COMENTARIO

 1 S 20,1-42 

Este último episodio que refleja el odio declarado de Saúl contra David es también una magnífica expresión de sincera amistad entre David y Jonatán. El hijo de Saúl, además de comprobar la intención de su padre, toma conciencia de las graves consecuencias que puede acarrearle su amistad, puesto que puede estar jugándose su futuro como rey (vv. 30-31). Sin embargo, se mantiene fiel a su amigo y arriesga su propio destino. «Jonatán, aquel excelente joven, sin atender a su estirpe regia y a su futura sucesión en el trono, hizo un pacto con David y, equiparando el siervo al señor, precisamente cuando huía de su padre, cuando estaba escondido en el desierto, cuando estaba condenado a muerte, destinado a la ejecución, lo antepuso a sí mismo, abajándose a sí mismo y ensalzándolo a él: —le dice— serás el rey, y yo seré tu segundo. (…) Ésta es la verdadera, la perfecta, la estable y constante amistad: la que no se deja corromper por la envidia; la que no se enfría por las sospechas; la que no se disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba de esta manera, no cede; la que, a pesar de tantos golpes, no cae; la que, batida por tantas injurias, se muestra inflexible; la que provocada por tantos ultrajes, permanece inmóvil. Anda, pues, haz tú lo mismo» (B. Elredo, De spirituale amicitia 3).

Una vez más el odio que anida en el alma de Saúl contrasta con la habilidad serena de David para burlar todas las insidias; y, por encima de todo, se confirma que el Señor, aun sin apenas nombrarlo, está a favor de David, le protege y favorece sus empresas, no sólo en las más trascendentales, sino también las más íntimas, como en este caso su profunda amistad con Jonatán.

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