Saúl y los sacerdotes de Nob

221 S1David se fue de allí y huyó a la cueva de Adulam. Cuando se enteraron sus hermanos y toda la casa de su padre, bajaron allí, junto a él. 2Se le unieron todos los que se encontraban en apuros, los oprimidos y los atormentados. Fue constituido jefe de todos ellos, que eran unos cuatrocientos hombres. 3De allí David se fue a Mispá, que está en Moab, y rogó al rey de Moab:

—Permite que mi padre y mi madre se queden con ustedes hasta que sepa qué va a hacer Dios conmigo.

4Los dejó allí con el rey de Moab y permanecieron junto a él durante todo el tiempo que David estuvo refugiado. 5El profeta Gad dijo a David:

—No permanezcas en el refugio. Vete y dirígete a la tierra de Judá.

David se fue y llegó a Yaar–Jéret.

6Oyó Saúl que David y sus hombres habían sido descubiertos. Estaba Saúl en Guibeá, bajo el terebinto que está en lo más alto, con su lanza en la mano. Todos sus servidores estaban a su alrededor. 7Saúl dijo a los servidores que estaban a su alrededor:

—Oiganme, benjaminitas. ¿También a ustedes les va a dar el hijo de Jesé campos y viñas, y los va a hacer jefes de mil o jefes de cien? 8Porque todos se han conjurado contra mí y nadie me ha anunciado el pacto que ha establecido mi hijo con el hijo de Jesé; nadie ha estado preocupado por mí y nadie me ha comunicado que mi hijo ha conseguido que un siervo mío atentase contra mí, como sucede hoy.

9Doeg, el edomita, que estaba entre los servidores de Saúl le dijo:

—He visto al hijo de Jesé en Nob, junto a Ajimélec, hijo de Ajitub. 10Éste consultó al Señor por David, le dio pan y hasta la espada de Goliat, el filisteo.

11El rey mandó llamar al sacerdote Ajimélec, hijo de Ajitub, y a toda la casa de su padre, a los sacerdotes de Nob. Y todos vinieron hasta el rey. 12Entonces le dijo Saúl:

—Escucha, hijo de Ajitub.

Éste le respondió:

—Aquí estoy, señor.

13Y le dijo Saúl:

—¿Por qué tú y el hijo de Jesé conspiran contra mí? Le has dado alimento y espada, y has consultado al Señor por él para conspirar contra mí, como sucede hoy.

14Respondió Ajimélec a su rey:

—¿Quién hay entre tus servidores tan fiel como David, yerno del rey, jefe de tu guardia especial y honrado entre los de tu casa? 15¿Es hoy la primera vez que he consultado a Dios por él? De ninguna manera. No culpe el rey de ese asunto ni a este siervo suyo ni a su familia porque de eso tu siervo no sabe nada, ni poco ni mucho.

16Le dijo el rey:

—Has de morir, Ajimélec, tú y toda tu familia.

17Y dijo el rey a los guardianes que estaban a su alrededor:

—Vuélvanse y maten a los sacerdotes del Señor, porque su mano está también con David; se enteraron de que huía y no me lo comunicaron.

Pero los servidores del rey no quisieron extender su mano para herir a los sacerdotes del Señor. 18Entonces el rey se dirigió a Doeg:

—Vuélvete y mata tú a los sacerdotes.

Se volvió, pues, Doeg, el edomita, y atacó a los sacerdotes matando aquel día a ochenta y cinco hombres vestidos de efod de lino. 19Pasaron a filo de espada a Nob, ciudad de sacerdotes, hombres y mujeres, jóvenes y niños, bueyes, asnos y ovejas; todos fueron pasados a cuchillo. 20Sólo escapó un hijo de Ajimélec, hijo de Ajitub, llamado Abiatar, que huyó hasta David 21y le comunicó que Saúl había dado muerte a los sacerdotes del Señor. 22Y dijo David a Abiatar:

—Sabía yo desde aquel día que estando allí Doeg, el edomita, con toda seguridad se lo comunicaría a Saúl. Yo soy el responsable de las personas de la casa de tu padre. 23Quédate conmigo y no temas, pues quien atente contra tu vida, atenta contra la mía; junto a mí estarás seguro.

Persecución de Saúl a David

231 S1Avisaron a David y le dijeron:

—Mira, los filisteos están atacando Queilá y han saqueado las eras.

2David consultó al Señor:

—¿Debo ir a atacar a esos filisteos?

Y le dijo el Señor

—Vete, vencerás a los filisteos; así liberarás Queilá.

3Pero los hombres que estaban con David le dijeron:

—Nosotros estando aquí, en Judá, tenemos miedo, ¡cuánto más si vamos a Queilá contra las huestes de los filisteos!

4David volvió a consultar al Señor y el Señor le dijo:

—Levántate y baja a Queilá, que yo mismo entregaré a los filisteos en tus manos.

