11 S1Había un hombre sufita llamado Elcaná, de Ramá, de la montaña de Efraím, hijo de Yerojam, hijo de Elí, hijo de Tojú, hijo de Suf, efraimita, 2que tenía dos mujeres: una llamada Ana y otra Peniná. Peniná tenía hijos pero Ana no. 3Elcaná subía cada año desde su ciudad para adorar y ofrecer sacrificios al Señor de los ejércitos en Siló, donde los dos hijos de Elí, Jofní y Pinjás, eran sacerdotes del Señor. 4El día en que Elcaná ofrecía sacrificios daba a Peniná y a todos sus hijos las porciones correspondientes. 5Sin embargo, a Ana, aunque la amaba, le daba una sola porción, pues el Señor había cerrado su seno. 6Su rival la importunaba con insolencia hasta humillarla porque el Señor la había hecho estéril. 7Esto ocurría año tras año; siempre que subían a la casa del Señor la importunaba del mismo modo. Así que Ana lloraba y no quería comer. 8Su marido Elcaná, le decía:
—Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué se aflige tu corazón? ¿No soy yo para ti mejor que diez hijos?
9En una ocasión, después de haber comido y bebido en Siló, Ana se levantó y se puso ante el Señor. El sacerdote Elí estaba sentado en su sede junto a las jambas del Santuario del Señor. 10Ella, con el alma llena de amargura, rogaba al Señor llorando sin cesar 11y decidió hacer un voto diciendo:
—Señor de los ejércitos, si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mí; si no te olvidas de tu sierva y me concedes un hijo varón, lo dedicaré al Señor por todos los días de su vida de modo que nunca la navaja tocará su cabeza.
12Como se demoraba en sus ruegos al Señor, Elí se puso a observar el movimiento de su boca. 13Ana hablaba para sí y sus labios se movían sin que se oyera su voz, por lo que Elí supuso que estaba ebria, 14y le dijo:
—¿Hasta cuándo vas a estar ebria? Arroja el vino que llevas dentro.
15Pero Ana contestó:
—No, mi señor. Yo soy una mujer angustiada. No he probado ni vino ni bebida embriagante; simplemente abría mi alma ante el Señor. 16Así que no consideres a tu sierva como una perdida, pues por mi gran dolor y angustia he hablado así.
17Elí le respondió:
—Vete en paz. Que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido.
18Y dijo ella:
—Que tu sierva encuentre gracia a tus ojos.
Entonces se marchó la mujer, comió, y su rostro ya no volvió a ser el mismo.
19Se levantaron muy temprano, se postraron ante el Señor y regresaron a su casa en Ramá. Elcaná conoció a su mujer Ana, el Señor se acordó de ella, 20y al cabo del tiempo Ana concibió y dio a luz un hijo al que puso por nombre Samuel, pues dijo: «Lo he pedido al Señor».
21Volvió a subir Elcaná con toda su casa a ofrecer el sacrificio anual y a cumplir sus votos. 22Pero Ana no subió pues le dijo a su marido:
—Cuando el niño haya sido destetado, lo llevaré. Entonces será presentado ante el Señor y se quedará allí para siempre.
23Su marido Elcaná le respondió:
—Haz lo que consideres mejor; quédate hasta que lo destetes. Que el Señor te ayude a cumplir tu palabra.
Así pues, se quedó la mujer y amamantó a su hijo hasta que lo destetó. 24Entonces subió con él llevando consigo un novillo de tres años, un efah de flor de harina y un odre de vino; y entró con él en la casa del Señor en Siló. El niño era todavía muy pequeño. 25Cuando inmolaron el novillo y presentaron al muchacho ante Elí, 26Ana le dijo:
—Perdona, señor; por tu vida, señor: yo soy aquella mujer que estuvo aquí en tu presencia implorando al Señor. 27Por este niño rogué y el Señor me ha concedido lo que le pedí. 28Ahora yo se lo devuelvo al Señor para que durante toda su vida esté entregado al Señor.
Y adoraron allí al Señor.
21 S1Entonces Ana recitó esta oración:
— Mi corazón exulta en el Señor,
mi frente se enaltece en el Señor,
mi boca se ríe de mis enemigos
pues me gozo con tu salvación.
2No hay Santo como el Señor,
ni hay otro fuera de ti,
ni Roca como nuestro Dios.
3No multipliquen discursos altaneros,
apártese de su boca la insolencia,
pues el Señor es Dios de los saberes
y Él es quien pesa las acciones.
4Se ha quebrado el arco de los héroes
y los débiles se han ceñido de vigor.
5Los hartos se alquilan por pan,
y los hambrientos han cesado en sus fatigas.
La estéril da a luz siete hijos,
y la que tiene muchos se marchita.
6El Señor da muerte y vida,
hace bajar al sheol y de allí los hace retornar.
7El Señor da la pobreza y la riqueza,
Él humilla y enaltece.
8Levanta del polvo al indigente,
del estiércol levanta al pobre
para sentarlo con los príncipes
y hacer que herede un trono de gloria.
Del Señor son los pilares de la tierra
y sobre ellos se ha afirmado el orbe.
9Él guarda los pies de sus fieles
mientras los impíos se anegan en las tinieblas,
pues por sus solas fuerzas
no se mantiene el hombre.
10El Señor desbarata a sus rivales,
sobre ellos retumba el trueno en los cielos.
El Señor juzga los confines de la tierra.
Él da fortaleza y exalta el vigor de su ungido.
11Elcaná volvió a su casa en Ramá y el niño permaneció sirviendo al Señor junto al sacerdote Elí.
12Los hijos de Elí eran hombres depravados que no reconocían al Señor 13ni las obligaciones del sacerdote ante el pueblo. Cuando alguien ofrecía un sacrificio, venía el criado del sacerdote con la horquilla de tres dientes en la mano y, mientras se estaba cociendo la carne, 14la introducía en la olla o el puchero, en la cazuela o la caldera, y todo lo que la horquilla sacaba se lo quedaba el sacerdote. Y así procedían con todo israelita que se acercaba a Siló. 15Incluso antes de que quemaran la grasa, venía el criado del sacerdote, se acercaba y decía al que hacía el sacrificio: «Dame la carne que corresponde al sacerdote para asarla. Pero no te aceptaré carne cocida; ha de ser cruda». 16Y si el hombre respondía: «Hay que quemar primero la grasa y después puedes tomar cuanto gustes», el criado replicaba: «Dámela ahora o la tomaré por la fuerza».
17El pecado de aquellos jóvenes era muy grave ante el Señor porque menospreciaban las ofrendas del Señor.
