COMENTARIO
El discurso de Samuel a la asamblea de Israel viene a ser el resumen y la interpretación religiosa de la historia narrada en los capítulos anteriores. Está impregnado de la doctrina sobre la Alianza. El Señor es quien toma la iniciativa para establecerla y quien exige su cumplimiento: si el pueblo se mantiene fiel, Dios no lo abandonará (v. 22); pero si el pueblo obra mal, Dios tendrá que castigarlo junto con su rey. Así ocurrirá a lo largo de todo el periodo de la monarquía, y así el destierro final a Babilonia será el castigo por las infidelidades cometidas en los años que había rey.
La declaración de inocencia de Samuel (vv. 1-3) y el reconocimiento del pueblo (vv. 4-5) ponen fin a su etapa de gobernante (juez) como precursor de la monarquía. En adelante la función de Samuel será puramente profética: se limitará a interceder ante Dios y a señalar los aciertos y los errores de Saúl y de David.
La segunda parte del discurso (vv. 6-15) y el prodigio de la tormenta de verano (vv. 16-19) son las últimas indicaciones antimonárquicas del libro de Samuel. Se reitera la tentación que van a tener los reyes de suplantar a Dios, unas veces permitiendo la idolatría, otras relegando las obligaciones morales y cultuales. Esta parte del discurso está cuidadosamente elaborada y contiene las claves religiosas para valorar el quehacer de cada monarca; los profetas aludirán a estas mismas ideas al denunciar los abusos que con frecuencia van a cometer los reyes y las clases dirigentes. La función de profeta que Samuel asume con solemnidad (v. 23) es doble: la intercesión y la enseñanza. «Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abrahán, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo; es la expresión de la comunión de los santos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2635).