COMENTARIO
La victoria contra los amonitas fue rotunda y proporcionó a Saúl el reconocimiento definitivo como rey de Israel. De esta forma Saúl llega al trono con el asentimiento de todos: de los más religiosos, al ser ungido ritualmente por Samuel (10,1-16), de la gente sencilla al comprobar que la suerte sagrada había recaído sobre él (10,17-27), y de las clases dirigentes al experimentar que fue invadido por el espíritu de Dios para derrotar a los enemigo de Israel (11,1-15).
Najás imponía a sus vasallos que se arrancaran el ojo derecho. De esta forma garantizaba que no se sublevaran contra él, pues, tal como se hacían entonces las guerras, el ojo derecho resultaba imprescindible para la lucha al quedar el izquierdo tapado con el escudo. Según un fragmento encontrado en Qumrán, Najás ya había aplicado esta práctica a los hombres de Gad y a los de Rubén.
La ceremonia de Guilgal recuerda la asamblea de Mispá (10,17) y confirma que la institución monárquica terminó siendo aceptada por todo el pueblo. Con las ceremonias rituales y los sacrificios se confiesa una vez más que el rey está obligado como sus súbditos a dar culto a Dios.