COMENTARIO
Los libros de Samuel comienzan con la narración del nacimiento del personaje de quien reciben el título, es decir, de Samuel, que llegará a ser juez de Israel y profeta. Este inicio es comparable al del Éxodo que también comienza con el nacimiento de Moisés, el personaje central del libro. A Samuel, de hecho, se le aplican muchas características de Moisés: así como éste inauguró una nueva etapa trascendental en la historia del pueblo, también Samuel da lugar al comienzo de un periodo, el monárquico, que marcará para siempre el perfil religioso de Israel.
La historia de Samuel comprende sólo la primera parte del libro, los primeros siete capítulos, que contienen también la historia del Arca. La narración abarca tres relatos distintos dispuestos de manera que el primero y el último tengan el mismo protagonista: nacimiento, vocación y actividad de Samuel como profeta (caps. 1-3), historia del Arca (caps. 4-6) y actividad de Samuel como juez (cap. 7). Estas narraciones, si bien pudieron ser independientes en su origen, en el texto final forman una unidad perfecta tanto por su contenido doctrinal como por el lugar en que se desarrollan, el santuario de Siló, y por sus protagonistas, Samuel y los sacerdotes, hijos de Elí. Este santuario, que estaba situado entre Betel y Siquem y era el lugar de culto principal en la etapa de los jueces (Jc 21,19-21), cobra ahora especial importancia: Siló va a ser el ámbito en que se producirá el inicio de la época monárquica y transmitirá su esplendor al Templo de Jerusalén con el traslado del Arca.
Los hijos de Elí fueron los últimos sacerdotes de Siló. Mientras Samuel es cumplidor fidelísimo del querer de Dios, los hijos de Elí se comportan con refinada malicia en el cumplimiento de sus funciones sacerdotales; con su muerte desaparece para siempre la relevancia del templo de Siló.
El hilo doctrinal que engarza los episodios mencionados es la intervención activa de Dios en estas vicisitudes trascendentales del pueblo: a Él se debe el nacimiento prodigioso de Samuel (1,1-20), elegido para dar paso a la monarquía (1,21-28); Él pone al descubierto y castiga el pecado de los hijos de Elí (cap. 2) e inicia un entrañable diálogo vocacional con Samuel (cap. 3). En el episodio del Arca, es el Señor quien castiga a su pueblo alejando de ellos el Arca, que era símbolo de su presencia (cap. 4), quien después fustiga con mil desgracias a los filisteos que se habían apoderado de ella (cap. 5), y quien obliga a devolverla de nuevo a Israel que la recibe con alborozo (cap. 6). Finalmente, el Señor constituye a Samuel como juez al frente de su pueblo (cap. 7), de modo que pueda ejercer su función en todos los santuarios de Israel: en Betel, Guilgal y Mispá (7,15).
El libro de Samuel viene a ser desde el principio como una interpretación religiosa de la historia, al poner más énfasis en el significado de los hechos narrados que en su sucesión cronológica o su ambientación topográfica. Samuel es figura de Cristo que iniciará la etapa culminante de la salvación mediante su obediencia plena al querer de Dios (cfr Flp 2,8).