COMENTARIO
David, después de ser consagrado y reconocido como rey de todas las tribus de Judá y de Israel, se dedica a formar un verdadero reino con sus instituciones, su capital y sus fronteras. En estos capítulos se relata en primer lugar la conquista de Jerusalén y su elección como nueva capital política del reino (5,6-12). A continuación, se narra el establecimiento del Arca en Jerusalén —designada así capital religiosa (6,1-23)—, la institución de la dinastía sucesoria con la que se asegura la permanencia de la monarquía (7,1-29) y, finalmente, la expansión de las fronteras gracias a los territorios arrebatados a los filisteos, asegurando así la fortaleza del reino (8,1-18).
Esta sección, además de contener relatos socio–políticos, está impregnada de enseñanzas religiosas: la institución de Jerusalén como capital del reino es, a partir de este momento, señal de la protección divina (cap. 6); la profecía de Natán garantiza que la sucesión dinástica es parte del proyecto divino de salvación (cap. 7); y la victoria sobre los filisteos es la prueba de que Dios garantiza la paz dentro de las nuevas fronteras (cap. 8).