COMENTARIO

 1 S 17,1-18,5 

El combate y la victoria de David sobre Goliat es un hermoso episodio en el que el autor sagrado se recrea para presentar a David como guerrero sagaz, como vencedor de los enemigos, los filisteos, y, sobre todo, como elegido y protegido del Señor. Por todo esto David es reconocido y aceptado por Saúl, por Jonatán, el heredero legítimo, por los cortesanos y por todo el pueblo. Con este acontecimiento se cierra la sección dedicada a la vocación de David.

El relato consta de tres partes: en la primera (17,1-11) se hace la presentación de Goliat de Gat como el filisteo potente y representante de su pueblo dispuesto a dirimir la batalla en un duelo con cualquier guerrero de Israel; las palabras del gigante filisteo (vv. 8-10) reflejan la soberbia humana y plantean la batalla como un duelo en el que se dilucida cuál de los dos pueblos será vasallo y esclavo del otro. La segunda parte (17,12-54) gira en torno a David y su victoria prodigiosa. Éste surge como un adolescente desconocido, inexperto en la guerra (vv. 12-31), pero lleno de valor (vv. 32-36) y de confianza en el Señor (v. 37); sólo con sus utensilios de pastor, cayado y honda, consiguió vencer al enorme filisteo (vv. 38-54). La tercera parte (17,55-18,5) recoge la reacción de los asistentes. Se insiste en que es un desconocido (vv. 55-58), para dar mayor relieve a las muestras de afecto de todos los que han contemplado la hazaña de vencer al arrogante filisteo.

Es importante la proclamación de confianza que hace David: «El Señor obtiene la salvación no con espada y lanza» (v. 47), que recuerda la que formuló Jonatán en circunstancias semejantes (cfr 14,6). Así la victoria sobre Goliat no es un episodio más de la vida de David, sino uno de los más importantes porque manifiesta la supremacía del Señor sobre los pueblos que adoran a otros dioses, sobre Saúl y su corte, y sobre el propio David. «En el nombre del Señor omnipotente, así, y no de otra manera; sólo así se vence al enemigo del alma. Quien lucha con sus propias fuerzas, antes de comenzar la batalla, es derrotado» (S. Agustín, Sermones 153,9).

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