5David se fue con sus hombres hasta Queilá, peleó con los filisteos, se llevó sus rebaños y les causó una gran derrota. Así salvó David a los habitantes de Queilá. 6Abiatar, el hijo de Ajimélec, cuando salió huyendo hacia David y cuando fue con éste a Queilá, se llevó consigo el efod.

7Le comunicaron a Saúl que David había venido a Queilá y se dijo: «Me lo ha entregado Dios en mis manos pues él solo se ha encerrado en una ciudad con puertas y cerrojos». 8Convocó Saúl a todo el ejército a la batalla para bajar a Queilá y poner cerco a David y a sus hombres. 9Pero cuando se enteró David que Saúl tramaba un mal contra él dijo al sacerdote Abiatar:

—Trae el efod.

10Y dijo David:

—Señor, Dios de Israel, tu siervo ha oído con insistencia que Saúl ha decidido venir a Queilá para destruir la ciudad por mi causa. 11¿Me entregarán en sus manos los habitantes de Queilá? ¿Descenderá Saúl, como ha oído tu siervo? Señor, Dios de Israel, comunícaselo por favor a tu siervo.

Y dijo el Señor:

—Descenderá.

12Añadió David:

—¿Me entregarán los habitantes de Queilá a mí y a mis hombres en manos de Saúl?

Y dijo el Señor:

—Te entregarán.

13David y sus hombres, unos seiscientos, se levantaron y salieron de Queilá y estuvieron vagando de aquí para allá. Le comunicaron a Saúl que David había escapado de Queilá y desistió de salir a campaña. 14David se asentó en el desierto entre peñascos y permaneció en la montaña, en el desierto de Zif. Saúl lo buscaba todos los días, pero el Señor no se lo puso a su alcance.

Visita de Jonatán en el desierto de Zif

15David tuvo miedo porque Saúl había salido para atentar contra su vida; por entonces David estaba en el desierto de Zif en Jorsá. 16Entonces se levantó Jonatán, hijo de Saúl, se acercó a David en Jorsá y le confortó en nombre de Dios diciéndole:

17—No temas, que no te alcanzará la mano de Saúl, mi padre. Tú reinarás sobre Israel y yo seré tu segundo. Hasta mi padre Saúl está convencido de esto.

18Establecieron los dos un pacto ante el Señor. Luego David permaneció en Jorsá y Jonatán se volvió a su casa.

Nueva persecución

19Algunos de Zif subieron hasta Saúl a Guibeá y le dijeron:

—David se esconde entre nosotros, en los peñascos de Jorsá, el macizo de Jaquilá que está hacia el sur de Yesimón. 20Ahora bien, oh rey, si deseas con toda tu alma bajar, baja. En nosotros está el entregarlo en manos del rey.

21Saúl dijo:

—Que el Señor los bendiga por haberse compadecido de mí. 22Marchen, asegúrense de nuevo, averigüen y entérense por dónde anda y quién le ha visto, porque me han dicho que es muy astuto. 23Observen y entérense de todos los escondrijos en los que pueda ocultarse; luego vuelvan a mí con información exacta y marcharé con udstedes porque, si está en la región, lo rebuscaré entre todas las familias de Judá.

24Se levantaron y se fueron por delante de Saúl. David y sus hombres estaban en el desierto de Maón, en la Arabá, en el sur del desierto. 25Saúl y sus hombres fueron a buscarlo, pero se lo comunicaron a David, que bajó a la roca que hay en el desierto de Maón. Al oír esto Saúl persiguió a David por el desierto de Maón. 26Saúl y sus hombres iban por un lado del monte y David y los suyos por el lado opuesto. David corría por escapar de la presencia de Saúl y éste y sus hombres rodeaban en círculo a David y a los suyos para apresarlos; 27entonces un mensajero llegó hasta Saúl diciendo:

—Ven cuanto antes, que los filisteos están invadiendo el país.

28Entonces Saúl regresó, desistiendo de perseguir a David, y fue al encuentro de los filisteos; por eso se llamó a aquel lugar Roca de la separación.

Saúl y David en la cueva

241 S1Subió David de allí y se estableció en los peñascos de En–Guedí. 2Cuando Saúl regresó de perseguir a los filisteos le comunicaron:

—Mira, David está en el desierto de En–Guedí.

3Tomó entonces tres mil hombres selectos de todo Israel y marchó en busca de David y sus hombres hacia los roquedales de Yeelim. 4Llegó a unos apriscos que hay junto al camino donde había una cueva y Saúl entró en ella para sus necesidades. David y sus hombres estaban escondidos en el fondo de la cueva. 5Los hombres de David le dijeron:

—Mira, hoy es el día que te anunció el Señor: «Pongo a tu enemigo en tus manos para que hagas con él lo que mejor te parezca».

David se levantó y cortó sigilosamente la punta del manto de Saúl. 6Después de esto el corazón de David latía con fuerza por haber cortado la punta del manto de Saúl, 7y dijo a sus hombres:

—Dios me libre de hacer ningún daño a mi señor, al ungido del Señor, de alzar mi mano contra el que es el ungido del Señor.