18Samuel continuaba sirviendo al Señor y, por ser muy joven, vestía un efod de lino. 19Cada año su madre le hacía una túnica pequeña y se la llevaba cuando subía con su marido para ofrecer el sacrificio anual. 20Entonces Elí bendecía a Elcaná y a su mujer diciendo:
—Que el Señor te dé descendencia de esta mujer como premio por la cesión que ha hecho al Señor.
Y volvían a su lugar.
21El Señor visitó a Ana, que concibió y dio a luz tres hijos y dos hijas. Mientras, Samuel crecía junto al Señor.
22Elí era muy viejo, pero se enteró de todo lo que sus hijos hacían a los israelitas y de que dormían con las mujeres que servían a la entrada de la Tienda de la Reunión. 23Entonces les dijo:
—¿Por qué se comportan así? Yo mismo he oído contar al pueblo esas maldades. 24No, hijos míos, no son buenos los rumores que oigo por todo el pueblo del Señor. 25Si un hombre peca contra otro, Dios podrá ser árbitro; pero si peca contra el Señor, ¿quién intercederá por él?
Pero ellos no escuchaban a su padre, pues era voluntad del Señor hacerlos perecer.
26El joven Samuel iba creciendo en edad y en bondad ante el Señor y ante los hombres.
27Vino un hombre de Dios a Elí y le dijo:
—Así dice el Señor: «Con claridad me revelé a la casa de tu padre cuando estaba en Egipto bajo el dominio del faraón. 28Lo elegí de entre todas las tribus de Israel para ser mi sacerdote, para subir a mi altar, para quemar incienso y para llevar el efod en mi presencia; y he concedido a la casa de tu padre la participación en todos los sacrificios por el fuego ofrecidos por los israelitas. 29¿Por qué ustedes han atropellado el sacrificio y la ofrenda que Yo ordené traer a mi morada? ¿Por qué honras a tus hijos más que a mí, cebándoles con lo mejor de las ofrendas de Israel, mi pueblo? 30Por eso, oráculo del Señor, Dios de Israel, Yo había asegurado que tu casa y la casa de tu padre caminarían siempre en mi presencia. Pero ahora, oráculo del Señor, me resulta imposible, porque Yo doy honra al que me honra, pero los que me desprecian serán desechados. 31He aquí que vienen días en que cortaré tu brazo y el brazo de la casa de tu padre de modo que ninguno de tu casa llegará a viejo. 32Mirarás con recelo el bien que se haga a Israel y nunca jamás llegará a viejo ninguno de tu casa. 33Sólo dejaré a alguno junto a mi altar para que sus ojos vayan consumiéndose y su vida marchitándose; pero la mayor parte de tu casa morirá a espada de hombre. 34Te servirá de señal lo que les va a suceder a tus dos hijos, Jofní y Pinjás, que morirán el mismo día. 35Sin embargo, Yo me suscitaré un sacerdote fiel que obre conforme a mi corazón y a mi voluntad. Le edificaré una casa firme y caminará siempre en presencia de mi ungido. 36Los que queden de tu casa vendrán a postrarse ante él para obtener algún dinero y alguna torta de pan, y dirán: “Concédeme, por favor, algún oficio sacerdotal para poder comer un pedazo de pan”».
31 S1El joven Samuel seguía sirviendo al Señor junto a Elí. En aquel tiempo la palabra del Señor era escasa y las visiones no eran frecuentes.
2Un día, Elí estaba acostado en su aposento, sus ojos se iban debilitando y apenas podía ver; 3la lámpara de Dios todavía no se había apagado y Samuel estaba acostado en el Santuario del Señor donde estaba el arca de Dios. 4Entonces el Señor le llamó:
—¡Samuel, Samuel!
Él respondió:
—Aquí estoy.
5Y corrió hasta Elí y le dijo:
—Aquí estoy porque me has llamado.
Pero Elí le respondió:
—No te he llamado. Vuelve a acostarte.
Y fue a acostarse. 6El Señor lo llamó de nuevo:
—¡Samuel!
Se levantó, fue hasta Elí y le dijo:
—Aquí estoy porque me has llamado.
Pero Elí contestó:
—No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte 7—Samuel todavía no reconocía al Señor, pues aún no se le había revelado la palabra del Señor.
8Volvió a llamar el Señor por tercera vez a Samuel. Él se levantó, fue hasta Elí y le dijo:
—Aquí estoy porque me has llamado.
Comprendió entonces Elí que era el Señor quien llamaba al joven, 9y le dijo:
—Vuelve a acostarte y si te llaman dirás: «Habla, Señor, que tu siervo escucha».
Samuel se fue y se acostó en su aposento. 10Vino el Señor, se presentó y le llamó como otras veces:
—¡Samuel, Samuel!
Respondió Samuel:
—Habla, que tu siervo escucha.
11Y le dijo el Señor:
—Voy a hacer en Israel algo que a quienes lo oigan les zumbarán los oídos. 12Aquel día cumpliré en Elí todo lo que había prometido contra su casa, desde el principio hasta el fin. 13Le hago saber que voy a condenar a su casa para siempre porque él sabía que sus hijos maldecían a Dios y no les reprendió. 14Por eso, juro a la casa de Elí que no se expiará jamás su culpa ni con sacrificio ni con ofrenda.
15Samuel siguió acostado hasta la mañana y luego abrió las puertas de la Casa del Señor. Samuel temía contar a Elí la visión, 16pero Elí le llamó:
Él respondió:
—Aquí estoy.
17Elí le preguntó:
—¿Qué te ha dicho? No me ocultes nada. Que Dios te haga esto y aquello te añada si me ocultas una palabra de lo que te ha dicho.
18Entonces Samuel le contó todo sin ocultar nada. Elí le dijo:
—Es el Señor. Que haga lo que considere mejor.
19Samuel crecía y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras cayó en vacío. 20Todo Israel, desde Dan hasta Berseba, supo que en verdad Samuel era un profeta del Señor.
21El Señor siguió manifestándose en Siló porque allí era donde se revelaba a Samuel.
41 S1Y la palabra de Samuel llegaba a todo Israel.
En aquellos días los filisteos se preparaban para la guerra. Israel salió a enfrentarse con ellos y acamparon junto a Eben–Ha-Ézer mientras que los filisteos habían acampado en Afec. 2Éstos formaron en orden de combate frente a Israel. Se entabló la batalla e Israel fue derrotado a manos de los filisteos: murieron en el campo de batalla, dispersos por todas partes, cerca de cuatro mil hombres. 3Cuando el pueblo volvió al campamento, los ancianos de Israel dijeron:
—¿Por qué nos ha afligido hoy el Señor con la derrota ante los filisteos? Traigamos desde Siló el arca de la alianza del Señor y llevémosla con nosotros para que nos salve de nuestros enemigos.
