COMENTARIO

 1 S 31,4-5 

Sobre la muerte de Saúl hay otra tradición según la cual lo mató un amalecita, es decir, uno del pueblo enemigo de Israel por antonomasia (2 S 1,6-10). En cualquier caso el autor sagrado no juzga la muerte del rey como un delito grave de suicidio, como tampoco lo hace en otros casos semejantes (cfr Jc 9,54; 16,30; 1 R 16,18), sino sólo como una muerte ignominiosa, indigna de un rey que debía ser modelo de fortaleza y valor. Cuando la revelación llegue a su plenitud en el Nuevo Testamento, se manifestará también la gravedad del suicidio: «Lo decimos, lo afirmamos y lo demostramos de todos los modos posibles: nadie debe darse muerte espontáneamente, ni por huir de los problemas temporales, ni por querer reparar pecados ajenos, ni por lavar sus antiguos pecados propios, ni por el deseo de una vida mejor. Nunca hay razón para quitarse la vida» (S. Agustín, De civitate Dei 1,26).

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