COMENTARIO

 1 S 13,7-15 

La condena de Saúl podría parecer demasiado severa, puesto que su acción sólo ha sido una impaciencia a la hora de comenzar los holocaustos antes de la llegada de Samuel, previamente concertada (cfr 10,8); pero la gravedad de la acción no es ofrecer sacrificios, que en aquella época era potestad también de los reyes (cfr 2 S 6,17; 1 R 3,4 etc.), sino hacerlo por su cuenta, al margen del querer de Dios, desconfiando de la palabra de Dios transmitida por Samuel.

El reproche de Samuel «¿Qué has hecho?» (v. 11) y el castigo de arrebatarle el reino (v. 13-14) es un eco de la condena del primer pecado (Gn 3,13.23). Se pone así de relieve que la consecuencia inmediata y grave de todo pecado es que aleja al pecador de Dios y de los beneficios que de Él proceden. «El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 386).

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