4Entonces el pueblo mandó una embajada a Siló para que trajeran de allí el arca de la alianza del Señor de los ejércitos que está sentado sobre los querubines. Los dos hijos de Elí, Jofní y Pinjás, vinieron con el arca de la alianza, 5y cuando entró el arca de la alianza del Señor en el campamento todos los israelitas lanzaron un fuerte grito de guerra y la tierra tembló. 6Oyeron los filisteos el estruendo de los gritos y dijeron:
—¿Qué significa ese alboroto tan grande en el campamento de los hebreos?
Y supieron que el arca del Señor estaba en el campamento.
7Los filisteos tuvieron miedo y decían:
—Ha venido su Dios al campamento. 8¡Ay de nosotros! Nunca había sucedido tal cosa. ¿Quién nos librará de la mano de este Dios tan poderoso? Éste es el que hirió en el desierto a los egipcios con toda clase de plagas. 9¡Tengan ánimo y pórtense como hombres, filisteos! ¡No sirvan a los hebreos como ellos les sirvieron a ustedes! ¡Sean hombres y luchen!
10Los filisteos se lanzaron a la batalla y derrotaron a los israelitas que salieron huyendo cada uno a su tienda. Fue una gran derrota: cayeron unos treinta mil de la infantería de Israel, 11el arca del Señor fue capturada, y murieron los dos hijos de Elí, Jofní y Pinjás.
12Un hombre de Benjamín vino corriendo desde el campo de batalla y llegó aquel mismo día a Siló con los vestidos desgarrados y la cabeza cubierta de polvo. 13Cuando llegó, Elí estaba sentado en el estrado, junto a la puerta, mirando al camino porque su corazón estaba inquieto por el arca de Dios. Entró, pues, aquel hombre pregonando la noticia por la ciudad, y todos comenzaron a gritar. 14Oyó Elí el griterío y preguntó:
—¿Qué significa este tumulto?
Entonces el hombre se acercó deprisa y se lo contó a Elí. 15Elí tenía ya noventa y ocho años, sus ojos estaban inmóviles y no podía ver. 16El hombre dijo a Elí:
—Acabo de llegar huyendo hoy mismo del campo de batalla.
Elí le preguntó:
—¿Qué ha pasado, hijo mío?
17El mensajero respondió:
—Los israelitas han huido ante los filisteos; ha sido una gran derrota para el pueblo. Además, han muerto tus dos hijos, Jofní y Pinjás, y el arca de Dios ha sido capturada.
18Al mencionar el arca de Dios, Elí cayó de su estrado hacia atrás, hacia la puerta, se desnucó y murió porque era muy viejo y estaba débil. Había sido juez de Israel durante cuarenta años.
19Su nuera, la mujer de Pinjás, que estaba encinta y próxima a dar a luz, cuando oyó que el arca de Dios había sido capturada y que habían muerto su suegro y su marido, se encorvó y dio a luz porque le sobrevinieron los dolores de parto. 20Estando a punto de morir, las que la atendían le dijeron:
—No temas, que has dado a luz un niño.
Pero ella no respondió ni prestó atención. 21Al niño le puso el nombre de Icabod, diciendo: «La gloria de Israel ha sido desterrada», refiriéndose a la captura del arca, a su suegro y a su marido. 22Y decía:
—La gloria de Israel ha sido desterrada porque ha sido capturada el arca de Dios.
51 S1Los filisteos capturaron el arca de Dios y la trasladaron desde Eben–Ha-Ézer hasta Asdod. 2Tomaron los filisteos el arca de Dios, la introdujeron en el templo de Dagón y la colocaron junto a Dagón. 3Al día siguiente se levantaron los asdodeos y encontraron a Dagón caído boca abajo en tierra ante el arca del Señor. Levantaron a Dagón y lo volvieron a colocar en su sitio. 4A la mañana siguiente otra vez encontraron a Dagón caído en tierra ante el Señor; su cabeza y sus manos estaban cortadas en el umbral; sólo le quedaba el tronco. 5Por eso los sacerdotes de Dagón y todos los que entran en su templo, en Asdod, no pisan el umbral hasta el día de hoy.
6La mano del Señor se hizo notar entre los asdodeos aterrorizándolos pues los hirió con tumores en Asdod y sus alrededores. 7Al ver todo eso los hombres de Asdod dijeron:
—No debe permanecer con nosotros el arca del Dios de Israel porque su mano se ha endurecido contra nosotros y contra Dagón, nuestro dios.
8Después hicieron convocar en Asdod a todos los príncipes de los filisteos y dijeron:
—¿Qué debemos hacer con el arca del Dios de Israel?
Respondieron:
—Que se traslade a Gat.
Y trasladaron allí el arca del Dios de Israel. 9Pero en cuanto la trasladaron, cayó la mano del Señor sobre la ciudad causando un gran terror; hirió a todos los hombres de la ciudad, pequeños y grandes, y les brotaron tumores. 10Entonces trasladaron el arca a Ecrón; pero en cuanto el arca de Dios llegó a Ecrón, exclamaron los ecronitas:
—Nos han traído el arca del Dios de Israel para hacernos morir a nosotros y a nuestro pueblo.
11Así que hicieron convocar a todos los príncipes de los filisteos y les dijeron:
—Devuelvan el arca del Dios de Israel; que vuelva a su sitio y no nos haga morir a nosotros y a nuestro pueblo.
12Pues había un pánico mortal por toda la ciudad porque la mano de Dios había descargado muy duramente allí. Los que no habían muerto estaban infectados de tumores, y el clamor de la ciudad llegaba hasta el cielo.
61 S1El arca del Señor estuvo en territorio filisteo durante siete meses, 2hasta que los filisteos convocaron a sus sacerdotes y adivinos para consultarles:
—¿Qué hemos de hacer con el arca del Señor? Indíquennos cómo podemos devolverla.
3Y respondieron:
—Si devuelven el arca del Dios de Israel, no la devuelvan de vacío. Deben devolverla con una ofrenda de reparación; sólo entonces quedarán curados y sabrán por qué la mano del Señor no se apartaba de ustedes.
4Entonces preguntaron:
—¿Qué ofrenda de reparación debemos entregar?