8Amonestó a sus hombres con palabras enérgicas y les prohibió lanzarse contra Saúl. Saúl salió de la cueva y siguió su camino. 9Después salió también David de la cueva y gritó detrás de él:

—Señor mío, mi rey.

Saúl volvió la vista atrás y David inclinándose se postró ante él rostro en tierra, 10y le dijo:

—¿Por qué escuchas a la gente que va diciendo que David busca tu desgracia? 11Hoy han visto tus ojos que el Señor te ha puesto en mis manos en la cueva; me decían que te matara, pero te he respetado, pues me dije: «No alzaré mi mano contra mi señor, puesto que es el ungido del Señor». 12Padre mío, mira en mi mano la punta de tu manto. Si al cortar la punta de tu manto no llegué a matarte, reconoce con claridad que no hay maldad ni delito en mis manos, que nunca he pecado contra ti. Tú, en cambio, me acechas para quitarme la vida. 13Que el Señor juzgue entre tú y yo. Que Él me vengue de ti, porque mi mano nunca caerá sobre ti. 14Como dice el antiguo proverbio: «De los malos brota la maldad». Mi mano nunca caerá sobre ti. 15¿Contra quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién persigues? A un perro muerto, a una pulga. 16Que el Señor sea juez y dictamine entre tú y yo. Que Él examine y defienda mi causa librándome de tus manos.

17Cuando David terminó de decir todo esto a Saúl, éste respondió:

—¿No es ésta tu voz, hijo mío, David?

Y alzando la voz rompió a llorar. 18Mientras, decía a David:

—Más justo eres tú que yo. Tú me has proporcionado bienes y yo te he devuelto males. 19Hoy me has demostrado que te portas bien conmigo, que Dios me ha puesto en tus manos y no me has matado. 20¿Qué hombre encuentra a su enemigo y le deja seguir tranquilo su camino? Que el Señor te pague el bien que hoy has hecho conmigo. 21Ahora he comprendido que con toda certeza serás rey y que el reino de Israel se consolidará en tus manos. 22Así pues, júrame por el Señor que no exterminarás mi descendencia ni extinguirás mi nombre de la casa de mi padre.

23Y David juró a Saúl todo esto. Luego marchó Saúl a su casa y David y sus hombres subieron a la región rocosa.

David y Abigaíl

251 S1Samuel murió y todos los israelitas se congregaron para llorarle, y lo enterraron en su casa, en Ramá. Después, David se levantó y bajó al desierto de Maón. 2Había en Maón un hombre que tenía posesiones en Carmel. Era un hombre muy importante, dueño de tres mil ovejas y mil cabras. Por entonces estaba esquilando las ovejas en Carmel. 3Su nombre era Nabal y el de su mujer, Abigaíl. Ésta era una mujer prudente y hermosa; el marido, en cambio, era grosero y de malos modos. Era calebita. 4Cuando David se enteró en el desierto de que Nabal estaba de esquileo, 5le envió diez jóvenes diciéndoles:

—Suban a Carmel, acérquense a Nabal, salúdenle en mi nombre 6y díganle a ese hermano mío: «Que la paz esté contigo, con tu familia y con todos los tuyos. 7Me he enterado de que estás de esquileo. Tus pastores han coincidido con nosotros en el desierto. Nunca les hemos molestado y nunca les faltó nada en el tiempo que estuvieron con nosotros en Carmel. 8Pregunta a tus criados que te lo contarán. Así pues, que estos servidores míos encuentren gracia a tus ojos, ya que hemos llegado en un buen día, y dales a tus siervos y a tu hijo David lo que tengas a mano».

9Llegaron los criados de David y, después de contar a Nabal todas estas cosas en nombre de David, se quedaron esperando. 10Pero Nabal respondió a los criados de David:

—¿Quién es ese David, y quién es ese hijo de Jesé? Hoy abundan los siervos que huyen de sus dueños. 11¿Y voy a tomar mi pan, mi agua y la carne de las reses que he matado para mis esquiladores, y se la voy a dar a unos hombres que no sé de dónde son?

12Los criados de David se volvieron por el mismo camino y, al llegar, comunicaron a David todas estas cosas. 13David entonces dijo a sus hombres:

—¡Que cada uno se ciña su espada!

Todos, incluido David, se ciñeron la espada, mientras que otros doscientos se quedaron con el bagaje. 14Uno de los criados le advirtió a Abigaíl, mujer de Nabal, diciendo:

—David ha enviado mensajeros desde el desierto para saludar a nuestro señor, pero éste los ha maltratado. 15Sin embargo, esos hombres siempre se han portado bien con nosotros y no nos han molestado ni nos ha faltado nada cuando andábamos con ellos en nuestra estancia en el desierto. 16Eran como un muro para nosotros de día y de noche, todo el tiempo que estuvimos apacentando el rebaño con ellos. 17Ahora, pues, reflexiona y mira qué debes hacer, porque está decidida la ruina de nuestro amo y la de toda su casa. Él es un insensato que no atiende a palabras de nadie.

