COMENTARIO
El oráculo de Samuel redactado en verso es uno de los más antiguos que se conservan en la Biblia. Además de su belleza literaria destaca la claridad con que define la obediencia al identificarla con el reconocimiento de Dios: obedecer es el acto más perfecto de culto —más que un sacrificio—, desobedecer es un acto de idolatría. La sentencia final resulta severa y clara, pues se aplica la antigua ley del talión, empleando el mismo verbo (rechazar) en la exposición de la culpa y en la formulación de la pena.
Este canto a la obediencia tiene su resonancia en los profetas del Norte (Am 5,21; Os 6,6) y será actualizado por Jesús (Mt 9,13), que es quien da sentido pleno a la obediencia a Dios y a sus representantes. «La obediencia, y sólo la santa obediencia, nos manifiesta con certeza la voluntad de Dios. Los superiores pueden equivocarse, pero nosotros obedeciendo no nos equivocamos nunca» (S. Maximiliano María Kolbe, Cartas, en Liturgia de las Horas, Oficio de lecturas 14-VIII).