Y respondieron:
—Ofrecerán cinco tumores de oro y cinco ratas de oro según el número de los príncipes filisteos, porque ha caído la misma plaga sobre ustedes y sobre sus príncipes. 5Construirán unas figuras de los tumores y de las ratas que devoran la tierra, y darán gloria al Dios de Israel. Quizás aligere su mano sobre ustedes, sobre sus dioses y sobre su tierra. 6¿Por qué van a endurecer su corazón como lo endurecieron los egipcios y el faraón, que sólo cuando Dios los maltrató, les dejaron salir? 7Ahora, pues, preparen una carreta nueva y dos vacas que estén criando sobre las que nunca se haya puesto un yugo, y únzanlas a la carreta. A sus becerros llévenlos al establo. 8Tomen luego el arca del Señor y pónganla sobre la carreta. Los objetos de oro que han ofrecido como reparación pónganlos en un cofre junto al arca, y déjenla marchar. 9Mírenlo bien: si al dirigirse a su territorio sube a Bet–Semes, es que Dios nos ha causado este grave daño; si no, conoceremos que no ha sido su mano la que nos ha herido, sino que ha sido algo casual.
10Así lo hicieron. Tomaron dos vacas que estaban criando y las uncieron a una carreta, dejando a los becerros en el establo. 11Pusieron sobre la carreta el arca del Señor y el cofre con las ratas de oro y las figuras de los tumores. 12Las vacas se fueron derechas por el camino hacia Bet–Semes manteniendo siempre la misma ruta, e iban mugiendo sin desviarse ni a derecha ni a izquierda. Los príncipes de los filisteos las siguieron hasta el límite de Bet-Semes.
13Los de Bet–Semes estaban segando trigo en el valle. Al levantar la vista, vieron el arca y se alegraron. 14La carreta entró hasta el campo de Josué, el de Bet–Semes, y se detuvo. Había allí una gran piedra; así que partieron la carreta para hacer leña y ofrecieron las vacas en holocausto al Señor. 15Los levitas bajaron el arca del Señor y el cofre que había a su lado con las figurillas de oro y lo depositaron todo sobre la gran piedra. Los de Bet–Semes ofrecieron aquel día holocaustos y sacrificios de comunión al Señor. 16Los cinco príncipes filisteos contemplaron todo eso y volvieron a Ecrón el mismo día.
17Éstos son los tumores de oro que los filisteos ofrecieron en reparación al Señor: uno por Asdod, uno por Gaza, uno por Ascalón, uno por Gat y uno por Ecrón; 18y las ratas de oro correspondían al número de las ciudades filisteas de los cinco príncipes, tanto las amuralladas como las desguarnecidas. Testigo es la piedra grande sobre la que depositaron el arca del Señor y que hasta el día de hoy está en el campo de Josué de Bet–Semes.
19Sin embargo los hijos de Jeconías, que habitaban en Bet–Semes, no se alegraron como los demás al ver el arca del Señor, por lo que el Señor castigó a setenta de sus hombres. El pueblo hizo duelo porque el Señor los había castigado con dureza; 20y decían los de Bet–Semes:
—¿Quién podrá resistir ante el Señor, ante este Dios santo? ¿A quién le corresponderá tenerla después de nosotros?
21Mandaron mensajeros a los habitantes de Quiriat–Yearim diciendo:
—Los filisteos han devuelto el arca del Señor. Bajen y súbanla con ustedes.
71 S1Vinieron los de Quiriat–Yearim, subieron el arca del Señor, se la llevaron a casa de Abinadab en la colina y consagraron a su hijo Eleazar para que custodiara el arca del Señor.
2Desde el día en que depositaron el arca en Quiriat–Yearim pasó mucho tiempo, veinte años; toda la casa de Israel añoraba al Señor. 3Entonces dijo Samuel a toda la casa de Israel:
—Si quieren convertirse al Señor de todo corazón, quiten de entre ustedes los dioses extranjeros y las astartés, dirijan su corazón hacia el Señor y sírvanla sólo a Él; así se librará de la mano de los filisteos.
4Los hijos de Israel quitaron los baales y las astartés y sirvieron sólo al Señor.
5Samuel dijo:
—Reunan a todo Israel en Mispá y rogaré por ustedes al Señor.
6Se reunieron, pues, en Mispá, sacaron agua y la derramaron ante el Señor; ayunaron aquel día y dijeron:
—Hemos pecado contra el Señor.
Y Samuel fue juez en Mispá sobre los hijos de Israel.
7Cuando los filisteos se enteraron de que los hijos de Israel se habían reunido en Mispá, subieron los príncipes de los filisteos contra Israel. Al oírlo, los hijos de Israel tuvieron miedo ante los filisteos, 8y dijeron a Samuel:
—No dejes de suplicar por nosotros ante el Señor, nuestro Dios, para que nos salve de la mano de los filisteos.
9Tomó entonces Samuel un cordero lechal y lo ofreció en holocausto completo al Señor; invocó al Señor en favor de Israel y el Señor le respondió.
10Estaba Samuel ofreciendo el holocausto cuando los filisteos entablaron batalla contra los israelitas; pero el Señor hizo que aquel día se produjeran sobre los filisteos fuertes truenos y los aterrorizó, y así fueron derrotados ante los israelitas. 11Los hombres de Israel subieron desde Mispá, persiguieron a los filisteos y los destrozaron hasta más abajo de Bet–Car. 12Luego Samuel tomó una piedra y la colocó entre Mispá y Sen, poniéndole el nombre de Eben–Ha-Ézer, es decir, piedra de auxilio, pues dijo: «Hasta aquí nos ha auxiliado el Señor».
13Los filisteos quedaron humillados y no volvieron a acercarse a las fronteras de Israel, pues la mano del Señor siguió pesando sobre los filisteos durante toda la vida de Samuel. 14Las ciudades que los filisteos habían arrebatado a Israel le fueron devueltas, desde Ecrón hasta Gat; así Israel recuperó su territorio de manos de los filisteos. También hubo paz entre israelitas y amorreos.
15Samuel fue juez sobre Israel durante toda su vida. 16Cada año recorría Betel, Guilgal y Mispá ejerciendo allí su función de juez sobre los israelitas. 17Después volvía a Ramá, donde estaba su casa y donde desempeñaba su función de juez. Allí también edificó un altar al Señor.
81 S1Cuando Samuel se fue haciendo viejo, designó a sus hijos como jueces sobre Israel; 2el nombre del mayor era Joel, y el del segundo, Abías. Eran jueces en Berseba. 3Pero sus hijos no se comportaron como él, sino que se inclinaron al propio provecho, aceptando el soborno y pervirtiendo la justicia. 4Entonces todos los ancianos de Israel se reunieron y se acercaron a Samuel en Ramá, 5diciéndole:
—Tú te vas haciendo viejo y tus hijos no se comportan como tú. Nómbranos un rey que nos gobierne como hacen las demás naciones.