18Abigaíl se apresuró a tomar doscientos panes y dos odres de vino, cinco carneros cocinados, cinco seim de grano tostado, cien racimos de uvas pasas y doscientos panes de higos; los cargó sobre los asnos 19y dijo a sus criados:

—Vayan delante de mí, que yo los seguiré.

Pero no dijo nada a su marido Nabal.

20Cuando ella bajaba por la ladera del monte montada en su asno, David y sus hombres bajaban en dirección contraria, y se encontró con ellos. 21David iba diciendo para sí: «En vano he respetado todo lo que ese hombre tenía en el desierto y no le ha faltado nada de sus pertenencias. Ahora me devuelve mal por bien. 22Que el Señor le haga esto y aquello le añada a David, si antes del alba dejo con vida a un solo varón dentro de las posesiones de Nabal». 23En cuanto Abigaíl vio a David, se apresuró a bajar del asno y, rostro en tierra, se postró ante David. 24Cayendo a sus pies le dijo:

—Caiga sobre mí esta culpa. Permite que tu sierva hable a tu oído, y escucha las palabras de tu sierva. 25Que mi señor, te ruego, no haga caso a ese insensato de Nabal, porque como indica su nombre, Nabal, es un necio y la necedad le acompaña siempre. Yo, tu sierva, no vi a los criados que tú, mi señor, habías enviado. 26Ahora, mi señor —¡por el Señor y por tu vida!—, ya que el Señor te ha impedido derramar sangre y tomarte la venganza por tu mano, que tus enemigos sean como Nabal y lo mismo quienes buscan la ruina de mi señor. 27Y este obsequio que tu sierva trae para mi señor, que sea entregado a los criados que vienen en pos de mi señor. 28Perdona así el delito de tu sierva, pues con seguridad el Señor otorgará a mi señor una casa estable, puesto que has peleado sólo las batallas del Señor. Ninguna malicia podrá encontrarse en ti a lo largo de tu vida. 29Y si alguien se levanta para perseguirte y buscar tu vida, estará la vida de mi señor encerrada en la bolsa de los vivos, junto al Señor, tu Dios; mientras que él mismo lanzará la vida de tus enemigos en el hueco de la honda. 30Cuando el Señor haya llevado a cabo con mi señor todas las promesas que te ha hecho y te haya constituido caudillo sobre Israel, 31que no haya sufrimiento ni remordimiento en el corazón de mi señor por haber derramado sangre inocente o por haber tomado venganza. Y cuando el Señor haya dado estos bienes a mi señor, acuérdate de tu sierva.

32David respondió a Abigaíl:

—¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que te ha enviado hoy para encontrarte conmigo! 33Bendita sea tu prudencia y bendita seas tú que me has impedido hoy derramar sangre y tomarme la venganza por mi mano. 34De otro modo, por vida del Señor, Dios de Israel, que me ha impedido hacerte daño, si tú no te hubieras apresurado a salir a mi encuentro, antes del alba no le habría quedado a Nabal ni un solo varón.

35Tomó David de manos de Abigaíl todo lo que le había traído y le dijo:

—Sube en paz a tu casa; ya lo ves, he escuchado tu voz y te he atendido.

36Cuando Abigaíl llegó adonde Nabal, lo encontró celebrando un banquete en su casa. Era como un banquete regio y el corazón de Nabal estaba alegre. Estaba tan borracho que ella no le dijo nada, ni mucho ni poco, hasta la mañana siguiente. 37Por la mañana, cuando a Nabal ya se le había pasado el vino, su mujer le comunicó todo. Entonces se le paralizó el corazón en su interior y se le quedó como una piedra. 38Al cabo de diez días el Señor hirió a Nabal y murió. 39Cuando David oyó que Nabal había muerto, dijo:

—Bendito sea el Señor que ha defendido mi casa frente a la injuria de Nabal: el Señor ha preservado a su siervo de hacer el mal y ha hecho recaer la malicia de Nabal sobre su cabeza.

Luego David mandó decir a Abigaíl que quería tomarla por esposa. 40Los criados de David llegaron a Carmel, donde estaba Abigaíl, y le dijeron:

—David nos envía para comunicarte que quiere tomarte por esposa.

41Ella se levantó y se postró rostro en tierra diciendo:

—Tu sierva está dispuesta a ser tu esclava y lavar los pies de los servidores de mi señor.

42Abigaíl se levantó rápidamente, montó sobre su asno y la acompañaron cinco de sus criadas. Marchó con los criados de David y fue su mujer. 43David había tomado también como esposa a Ajinóam de Yizreel, y las dos fueron esposas suyas. 44Anteriormente Saúl había dado a su hija Mical, esposa de David, a Paltí, hijo de Lais, que era de Galim.

Último encuentro entre Saúl y David

261 S1Llegaron los de Zif a Guibeá, donde estaba Saúl y le dijeron:

—David está escondido en la colina de Jaquilá, al lado opuesto del desierto.

