COMENTARIO
En este episodio, cargado de ironía, se contrasta de nuevo la mezquindad de Saúl con la generosidad de David, que respeta la persona y la vida del ungido del Señor. Las circunstancias de la cueva y el hecho de cortarle la punta del manto a Saúl sin que se enterara, y la posibilidad de hablar ante los hombres de Saúl subrayan lo ridículo de la situación. David es más inteligente y magnánimo que su perseguidor.
El discurso de David (vv. 10-16) manifiesta su inocencia, su respeto por el rey, su sencillez y humildad, su disposición a aceptar el veredicto divino. El de Saúl es más directo, y habla sólo de David (vv. 18-22); reconoce su justicia y su bondad, es decir, las cualidades de un buen rey, y como tal, le solicita benevolencia. Es la primera vez que Saúl trata a David como soberano de Israel (vv. 21-22).
En la confrontación de Saúl y David se valoran las cualidades de cada uno, pero sobre todo se tiene en cuenta la elección divina: «Tú Saúl, gozas de dinero, ciudades, armas, caballos, soldados, en resumen, todo lo que constituye el aparato real; éste (David) en cambio, está vacío y desnudo, sin ciudades, sin casa y sin familia. ¿Por qué entonces le hablas así? (…) Está claro, quien goza del favor divino es el más poderoso de todos» (S. Juan Crisóstomo, Homiliae de Davide et Saule 3,8).