6Disgustó a Samuel que fueran diciéndole: «Nómbranos un rey que nos gobierne», e invocó al Señor; 7pero el Señor le dijo:
—Escucha la voz del pueblo en todo lo que te propone. No es a ti a quien rechazan, sino a mí; no quieren que sea su rey. 8Han obrado así desde que salieron de Egipto hasta el día de hoy: me han abandonado y han servido a dioses extranjeros, y así se portan ahora contigo. 9Sin embargo, escucha su voz, pero adviérteles bien y explícales los derechos del rey que reine sobre ellos.
10Samuel transmitió estas palabras del Señor al pueblo que solicitaba un rey, 11y les dijo:
—Éstos son los derechos del rey que reine sobre ustedes: tomará a sus hijos, los destinará a sus carros y a sus caballos y les hará correr delante de sus carrozas. 12Los utilizará en su ejército como jefes de centuria y oficiales. Les hará sembrar y segar sus campos, y fabricar armas y carros. 13A sus hijas las tomará como perfumistas, panaderas y cocineras. 14Sus campos, sus viñas y sus mejores olivares se los tomará para dárselos a sus sirvientes. 15De sus cosechas y de sus vendimias les exigirá el diezmo para dárselo a sus cortesanos y servidores. 16Sus siervos y siervas, y sus mejores bueyes y asnos, los llevará para emplearlos en sus labores. 17Hasta de sus rebaños les exigirá diezmos, y ustedes mismos serán sus siervos. 18Aquel día gritarán contra los reyes que ustedes mismos han elegido, y no les responderá el Señor en aquel día.
19Sin embargo, el pueblo no quiso atender la voz de Samuel y dijeron:
—No. Tendremos un rey que nos gobierne 20y seremos como las demás naciones. Nos gobernará nuestro rey y saldrá delante de nosotros para luchar con nosotros.
21Samuel escuchó todas las peticiones del pueblo y las transmitió ante el Señor. 22Y dijo el Señor a Samuel:
—Atiende a sus ruegos y nómbrales un rey.
23Samuel, entonces, dijo a los hombres de Israel:
—Que cada uno regrese a su ciudad.
91 S1Había un hombre de la tribu de Benjamín, llamado Quis, hijo de Abiel, hijo de Seror, hijo de Becorat, hijo de Afíaj, un benjaminita influyente 2que tenía un hijo llamado Saúl, aventajado y buen mozo; no había en Israel nadie más alto que él, sobrepasaba a todos de hombros para arriba. 3A Quis, padre de Saúl, se le habían perdido unas asnas; y le dijo:
—Hijo mío, llévate a uno de los criados y vete a buscar las asnas.
4Atravesaron los montes de Efraím, la región de Salisá y no las encontraron. Recorrieron la región de Saalim y no estaban; luego la de Benjamín y tampoco las encontraron. 5Llegaron entonces a la región de Suf y dijo Saúl a su criado:
—Vamos a volver, no sea que mi padre deje de preocuparse por las asnas y esté intranquilo por nosotros.
6El criado le contestó:
—Hay en esta ciudad un hombre de Dios, un hombre honorable; todo lo que dice se cumple siempre. Vamos, quizá nos indique el camino que debemos seguir.
7Saúl dijo al criado:
—Si vamos, ¿qué le llevaremos a este hombre? No queda pan en el zurrón ni tenemos nada que ofrecer al hombre de Dios. ¿Qué nos queda?
8Respondió el criado:
—Mira, he encontrado aquí un cuarto de siclo de plata. Se lo daremos al hombre de Dios para que nos indique el camino.
9Antiguamente cuando alguien iba a consultar a Dios se decía: «Vayamos al vidente», porque al que hoy llamamos profeta se le llamaba antes vidente.
10Y dijo Saúl a su criado:
—Has hablado bien, ¡vamos!
Y fueron hacia la ciudad donde estaba el hombre de Dios. 11Mientras subían por la cuesta de la ciudad se encontraron con unas jóvenes que salían a sacar agua, y les preguntaron:
—¿Está aquí el vidente?
12Ellas respondieron:
—Aquí está, va delante de ustedes. Precisamente ha venido a la ciudad porque hoy es el día del sacrificio en la colina. 13Al entrar en la ciudad, lo encontrarán antes de que suba a la colina para comer. El pueblo no empezará a comer hasta que llegue, pues él ha de bendecir el sacrificio; después comerán los convocados. Así pues, suban, que enseguida lo encontrarán.
14Subieron a la ciudad y, al entrar en la cuidad, se toparon con Samuel que venía para subir a la colina. 15El Señor, un día antes de que llegara Saúl, había hecho a Samuel esta revelación:
16—Mañana, a esta misma hora, te enviaré un hombre de la tierra de Benjamín. Le ungirás como jefe de mi pueblo Israel; él salvará a mi pueblo de la mano de los filisteos porque he Mirado a mi pueblo y su clamor ha llegado hasta mí.
17Cuando Samuel vio a Saúl, le dijo el Señor:
—Éste es el hombre del que te hablé; éste regirá a mi pueblo.
18Saúl se acercó a Samuel, a la puerta de la ciudad, y le dijo:
—Indícame, por favor, dónde está la casa del vidente.
19Samuel le respondió:
—Yo soy el vidente. Sube conmigo a la colina. Hoy comerán conmigo y mañana te dejaré ir. Te descubriré todo lo que hay en tu corazón; 20y no te preocupes de las asnas que perdiste hace tres días porque han sido encontradas. Además, ¿para quién será lo mejor de Israel? ¿No será para ti y para la casa de tu padre?
21Saúl dijo:
—¿No soy yo de Benjamín, la tribu más pequeña de Israel, y mi familia la menor de la tribu de Benjamín? ¿Por qué me dices esas cosas a mí?
22Samuel tomó a Saúl y a su criado, los introdujo en la sala y les asignó un asiento en la cabecera de los invitados, que eran unos treinta. 23Entonces dijo al cocinero:
—Sirve la parte que te entregué y te indiqué que pusieras a un lado.
24Sacó el cocinero la pierna y el rabo, y los colocó ante Saúl. Samuel le dijo:
—Ahí tienes lo reservado para ti. Come, pues se te ha reservado deliberadamente, como señal de que yo he invitado al pueblo.