2Se levantó Saúl y bajó al desierto de Zif acompañado de tres mil hombres selectos de Israel para buscar a David en el desierto de Zif. 3Saúl acampó en la colina de Jaquilá, que está al lado opuesto de la estepa, junto al camino. David estaba asentado en el desierto y, cuando supo que Saúl había salido al desierto para perseguirlo, 4envió exploradores para asegurarse de que Saúl había llegado. 5David se levantó y llegó al lugar donde estaba Saúl y vio el lugar donde dormían Saúl y Abner, hijo de Ner, jefe de su ejército. Saúl dormía en el centro del campamento y la tropa acampaba a su alrededor. 6David habló a Ajimélec, el hitita, y a Abisay, hijo de Seruyá, hermano de Joab, y les dijo:

—¿Quién quiere bajar conmigo al campamento donde está Saúl?

Abisay respondió:

—Yo bajaré contigo.

7David y Abisay llegaron donde la tropa de noche y encontraron a Saúl acostado, durmiendo en el centro del campamento con su lanza a su cabecera clavada en tierra. Abner y la tropa estaban acostados a su alrededor.

8Abisay dijo a David:

—Dios pone hoy a tu enemigo en tus manos. Déjame ahora clavarle en tierra con su lanza. No necesitaré repetir el golpe.

9Pero David dijo a Abisay:

—No lo mates. ¿Quién alzó su mano contra el ungido del Señor y quedó impune?

10Y añadió David:

—Vive el Señor, que será Él quien le hiera, bien porque le llegue el día de su muerte, o porque caiga participando en una batalla. 11Que el Señor me libre de extender mi mano contra el ungido del Señor. Por ahora, toma la lanza que está en su cabecera y el jarro de agua, y vámonos.

12Tomó, pues, David la lanza y el jarro de agua que estaba a la cabecera de Saúl y se fueron. No hubo nadie que los viera o que se diera cuenta y los despertara; todos dormían porque el Señor había hecho caer sobre ellos un sopor profundo. 13Luego pasó David al otro lado y se colocó en la cima del monte, lejos, de modo que quedaba un gran espacio entre ellos. 14Y gritó a la tropa y a Abner, hijo de Ner:

—¿No me respondes, Abner?

Abner respondió:

—¿Quién eres tú para llamar al rey?

15David dijo a Abner:

—¿No eres tú un hombre con quien nadie en Israel se puede comparar? ¿Por qué entonces no has custodiado al rey, tu señor? Uno de la tropa ha entrado con intención de matar al rey, tu señor. 16No está bien lo que has hecho. Por vida del Señor, que son reos de muerte por no haber custodiado a su señor, al ungido del Señor. Y ahora, vete a ver dónde está la lanza del rey y dónde el jarro de agua que estaba en su cabecera.

17Saúl conoció la voz de David y dijo:

—¿No es ésta tu voz, hijo mío, David?

Y dijo David:

—Mi voz es, señor mío, mi rey.

18Y continuó:

—¿Por qué razón mi señor persigue a su siervo? ¿Qué he hecho o qué maldad hay en mí? 19Y ahora, escuche mi señor, el rey, las palabras de su siervo: si es el Señor el que te incita contra mí, que sea aplacado con una oblación; pero si son los hombres, malditos sean ante el Señor porque me expulsan impidiéndome participar de la heredad del Señor al decirme: «Vete a servir a dioses extraños». 20Que mi sangre no sea derramada lejos de la presencia del Señor, pues el rey de Israel ha salido a buscar mi vida como se persigue a una perdiz en los montes.

21Saúl respondió:

—He pecado. Vuelve, hijo mío, David. Nunca más te haré ningún daño puesto que mi vida ha sido apreciada hoy ante tus ojos. Es claro que he actuado como un necio y que estaba muy equivocado.

22Respondió David:

—Aquí está la lanza del rey; que pase uno de tus criados y se la lleve. 23El Señor pagará a cada uno según su justicia y su fidelidad. El Señor te ha entregado hoy a mis manos, pero yo no he querido extender mi mano contra el ungido del Señor. 24Del mismo modo que tu vida ha sido grande hoy ante mis ojos, que también mi vida lo sea ante los ojos del Señor y me libre de todo peligro.

25Saúl dijo entonces a David:

—Bendito seas, hijo mío, David. Todo lo que emprendas lo alcanzarás.

David se marchó por su camino y Saúl volvió a su casa.

David entre los filisteos

271 S1David se dijo en su interior: «Algún día voy a caer en manos de Saúl. Mejor será refugiarme en la región de los filisteos; así Saúl dejará de buscarme en el territorio de Israel y conseguiré escapar de sus manos». 2Se levantó David y se pasó junto con seiscientos hombres al lado de Aquis, hijo de Maoc, rey de Gat. 3Se asentaron en Gat con Aquis, David y sus hombres, cada uno con su familia. David con sus dos mujeres, Ajinóam de Yizreel y Abigaíl, mujer de Nabal, de Carmel. 4Comunicaron a Saúl que David había huido a Gat y Saúl no volvió a buscarlo más. 5Entonces dijo David a Aquis:

—Si he encontrado gracia a tus ojos, que se me asigne un lugar en una de las ciudades de tu territorio para habitar allí. ¿Por qué va a residir tu siervo junto a ti en la ciudad del rey?

