COMENTARIO

 1 S 6,1-7,1 

El retorno del Arca a tierras de Israel está narrado con pinceladas llenas de intención doctrinal: la necesidad de acompañar el Arca con una ofrenda de reparación (v. 3) supone el reconocimiento del Dios de Israel como único y supremo soberano; la alusión a los egipcios y al faraón (v. 6) indica que se renuevan los prodigios y la intervención divina, como ocurrió en el Éxodo; la elección de una carreta nueva y de unas vacas todavía no uncidas, es decir, no profanadas (v. 7), dan idea de que aquél es un acontecimiento religioso y cultual más que político.

Dentro de la alegría de los habitantes de Bet-Semes surge otra vez el pecado y la desgracia. Todos los ciudadanos, según el texto hebreo, o, al menos, los hijos de Jeconías, según el texto griego que parece más coherente, no participaron de los festejos de la acogida del Arca y fueron castigados (v. 19). Este episodio justifica el traslado del Arca al territorio de los gabaonitas, como zona neutral, hasta que David decida llevarla a Jerusalén (2 S 6,1-23); pero también muestra que la historia de los israelitas, y de los hombres en general, está teñida de pecados y de infidelidades, y que sólo sigue adelante gracias al perdón y a la misericordia divina.

La ofrenda de tumores y ratas de oro indica o bien que hubo dos tipos de plagas, peste y ratas, o bien que las ratas eran las que propagaban la peste. En todo caso, son exvotos que reflejan el reconocimiento del poder del Arca; se ofrecen cinco porque cinco eran las ciudades filisteas: todo el territorio, y no sólo las tres ciudades antes mencionadas en el texto (5,1.8.10), acepta la soberanía del Dios de Israel. Los Santos Padres utilizan esta ofrenda de oro como imagen de la conversión: «Así como los pecados con su pestilencia ocultan el valor de la salvación, al llorarlos se transforman en oro valioso» (S. Gregorio Magno, In primum Regum 3,3,5).

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