COMENTARIO

 1 S 14,1-14 

Los filisteos tenían todo a su favor: número de soldados, armas más perfectas, etc. Sin embargo, los israelitas se harán con la victoria gracias al favor del Señor. Esta hazaña, que es llevada a cabo por el joven Jonatán fiado solamente en la ayuda divina (v. 6), recuerda la que más tarde protagonizará David ante Goliat (17,1-58).

Jonatán propone una «señal» para conocer lo que Dios va a hacer (vv. 8-10). En el Antiguo Testamento es frecuente percibir la presencia e intervención divina interpretando los signos de la naturaleza y los acontecimientos por pequeños que sean. Así Moisés comprende el sentido de la zarza ardiente (Ex 3,12-14), o un «hombre de Dios» interpreta la muerte de los hijos de Elí (cfr 1 S 2,34). En el Nuevo Testamento Jesús es la señal suprema de la intervención divina «en esto se manifestó entre nosotros el amor de Dios: en que Dios envió a su Hijo Unigénito al mundo para que recibiéramos por él la vida» (1 Jn 4,9).

Dios sigue manifestándose mediante signos ordinarios, como son los sacramentos de la Iglesia; pero también puede manifestarse mediante signos extraordinarios, que llamamos milagros. Pedir una intervención extraordinaria de Dios, por ejemplo, la curación de un enfermo desahuciado, no sólo es legítimo sino que, como toda ocasión de petición, es una muestra de confianza en Dios, cuya voluntad suprema aceptamos de antemano (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2633).

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