendación del Salvador, le pedimos con frecuencia en la oración: «Venga a nosotros tu reino» (Mt 6,10).