COMENTARIO
La palabra goel (que aquí aparece por primera vez en plural, goalim, en el v. 20) podría traducirse por «redentor», aunque hemos preferido mantener en nuestra traducción el término hebreo, ya que tiene algunos matices peculiares. El goel de una persona era un pariente próximo, que tenía la obligación de resolver las situaciones comprometidas que se presentasen si aquel que se encontraba en dificultades no podía salir de ellas por sí mismo. Por ejemplo, si un israelita se veía obligado a vender una casa o un terreno de su propiedad, su goel debía rescatar esa propiedad de manos del comprador, pagando su precio, para restituirla a su propietario original (cfr Lv 25,25.29). Si el propio israelita había tenido que venderse como esclavo a uno que no pertenecía al pueblo, su goel lo debía redimir de la esclavitud (cfr Lv 25,47-49). Esta institución legal tenía como objeto el mantenimiento de las propiedades de cada familia, de modo que no pasasen a otras manos si sobrevenía algún revés de fortuna a un miembro del clan. No se conoce con certeza si el cumplimiento de la «ley del levirato» (cfr nota a 1,6-22) era también una de las obligaciones del goel, aunque lo más probable es que así fuera. En todo caso es una muestra de la importancia que tiene la institución familiar en el Antiguo Testamento y en toda la tradición cristiana: «Así, la familia, en la que se reúnen diversas generaciones y se ayudan mutuamente a adquirir una sabiduría más plena y a conjugar los derechos de las personas con las otras exigencias de la vida social, constituye el fundamento de la sociedad. Por ello todos los que influyen en las comunidades y grupos sociales deben contribuir con eficacia a la promoción del matrimonio y la familia» (Conc. Vaticano II, Gaudium et Spes, n. 52).
Booz era un pariente próximo del difunto Elimélec, y por lo tanto era uno de los que tenía el deber y el derecho de actuar para salvaguardar las propiedades de su familia. Rut lo había encontrado aparentemente por casualidad. Sin embargo, tejiendo la trama de toda la historia se adivina la acción providente de Dios que hace que las cosas ocurran en el momento preciso y del modo adecuado (v. 20).