Y aquel día Saúl comió con Samuel.
25Bajaron luego de la colina a la ciudad, prepararon una estera para Saúl en el terrado, y éste se acostó. 26Al despuntar el alba, llamó Samuel a Saúl en el terrado y le dijo:
—Levántate, que te voy a despedir.
Se levantó Saúl y salieron los dos, Samuel y Saúl. 27Bajaron juntos hasta las afueras de la ciudad y dijo Samuel:
—Di a tu criado que vaya delante de nosotros, y tú quédate para que te dé a conocer la palabra de Dios.
101 S1Entonces tomó Samuel el recipiente de aceite, lo derramó sobre la cabeza de Saúl y luego le besó diciendo:
—He aquí que el Señor te ha ungido como príncipe de mi pueblo Israel. Tú regirás al pueblo del Señor y le librarás de la mano de los enemigos que le rodean. Ésta es la señal de que Dios te ha ungido como príncipe sobre su heredad: 2cuando te separes hoy de mí, encontrarás junto al sepulcro de Raquel, en los límites de Benjamín, dos hombres que te dirán: «Han sido encontradas las asnas que andabas buscando; pero tu padre ha olvidado lo de las asnas y está preocupado por ustedes pensando: “¿Qué debo hacer por mi hijo?”». 3Cuando te alejes de allí y llegues a la encina del Tabor, te saldrán al encuentro tres hombres que suben a honrar a Dios en Betel: uno llevará tres cabritos, otro tres tortas de pan y otro un odre de vino. 4Te saludarán y te entregarán dos panes; tú recíbelos de sus manos. 5Luego subirás a Guibeá de Dios donde está la guarnición de los filisteos. Cuando entres en la ciudad te toparás con un grupo de profetas que bajan de la colina precedidos de arpas y panderos, flautas y cítaras, y que van profetizando. 6También a ti te invadirá el espíritu del Señor, profetizarás con ellos y te transformarás en otro hombre. 7Cuando te sucedan estas señales, haz lo que se te ocurra porque Dios está contigo. 8Bajarás luego delante de mí a Guilgal. Yo también bajaré para ofrecer holocaustos y sacrificios de comunión. Esperarás allí siete días hasta que yo llegue y te dé a conocer lo que has de hacer.
9En efecto, apenas había vuelto la espalda para alejarse de Samuel, le transformó Dios el corazón y en el mismo día le ocurrieron todas esas señales.
10Desde allí fueron a Guibeá donde un grupo de profetas salió a su encuentro. 11Los que le conocían de antes y le vieron en trance con los otros profetas se decían unos a otros:
—¿Qué le ha pasado al hijo de Quis? ¿También Saúl anda entre los profetas?
12Uno de aquella región respondió:
—¿Y quién es el padre de todos esos?
Por ello se difundió el proverbio: «¿También Saúl anda entre los profetas?».
13Cuando cesó el trance profético, vino a Guibeá. 14Entonces el tío de Saúl les dijo a él y a su criado:
—¿Adónde han ido?
Respondió:
—A buscar las asnas; pero al no encontrarlas, acudimos a Samuel.
15Su tío le preguntó:
—Cuéntame, por favor, qué les ha dicho Samuel.
16Y Saúl respondió a su tío:
—Sólo nos indicó que las asnas habían aparecido.
Pero no le contó nada de lo que Samuel le dijo sobre el reino.
17Samuel convocó al pueblo en Mispá, junto al Señor, 18y dijo a los hijos de Israel:
—Así dice el Señor, Dios de Israel: «Yo hice subir a Israel de Egipto y los libré de la mano de los egipcios y de la mano de los reinos que los oprimían. 19En cambio, ustedes han rechazado hoy a su Dios, al que los ha salvado de todos los males y de sus tribulaciones, y han dicho: “No. Tú nómbranos un rey”. Así pues, congréguense ante el Señor por tribus y por familias».
20Samuel ordenó que se acercaran todas las tribus de Israel y fue elegida por suerte la tribu de Benjamín. 21Mandó luego que se acercara la tribu de Benjamín, por familias, y fue elegida por suerte la familia de Matrí; finalmente fue elegido por suerte Saúl, hijo de Quis. Le buscaron pero no apareció, 22así que consultaron de nuevo al Señor:
—¿Ha venido aquí este hombre?
Respondió el Señor:
—Ahí está, escondido entre la impedimenta.
23Fueron corriendo y lo sacaron de allí; al presentarse en medio del pueblo, sobrepasaba a todos de hombros para arriba. 24Samuel se dirigió a todo el pueblo:
—¿Ven a quién ha elegido el Señor? No hay nadie como él en todo el pueblo.
Y el pueblo entero gritó al unísono:
—¡Viva el rey!
25Samuel expuso al pueblo el derecho del rey, lo escribió en un libro y lo depositó ante el Señor; después despidió al pueblo, cada uno a su casa. 26También Saúl se fue a su casa en Guibeá; con él se fueron los más valientes a quienes Dios tocó el corazón. 27Sin embargo, algunos malvados dijeron:
—¿Ése va a salvarnos?
Y le despreciaron y no le llevaron presentes. Pero él simuló no oír nada.
111 S1Najás, el amonita, subió y acampó frente a Yabés de Galaad. Todos los de Yabés de Galaad dijeron a Najás:
—Haz un pacto con nosotros y seremos vasallos tuyos.
2Najás, el amonita, les contestó:
—Haré un pacto con ustedes con una condición: sáquense todos el ojo derecho para llenar así de escarnio a todo Israel.
3Los ancianos de Yabés le dijeron:
—Danos un plazo de siete días para enviar mensajeros por todo el territorio de Israel. Si no hay quien nos defienda, nos someteremos a ti.
4Llegaron los mensajeros a Guibeá de Saúl, refirieron estos planes al pueblo y todos alzaron la voz y rompieron a llorar. 5En ese momento regresaba Saúl del campo tras los bueyes, y preguntó:
—¿Qué le ocurre al pueblo que está sumido en llanto?
Entonces le contaron los planes de los de Yabés, 6y Saúl, al oírlo, se sintió invadido por el espíritu de Dios, se llenó de furor 7y, tomando un par de bueyes, los despedazó y envió los trozos por todo el territorio de Israel por medio de mensajeros, diciendo: «Esto mismo se hará a los bueyes del que no siga a Saúl y a Samuel». El temor del Señor sobrecogió al pueblo y salieron como un solo hombre.
