COMENTARIO

 2 S 3,6-39 

Las personas que intervienen en la muerte trágica de Abner iluminan, por contraste, la figura egregia de David, el único dotado de las cualidades de un buen rey. Así, Isbaal, el nombrado rey de Israel, es incapaz de imponerse a su general Abner y de corregir sus abusos porque le tiene miedo (v. 11). Abner es tan ambicioso y torpe que sólo es capaz de granjearse enemistades: al ocupar el puesto de Saúl haciendo suya a una concubina, molesta al heredero, Isbaal (v. 7); y al sellar un pacto con David (vv. 12-13), molesta a Joab que no le perdonará la vida. Por último, Joab, el jefe de las tropas de David, es vengativo y en la primera oportunidad llegará a matar a traición a Abner (vv. 26-27), haciéndose reo de una severa maldición por parte de David (v. 29).

En cambio, David obra con más serenidad y prudencia. Aprovecha las dificultades políticas de Abner para tender lazos de unión con los del norte; solicita la vuelta de su esposa Mical, porque así él se convierte en heredero legítimo del trono de Saúl sin necesidad de violencias ni de crímenes; más tarde llora sinceramente la muerte de Abner (vv. 31-35) y le dedica un canto fúnebre, con lo que echa por tierra cualquier acusación de culpa en este crimen (vv. 36-37). Finalmente, al pronunciar la maldición sobre Joab y su familia, deja claro que él odia la violencia y que busca exclusivamente el camino de la concordia.

Aunque el relato resulta cruel y poco edificante, por dos veces se repite en boca de Abner que ha de cumplirse lo que el Señor ha jurado a David (vv. 9-10.17-18): que le haría rey sobre Israel. De esta forma, se vuelve a poner de manifiesto que la historia de la salvación transcurre incluso a través de episodios tan duros como éstos. David también es figura de Jesús en el sentido de que, rodeado de violencia, buscó siempre el bien y la concordia de los suyos. A imitación del Maestro, los cristianos también estamos llamados a promover la paz. «Las injusticias, las desigualdades excesivas de orden económico o social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen entre los hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y causan las guerras. Todo lo que se hace para superar estos desórdenes contribuye a edificar la paz y evitar la guerra: “En la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza y les amenazará hasta la venida de Cristo, el peligro de guerra; en la medida en que, unidos por la caridad, superan el pecado, se superan también las violencias hasta que se cumpla la palabra: ‘De sus espadas forjarán arados y de sus lanzas podaderas. Ninguna nación levantará ya más la espada contra otra y no se adiestrarán más para el combate’ (Is 2,4)” (GS 78,6)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2317).

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