COMENTARIO
Comienza aquí la última sección del primer libro de Samuel en la que se relata la progresiva decadencia de Saúl hasta su muerte en la batalla de Guilboá contra los filisteos (cap. 31) y, a la vez, el resurgir complicado, a veces lento, pero decisivo del nuevo gran rey, David. Propiamente esta sección abarca también el primer capítulo del segundo libro de Samuel. Desde el punto de vista literario llama la atención el estilo narrativo de crónica de palacio sin otro afán que recopilar los episodios protagonizados por los reyes. Muchos de estos sucesos están narrados dos veces: por ejemplo, la entrada de David al servicio de Saúl (16,14-23; 18,1-2), el intento de Saúl de matar a David (18,10-11; 19,9-10), la promesa de Saúl de dar a David por esposa a una de sus hijas (18,17-19; 18,20-27), la intercesión de Jonatán en favor de David (19,1-7; 20,25-34), la huida de David (19,10-18; 20,1-21), la oportunidad para David de quitar la vida a Saúl (24,7-8; 26,11-12). Todo esto pone de manifiesto que se han recogido datos de diversas fuentes sin aplicar una crítica rigurosa de la historiografía.
En los episodios aquí relatados son escasas las referencias religiosas, mientras que se realzan con crudeza las tensiones entre Saúl y David; más aún, a pesar de ser el relato del rey más celebrado, David, y de que se insiste en la predilección de Dios por él, no se disimulan sus errores, como ocurrirá en los libros de Crónicas: David aparece como un político astuto, capaz de aliarse con los eternos enemigos de su pueblo, los filisteos, para salvarse a sí mismo (cap. 27); como un usurpador del trono de Saúl (caps. 19 y 21); como un hombre apasionado capaz de grandes matanzas (21,12; 22,17) y de otras debilidades humanas (18,17-27; 25,32-44), pero también de grandes lealtades con el rey ungido del Señor (caps. 24 y 26) y con sus propios amigos (cap. 20). Los relatos, en suma, muestran el lado más humano de aquellos personajes, pero dejan traslucir que el protagonista de fondo es el Señor, Dios de Israel. Ante todo, porque es quien elige y acompaña a David, desde el principio de su irrupción en escena (16,1) y durante los momentos claves de su trayectoria; así lo repite el estribillo «el Señor estaba con él» (16,18; 18,14.28). Por otra parte, Saúl, David y el resto de las personas que intervienen en la historia no van guiados por un ciego destino, sino que forman parte del proyecto divino de salvación. La gran lección de estas narraciones es que el Señor no interviene de ordinario con milagros o acciones prodigiosas, sino conduciendo el curso de la historia entre luces y sombras hasta conseguir el objetivo esencial de darse a conocer a todos los hombres y alcanzarles la salvación. La otra gran lección es que esta historia salvífica irá progresando con altibajos, con actos heroicos y grandes debilidades hasta alcanzar la plenitud en Jesucristo.