COMENTARIO
El texto hebreo de estos versículos es difícil de entender quizá porque ha llegado hasta nosotros muy deteriorado. En nuestra traducción hemos tenido en cuenta la versión griega, que difiere bastante del texto hebreo, y las demás versiones antiguas. En todo caso, queda claro que el pacto entre Jonatán y David es solemne y tiene carácter sagrado, puesto que se hace ante el Señor. Así lo reflejan las fórmulas de juramento que conservan expresiones muy arcaicas: «Que el Señor, Dios de Israel, sea testigo» (v. 12), literalmente: «Por el Señor, Dios de Israel»; «Que el Señor le haga esto y aquello le añada» (cfr v. 13), equivalente a: «Que el Señor le castigue»; «Que el Señor tome cuentas a todos los enemigos de David» (v. 16), que significa: «Que el Señor les trate como al peor enemigo».
Los israelitas utilizaban el juramento, es decir, la invocación de Dios como testigo, en circunstancias extraordinarias y solemnes, evitando el uso del nombre de Dios en vano. Hoy, la Iglesia enseña las condiciones sobre la licitud del juramento. «“El juramento, es decir, la invocación del Nombre de Dios como testigo de la verdad, sólo puede prestarse con verdad, con sensatez y con justicia” (CIC, can. 1199,1). La santidad del nombre divino exige no recurrir a él para motivos fútiles, y no prestar juramento en circunstancias que pudieran hacerlo interpretar como una aprobación de una autoridad que lo exigiese injustamente. Cuando el juramento es exigido por autoridades civiles ilegítimas, puede ser rehusado. Debe serlo, cuando es impuesto con fines contrarios a la dignidad de las personas o a la comunión de la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2154-55; cfr también nota a Ex 20,7).