6Aquis le asignó aquel día Siquelag. Por eso Siquelag pertenece al reino de Judá hasta el día de hoy.

7El tiempo que habitó David en el territorio de los filisteos fue de un año y cuatro meses. 8David y los suyos solían subir y hacer incursiones contra los guesuritas, los guezeritas y los amalecitas que son los que habitan la tierra que va desde Telam, hacia Sur, hasta Egipto. 9Arrasaba David toda la tierra sin dejar vivos ni hombres ni mujeres; se apoderaba de ovejas y bueyes, asnos y camellos, y vestidos. Después volvía adonde estaba Aquis.

10Aquis le preguntaba:

—¿Contra quién han hecho la incursión hoy?

Y respondía David:

—Contra el Négueb de Judá, o contra el Négueb de Yerajmeel, o contra el Négueb de los quenitas.

11David no permitía que nadie, hombre o mujer, llegara con vida a Gat, pues se decía: «No sea que informen sobre cómo se comporta David». Éste era el modo de proceder durante el tiempo que permaneció en la región de los filisteos. 12Aquis confiaba en David diciéndose: «Es claro que se ha enemistado con su pueblo Israel, así que será servidor mío para siempre».

Saúl y el espectro de Samuel

281 S1Por aquellos días reunieron los filisteos sus tropas para hacer la guerra contra Israel. Aquis dijo a David:

—Te hago saber que habrás de salir conmigo a la batalla, tú y tus hombres.

2Dijo David a Aquis

—Bien; vas a saber lo que ha de hacer tu servidor.

Aquis respondió:

—Por eso te pongo entre mi guardia personal para siempre.

3Samuel había muerto, le había llorado todo Israel y le habían sepultado en Ramá, su ciudad. Saúl, por otra parte, había expulsado del país a nigromantes y adivinos.

4Los filisteos se reunieron y vinieron a acampar en Sunem. Saúl reunió también a todo Israel y acamparon en Guilboá. 5Cuando Saúl vio el campamento de los filisteos tuvo miedo y tembló mucho su corazón. 6Consultó al Señor, pero el Señor no le contestó ni por sueños, ni por urim, ni por los profetas. 7Entonces dijo a sus siervos:

—Búsquenme una mujer nigromante para ir a consultarla.

Le contestaron sus siervos:

—Hay una mujer nigromante en Endor.

8Se disfrazó Saúl con otras vestiduras y se encaminó con dos de sus hombres llegando donde la mujer cuando ya era de noche. Y le dijo:

—Hazme un rito de adivinación evocando a un muerto y haz que aparezca el que yo te diga.

9La mujer le dijo:

—Tú sabes lo que ha hecho Saúl, que ha expulsado del país a nigromantes y adivinos. ¿Por qué me tiendes una trampa que pueda ocasionarme la muerte?

10Pero Saúl le juró por el Señor diciendo:

—Por vida del Señor, que no te sobrevendrá ningún castigo por esto.

11Le dijo la mujer:

—¿A quién quieres que te evoque?

Y él le respondió:

—Evócame a Samuel.

12Al ver a Samuel, la mujer dio un grito diciendo a Saúl:

—¿Por qué me has engañado? Tú eres Saúl.

13El rey le respondió:

—No temas. ¿Qué has visto?

La mujer respondió:

—Veo un espíritu que asciende desde el fondo de la tierra.

14Saúl le preguntó:

—¿Qué aspecto tiene?

Ella le dijo:

—Como un anciano que asciende envuelto en su manto.

Comprendió Saúl que era Samuel y, rostro en tierra, se postró ante él.

15Samuel dijo a Saúl:

—¿Por qué me has perturbado, evocándome?

Respondió Saúl:

Estoy muy angustiado. Los filisteos están en guerra contra mí, y Dios se ha alejado de mí: no me responde ni por los profetas, ni en sueños. Por eso te he invocado para que me indiques qué debo hacer.

16Samuel dijo:

—¿Por qué me consultas a mí, si Dios se ha alejado de ti y se ha enemistado contigo? 17El Señor ha cumplido lo que había dicho por mediación mía: ha arrancado de tus manos el reino y se lo ha dado a David, tu prójimo, 18porque no escuchaste la voz del Señor y no llevaste a cabo el ardor de su condena contra Amalec. Por eso, el Señor cumple contigo este castigo. 19El Señor te entregará a ti y a los israelitas en manos de los filisteos. Mañana tú y tus hijos estarán conmigo y, además, el Señor entregará al ejército de Israel en manos de los filisteos.