8Saúl les pasó revista en Bézec: los hijos de Israel eran trescientos mil y los de Judá treinta mil. 9Y dijo a los mensajeros que habían venido:
—Digan a los de Yabés de Galaad: «Mañana, cuando más caliente el sol, les llegará la salvación».
Los mensajeros fueron a anunciarlo a los de Yabés, que se alegraron mucho. 10Los de Yabés dijeron a Najás:
—Mañana partiremos hacia sus posiciones y harán con nosotros lo que les parezca mejor.
11A la mañana siguiente Saúl distribuyó al pueblo en tres cuerpos, irrumpieron en el campamento al romper la aurora y abatieron a los amonitas hasta el momento de más calor del día. Y los supervivientes fueron dispersados y no quedaron dos juntos.
12Entonces el pueblo dijo a Samuel:
—¿Quién es el que decía: «Va a reinar Saúl sobre ustedes?». Entréganos a esos hombres, que les haremos morir.
13Pero Saúl dijo:
—Que nadie muera hoy, porque hoy el Señor ha llevado a cabo la salvación de Israel.
14Y Samuel dijo al pueblo:
—Vayamos a Guilgal e inauguremos allí la monarquía.
15Todo el pueblo se encaminó a Guilgal. Allí proclamaron rey a Saúl ofreciendo sacrificios de comunión ante el Señor. Saúl y todos los hijos de Israel lo celebraron con mucha alegría.
121 S1Samuel dijo a todo Israel:
—He atendido a cuantos ruegos me han hecho y he designado un rey sobre ustedes. 2En adelante, el rey irá al frente de ustedes y los guiará. Yo soy ya viejo, he encanecido, y mis hijos son uno más entre ustedes. He ido al frente de ustedes y los he guiado desde mi juventud hasta el día de hoy. 3Aquí estoy. Acúsenme ante el Señor o ante su ungido: ¿a quién he quitado un buey y un asno? ¿A quién he humillado o he perjudicado? ¿De quién he recibido soborno para inclinar mis ojos hacia él? Estoy dispuesto a restituirlos.
4Respondieron:
—No nos has explotado ni nos has perjudicado. No has recibido nada de manos de nadie.
5Samuel añadió:
—Testigo es el Señor y testigo es su ungido de que no han encontrado en mí nada culpable.
Y el pueblo contestó:
—Testigos son.
6Samuel dijo al pueblo:
—Testigo es el Señor que suscitó a Moisés y a Aarón, el que hizo subir a sus padres del país de Egipto. 7Ahora, pues, congréguense y los juzgaré ante el Señor por todos los beneficios que el Señor ha obrado con ustedes y con sus padres. 8Jacob y los suyos llegaron a Egipto y los egipcios les oprimieron; sus padres clamaron al Señor, y el Señor les envió a Moisés y a Aarón y los sacó de Egipto, estableciéndolos en este lugar. 9Ellos, en cambio, se olvidaron del Señor, su Dios, y Él los entregó en manos de Sísara, jefe del ejército de Jasor, en manos de los filisteos y en manos del rey de Moab, que lucharon contra ellos. 10Luego suplicaron al Señor diciendo: «Hemos pecado porque hemos abandonado al Señor y hemos servido a los baales y a sus astartés; pero líbranos de la mano de nuestros enemigos y te serviremos». 11Entonces el Señor envió a Yerubaal, a Barac, a Jefté y a Samuel, los libró de la mano de los enemigos que los rodeaban y pudieron vivir en paz.
12»Pero cuando vieron que Najás, rey de los amonitas, venía contra ustedes me dijeron: «No. Tendremos un rey que nos gobierne», siendo así que su rey es el Señor, su Dios. 13He aquí, pues, a su rey, el que han elegido para ustedes, el que han pedido: el Señor ya les ha dado un rey. 14Si temen al Señor y le sirven, si escuchan su voz y no desprecian lo que les diga, tanto ustedes como el rey que los gobierne, serán fieles seguidores del Señor, su Dios. 15Pero si no escuchan su voz y desprecian lo que el Señor les diga, la mano del Señor caerá sobre ustedes y sobre su rey hasta dispersarlos. 16Y ahora, congréguense y contemplen un gran acontecimiento que el Señor va a realizar ante ustedes. 17Ahora es el tiempo de la siega del trigo, ¿verdad? Pues invocaré al Señor y enviará truenos y lluvia; así reconocerán y verán que han cometido ante el Señor una gran maldad al pedir un rey sobre ustedes.
18Samuel, en efecto, invocó al Señor y, ese mismo día, el Señor envió truenos y lluvia. Y todo el pueblo recobró el temor a Dios y a Samuel. 19Y el pueblo dijo a Samuel:
—Ruega por tus siervos al Señor, tu Dios, para que no muramos. Pues hemos añadido a todos nuestros pecados el más grave, pedirnos un rey.
20Samuel tranquilizó al pueblo:
—No teman. Ustedes han cometido esta maldad. En adelante no vuelvan la espalda al Señor; sírvanle con todo su corazón. 21No se alejen tras los que no son nada, que ni les aprovechan ni los salvan, porque no son nada. 22En verdad, el Señor, por el honor de su gran nombre, no abandonará a su pueblo, porque el Señor se ha dignado hacer de ustedes su pueblo. 23Por mi parte, lejos de mí pecar contra el Señor dejando de rogar por ustedes o de enseñarles el camino bueno y recto. 24Por tanto, teman al Señor y sírvanle fielmente y de todo corazón, puesto que han contemplado las hazañas que ha hecho con ustedes. 25Pero si se obstinan en el mal, perecerán ustedes y su rey.
131 S1Saúl era ya de edad madura cuando comenzó a reinar, y reinó varios años sobre Israel. 2Eligió Saúl tres mil hombres de Israel: dos mil estaban con él en Micmás y en las montañas de Betel, y mil con Jonatán en Guibeá de Benjamín; a los demás los envió a cada uno a su casa. 3Jonatán venció a la guarnición de los filisteos que había en Gueba, y los filisteos se enteraron. Saúl, por su parte, hizo sonar la trompeta por todo el país:
—¡Que la oigan los hebreos!
4Todo el pueblo escuchó la noticia:
—Saúl ha vencido a la guarnición de los filisteos; Israel se ha hecho odioso a los filisteos.
Y el pueblo se congregó en torno a Saúl en Guilgal.
5Los filisteos se reunieron para luchar contra Israel: treinta mil carros, seis mil caballos y un ejército tan numeroso como las arenas del mar. Subieron y acamparon en Micmás, al este de Bet–Aven. 6Los de Israel, al verse en peligro porque se estrechaba el cerco, se refugiaron en las cuevas, en las cavernas, en las peñas, en los subterráneos y en las cisternas.
