COMENTARIO
El marco de la desaparición del Arca son las guerras contra los filisteos. De este modo se subraya que la muerte de Elí y la de sus hijos, los sacerdotes de Siló, la captura del Arca y la derrota del pueblo tienen la misma causa: los pecados de los hijos de Elí. Dios no podía dejar impune su delito e impuso un castigo tan severo, que con razón exclamó la mujer de Pinjás: «La gloria de Israel ha sido desterrada» (v. 21). Las desgracias están concatenadas para dejar claro que la pena mayor fue la pérdida del Arca: su captura llevó consigo la muerte de Jofní y Pinjás (v. 11); al conocer las dos noticias, Elí cae y muere (v. 18); y la mujer de Pinjás, al enterarse de las tres desgracias, sufre el adelanto del parto y muere también (v. 20). Sería erróneo pensar que los filisteos han vencido; más bien es Dios quien vence a los israelitas por haber desconfiado de Él y haber confiado sólo en las instituciones y los objetos que no tienen valor permanente, como son el santuario y los sacerdotes.
Los filisteos (en hebreo, pelestim) eran uno de los «pueblos del mar», es decir, no semitas (Gn 10,14), que se instalaron en la costa meridional de Canaán. Sus cinco ciudades más importantes fueron: Gaza, Ascalón, Asdod, Gat y Ecrón. Por extensión, la palabra griega Palaistine («tierra de los pelestim») pasó a designar toda la tierra de Canaán y dio así origen al nombre de Palestina. Sin embargo, los israelitas nunca llegaron a apoderarse del todo de la zona filistea, por lo que desde los relatos patriarcales (Gn 21,32.34) hasta los libros de los Reyes los filisteos son presentados como enemigos irreconciliables.