20Inmediatamente Saúl cayó en tierra desmayado: estaba lleno de temor ante las palabras de Samuel y le faltaban las fuerzas porque no había tomado alimento en todo el día y toda la noche. 21La mujer se acercó a Saúl y, al verlo tan turbado, le dijo:

—Mira, tu sierva ha escuchado tu voz y he puesto en peligro mi vida por atender las órdenes que me diste. 22Ahora, pues, escucha tú la voz de tu sierva: voy a servirte algo de alimento; debes comer y reponerte para que puedas emprender el camino.

23Pero Saúl se negó diciendo:

—No comeré.

Le insistieron sus servidores y la mujer. Por fin accedió, se levantó del suelo y se sentó. 24La mujer tenía en casa un ternero cebado; rápidamente lo sacrificó y, luego, amasó un poco de harina y preparó unos panes ácimos. 25Los sirvió a Saúl y a sus servidores. Éstos comieron, se levantaron y se marcharon aquella misma noche.

David, rechazado por los filisteos

291 S1Los filisteos reunieron todas sus fuerzas en Afec y los israelitas estaban acampados junto a la fuente que hay en Yizreel. 2Los jefes de los filisteos iban al frente con los batallones de cien y de mil. David y sus hombres iban en la retaguardia junto a Aquis. 3Dijeron los jefes de los filisteos:

—¿Qué hacen aquí esos hebreos?

Aquis les respondió:

—Éste es David, el que fue servidor de Saúl, rey de Israel; está junto a mí hace ya un año o dos y no he encontrado nada reprochable en él desde el día en que vino hasta hoy.

4Los jefes de los filisteos se enfurecieron con él y le dijeron:

—Manda regresar a ese hombre y que se quede en el lugar que le asignaste. Que no salga con nosotros a la batalla, no sea que se vuelva contra nosotros en el combate. ¿Qué mejor manera de complacer a su señor que con las cabezas de nuestros hombres? 5Además, ¿no es David del que cantaban a coro: «Saúl ha matado a mil, y David a diez mil»?

6Entonces Aquis llamó a David y le dijo:

—¡Por vida del Señor! Tú eres recto y me agrada que entres y salgas conmigo en el campamento, pues nada malo he encontrado en ti desde que llegaste hasta hoy. Sin embargo, no resultas grato a los jefes filisteos. 7Vuélvete, por tanto, y vete en paz para no disgustarlos.

8Pero David dijo a Aquis:

—¿Qué he hecho, o qué has encontrado en tu siervo desde el día en que me presenté ante ti hasta hoy para no permitirme salir a luchar contra los enemigos de mi señor, el rey?

9Aquis respondió a David:

—Bien sé yo que has sido para mí como un ángel de Dios, pero los jefes filisteos han decidido: «Que no suba con nosotros a la batalla». 10Por tanto, mañana tempranose levantarán tú y los servidores de tu señor que han venido contigo y se marcharán antes de que despunte la aurora.

11Así pues, David y sus hombres madrugaron para salir al amanecer, y se volvieron al país de los filisteos. Los filisteos, mientras, subieron a Yizreel.

David contra los amalecitas

301 S1Cuando David y los suyos llegaron a Siquelag, al tercer día, los amalecitas habían hecho una incursión contra el Négueb y Siquelag. Habían asaltado Siquelag incendiándola, 2y se habían llevado cautivas a todas las mujeres y a todos los que habían quedado, pequeños y grandes. No mataron a nadie, sino que se los llevaron consigo y siguieron su camino. 3Cuando David y los suyos llegaron a la ciudad se la encontraron quemada y comprobaron que sus mujeres, sus hijos y sus hijas habían sido llevados cautivos. 4David y los que estaban con él alzaron sus voces y lloraron hasta quedarse sin fuerzas, 5pues también las dos mujeres de David habían sido llevadas al cautiverio, Ajinóam, la de Yizreel, y Abigaíl, mujer de Nabal, el de Carmel. 6David estaba muy angustiado porque la tropa hablaba de apedrearlo. Todos estaban afligidos, cada uno por sus hijos y por sus hijas. David, por su parte, fue confortándose en el Señor, su Dios, 7y dijo al sacerdote Abiatar, hijo de Ajimélec:

—Tráeme el efod.

Y le llevó el efod.

8David entonces consultó al Señor:

—¿Debo perseguir a esa banda? ¿Los alcanzaré?

El Señor le contestó:

—Persíguela, porque con seguridad la alcanzarás y librarás a todos.

9Inmediatamente marchó David con sus seiscientos hombres y llegaron al torrente Besor; 10desde allí continuó la persecución con sólo cuatrocientos hombres; se quedaron doscientos que estaban demasiado fatigados para poder atravesar el torrente Besor.

11Encontraron en el campo a un egipcio y lo llevaron a David. Le dieron pan para comer, agua para beber 12y también un trozo de pan de higos y dos racimos de uvas pasas. Comió y recobró el aliento, pues no había comido ni bebido durante tres días con sus noches. 13David le preguntó:

—¿A quién perteneces y de dónde eres?

