COMENTARIO
Los tres episodios que aquí se narran transmiten la misma enseñanza: la confianza en Dios. El primero es más negativo: Saúl en la batalla contra los filisteos (vv. 15-23) confió sólo en sus fuerzas (v. 17), no esperó la respuesta del Señor a su consulta (v. 19) y no se dio cuenta de que «el Señor salvó a Israel aquel día» (v. 23). En contraste, en el segundo episodio (vv. 24-35) Jonatán, que había violado una norma de Saúl, confió sólo en el Señor cuando recriminó el juramento de su padre por no tener en cuenta las necesidades del pueblo (v. 31); Saúl se mantuvo en su autosuficiencia, incluso cuando decidió construir un altar (v. 35), pues buscó justificar el juramento más que honrar al Señor. El último episodio (v. 36-46) contrapone de nuevo la obstinación de Saúl que no admite su error con la sencillez de Jonatán, que reconoce haber quebrantado un mandato, aunque involuntariamente. Saúl decide la muerte de su hijo (v. 44), pero el pueblo le salva (v. 45). Es un testimonio claro de que la autoridad no puede existir sino al servicio de los súbditos; unos y otros han de confiar sólo en el Señor.
El apéndice de este capítulo (vv. 47-52), que resume las gestas de Saúl y enumera los miembros de su familia, viene a ser la ampliación de un formulario típico para concluir la narración de la vida de un rey. El hagiógrafo lo anticipa antes de terminar de contar los hechos de Saúl, y además reduce toda su actividad a la lucha continua contra los filisteos. De esta forma la figura de Saúl queda devaluada; porque ante el Señor cuenta sólo la fidelidad y la confianza en Él, no las múltiples gestas que se hayan llevado a cabo, sin tenerle en cuenta. Es también una llamada para que todo hombre considere que por encima de las múltiples actividades está primero su relación personal con Dios. Y a la luz de la doctrina de Jesucristo es aún más apremiante esta enseñanza: «Corren un serio peligro de descaminarse aquellos que se lanzan a la acción —¡al activismo!—, y prescinden de la oración, del sacrificio y de los medios indispensables para conseguir una sólida piedad: la frecuencia de Sacramentos, la meditación, el examen de conciencia, la lectura espiritual, el trato asiduo con la Virgen Santísima y con los Angeles custodios… Todo esto contribuye además, con eficacia insustituible, a que sea tan amable la jornada del cristiano, porque de su riqueza interior fluyen la dulcedumbre y la felicidad de Dios, como la miel de panal» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 18).