7Algunos hebreos atravesaron el Jordán hacia Gad y Galaad. Saúl permanecía en Guilgal y todo el pueblo temblaba junto a él. 8Esperó siete días, según el plazo señalado por Samuel, pero éste no llegó a Guilgal; así que el pueblo se dispersó abandonando a Saúl. 9Entonces dijo Saúl:
—Tráiganme las víctimas del holocausto y de los sacrificios de comunión.
Y ofreció el holocausto.
10Terminaba de ofrecer el holocausto cuando llegó Samuel. Saúl salió a su encuentro para saludarle, 11pero Samuel le dijo:
—¿Qué has hecho?
Saúl respondió:
—Al ver que el pueblo se dispersaba y me abandonaba, que tú no venías en el plazo señalado y que los filisteos estaban congregados en Micmás, 12me dije: «Ahora bajarán los filisteos a Guilgal contra mí y todavía no he aplacado al Señor». Así que me sentí obligado a ofrecer el holocausto.
13Entonces Samuel dijo a Saúl:
—Has obrado como un necio. No has guardado los preceptos que el Señor, tu Dios, te ordenó. El Señor habría consolidado tu reinado sobre Israel para siempre, 14pero ahora tu reinado no se mantendrá. El Señor se ha buscado un hombre según su corazón y le ha constituido guía de su pueblo porque tú no has guardado lo que el Señor te había ordenado.
15Se levantó Samuel y subió desde Guilgal siguiendo su camino. El resto del pueblo siguió a Saúl para enfrentarse al enemigo: subieron desde Guilgal hasta Guibeá de Benjamín. Saúl pasó revista al pueblo que había permanecido junto a él: eran unos seiscientos hombres.
16Saúl, su hijo Jonatán y el pueblo que había permanecido con ellos estaban en Gueba de Benjamín, mientras que los filisteos estaban acampados en Micmás. 17Del campamento filisteo salió una ofensiva en tres columnas: una tomó el camino de Ofrá, hacia la región de Saúl; 18otra se dirigió a Bet–Jorón, y la tercera tomó el camino de los límites que dominan el valle de Seboim hacia el desierto.
19No había herreros en todo el país de Israel porque los filisteos habían decidido que los hebreos no se hicieran ni espadas ni lanzas; 20así que los israelitas tenían que bajar hasta los filisteos para afilar su reja, su azada, su hacha y su hoz. 21El precio del afilado era de medio siclo por las rejas y por las azadas, y de un cuarto de siclo por las hachas o por retocar las hoces.
22Ocurrió, pues, que el día del combate ningún hombre de Saúl o de Jonatán tenía espada ni lanza; sólo la tenían Saúl y Jonatán, su hijo.
23Un destacamento de filisteos salió hacia el paso de Micmás.
141 S1Un día Jonatán, hijo de Saúl, dijo a su escudero:
—Ven, pasemos hasta el destacamento de los filisteos que está al lado opuesto.
Pero no le comunicó nada a su padre. 2Saúl estaba en el extremo opuesto de Guibeá, bajo el granado que hay en Magrón. El pueblo que estaba con él era de unos seiscientos hombres. 3Y Ajías, hijo de Ajitub, hermano de Icabod, hijo de Pinjás, hijo de Elí, sacerdote del Señor en Siló, llevaba un efod. El pueblo no se dio cuenta de que Jonatán se había marchado. 4En el paso que Jonatán pretendía atravesar, camino del destacamento de los filisteos, hay dos picachos; uno a cada lado: uno se llama Bosés y otro Sene. 5Un picacho mira al norte, hacia Micmás, y el otro hacia el sur, hacia el territorio de Gueba. 6Jonatán dijo a su escudero:
—Ven, pasemos hasta el destacamento de los incircuncisos. Quizá el Señor haga algo por nosotros, pues al Señor nada le importa que sean pocos o muchos para conceder la victoria.
7Su escudero le respondió:
—Haz lo que te dicte el corazón. Yo iré contigo según tus deseos.
8Jonatán le dijo:
—Vamos a acercarnos a esos hombres y nos dejaremos ver. 9Si ellos nos dicen: «Quietos hasta que lleguemos a ustedes», permaneceremos en nuestro sitio y no subiremos a ellos. 10Pero si dicen: «Suban hacia nosotros», subiremos; porque el Señor los ha entregado en nuestras manos; ésa será la señal.
11Cuando los dos se dejaron ver por el destacamento de los filisteos, éstos se dijeron:
—Miren, unos hebreos salen de las cuevas donde se habían escondido.
12Y los hombres del destacamento gritaron a Jonatán y a su escudero:
—¡Suban hacia nosotros que tenemos algo que decirles!
Jonatán dijo entonces a su escudero:
—Sube detrás de mí, el Señor los ha entregado en manos de Israel.
13Jonatán subió ayudándose de pies y manos, y su escudero detrás de él. Los filisteos iban cayendo ante Jonatán, y su escudero los remataba tras él. 14Esta primera matanza que llevaron a cabo Jonatán y su escudero fue de unos veinte hombres en un espacio como de medio surco.
15El terror se apoderó del campamento y de la región; incluso la gente del destacamento y del cuerpo de vanguardia temieron. La tierra tembló y cundió el pánico a Dios. 16Los centinelas de Saúl, que estaban en Guibeá de Benjamín, vieron que el gentío se dispersaba huyendo en todas las direcciones. 17Entonces Saúl dijo a los que estaban con él:
—Pasen revista y comprueben quién de los nuestros se ha marchado.
Pasaron revista y vieron que faltaban Jonatán y su escudero.
18Saúl dijo a Ajías:
—Trae el efod.
Pues Ajías era quien llevaba el efod entre los hijos de Israel.
19Mientras hablaba Saúl con el sacerdote, el tumulto aumentaba más y más en el campamento de los filisteos. Saúl dijo al sacerdote:
—Retira tu mano.
20Saúl y todos los que estaban con él se reunieron y avanzaron hacia el combate. Y ocurrió que entre los filisteos la espada de cada uno se volvía contra su compañero; hubo una confusión espantosa. 21Los hebreos que antes estaban a favor de los filisteos y que incluso habían subido con ellos al campamento, desertaron para pasarse a los israelitas que estaban con Saúl y Jonatán. 22También los israelitas que se habían escondido en las montañas de Efraím, al oír que los filisteos huían, se unieron a los suyos y los persiguieron. 23El Señor salvó a Israel aquel día, y el combate se extendió hasta Bet–Aven.