Él respondió:

—Soy un egipcio, siervo de un amalecita, pero mi señor me ha abandonado porque caí enfermo hace tres días. 14Nosotros hemos hecho incursiones contra el Négueb de los Quereteos, contra el Négueb de Judá y contra el Négueb de Caleb. A Siquelag la hemos prendido fuego.

15David le dijo:

—¿Y tú podrías llevarme hasta esa banda?

Él contestó:

—Júrame por Dios, que no me matarás y que no me entregarás en manos de mi señor, y yo te conduciré hasta esa banda.

16Los condujo hasta ellos. Estaban diseminados por el campo comiendo, bebiendo y festejando por el enorme botín que se habían llevado de la tierra de los filisteos y de la tierra de Judá. 17David los estuvo atacando desde el alba hasta el anochecer del día siguiente. No se salvaron más que cuatrocientos jóvenes que montaron sus camellos y huyeron. 18David recobró todo lo que los amalecitas habían capturado; también rescató a sus dos mujeres. 19No faltó nada, ni los pequeños ni los grandes, ni los hijos ni las hijas; ni nada del botín que se habían llevado los amalecitas. Todo lo recobró David. 20Se apoderaron de todas las ovejas y vacas, y las hacían pasar ante él diciendo:

—¡Éste es el botín de David!

21Llegó David hasta los doscientos hombres que, por estar fatigados para seguirle, había dejado junto al torrente Besor. Ellos salieron al encuentro de David y de la tropa que estaba con él. David se acercó y los saludó con la paz; 22sin embargo, los más perversos y mezquinos de entre los que habían ido con David dijeron:

—Puesto que no han venido con nosotros, no les daremos parte en el botín que se ha salvado; sólo su mujer y sus hijos. Que los tomen y se vayan.

23Pero David dijo:

—No hagan eso después de lo que el Señor nos ha concedido. Nos ha protegido y ha entregado en nuestras manos esa banda que había salido contra nosotros. 24Nadie os daría la razón en este asunto, porque lo mismo participa el que sale a la batalla que el que queda guardando el bagaje; todos deben participar a partes iguales.

25Desde aquel día se ha venido haciendo así y ha quedado establecido como norma para Israel hasta el día de hoy.

26Cuando llegó David a Siquelag envió parte del botín a los ancianos de Judá, compañeros suyos, diciendo:

—Aquí tienen un presente del botín de los enemigos del Señor.

27Se lo envió a los de Betul, a los de Ramá del Négueb, a los de Yatir, 28a los de Aroer, a los de Sifmot, a los de Estemoa, 29a los de Carmel, a las ciudades de Yerajmeel, a las ciudades de los quenitas, 30a los de Jormá, a los de Bor–Asán, a los de Atac, 31a los de Hebrón, y a todos los lugares por donde caminó David con sus hombres.

Muerte de Saúl

311 S1Entre tanto, los filisteos entraron en combate contra Israel, y los hombres de Israel huyeron ante ellos y cayeron heridos de muerte en el monte Guilboá. 2Los filisteos entonces, estrecharon el cerco sobre Saúl y sus hijos, y mataron a Jonatán, a Abinadab y a Malquisúa, hijos de Saúl. 3Todo el peso de la batalla cayó sobre Saúl, hasta que los arqueros le alcanzaron y le hirieron gravemente. 4Saúl dijo a su escudero:

—Saca tu espada y atraviésame con ella. No sea que vengan esos incircuncisos y me ultrajen.

Pero el escudero no quiso hacerlo porque tenía mucho miedo. Entonces Saúl tomó su espada y se dejó caer sobre ella. 5El escudero, al ver que Saúl había muerto, se dejó caer también él sobre su espada y murió con él. 6Así murieron Saúl y sus tres hijos, el escudero y los hombres de Saúl; todos juntos aquel mismo día.

7Los hombres de Israel que estaban al otro lado del valle, y los que estaban al otro lado del Jordán, al ver que las tropas de Israel habían huido y que habían matado a Saúl y a sus hijos, abandonaron las ciudades y huyeron. Los filisteos vinieron y se establecieron en ellas.

8Al día siguiente fueron los filisteos a despojar a los muertos y encontraron a Saúl y a los tres hijos que yacían en el monte de Guilboá. 9Les cortaron la cabeza, les despojaron de sus armas y las llevaron dando vueltas por todo el país de los filisteos para publicar la noticia en los templos de sus dioses y entre el pueblo. 10Depositaron las armas en el templo de Astarté y colgaron los cuerpos en los muros de Bet–Seán.

11Cuando los habitantes de Yabés de Galaad se enteraron de lo que habían hecho los filisteos con Saúl, 12se levantaron todos los valientes, caminaron toda la noche y quitaron el cadáver de Saúl y los de sus hijos de la muralla de Bet–Seán, los llevaron a Yabés y los quemaron allí. 13Tomaron sus huesos y los enterraron bajo el tamarindo de Yabés, y ayunaron durante siete días.