COMENTARIO

 2 S 5,6-12 

Jerusalén había de ser la capital del reino y, por tanto, el centro de la vida del pueblo, y también el punto de referencia para explicar la doctrina religiosa de la Alianza hasta la época del Nuevo Testamento: en Jerusalén culminará la vida de Jesús y desde allí se extenderá el mensaje y la vida de la Iglesia.

Fuera de la Biblia esta ciudad aparece mencionada en textos egipcios del siglo XIX-XVIII a.C. que la consideran uno de los territorios enemigos de Egipto, y las cartas del siglo XIV a.C. encontradas en El-Amarna, al norte de Egipto, la mencionan junto a Guézer, Ascalón y Laquís, todas ellas ciudades cananeas pero de escasa importancia política.

Los jebuseos la consideraban inexpugnable (cfr Jos 10,1-15; 15,63; Jc 1,21) hasta el punto de suponer que los más desvalidos bastarían para detener el ataque de David (vv. 6 y 8). Pero éste gracias a la «estratagema del canal» (estrategia bélica desconocida hoy por nosotros), consiguió apoderarse de Jerusalén, la reconstruyó con esmero (vv. 9-10), levantó allí su palacio y la declaró «Ciudad de David», es decir, capital del reino.

Su situación geográfica, en la frontera de los territorios del norte y del sur resultaba estratégica y era una señal clara de que David era el único rey de todo el territorio por querer de Dios. Para acceder a Jerusalén fue necesario vencer primero a los filisteos (vv. 17-25); pero el autor sagrado, al anticipar la narración de la conquista, está utilizando un artificio literario para resaltar que el episodio bélico más importante de David fue la toma de Jerusalén y el asentamiento de su corte en ella.

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