COMENTARIO

 2 S 7,1-17 

Natán es un profeta cortesano del que también se conservan sus intervenciones relacionadas con Salomón y Betsabé, su madre (cfr 2 S 12,1-25; 1 R 1,11-40). Como profeta es portavoz de Dios —dos veces repite la fórmula clásica: «Así dice el Señor» (vv. 5 y 8)—, también cuando tiene que oponerse a los planes del rey (vv. 5-7), y proclama un mensaje que necesariamente afecta a quien lo escucha porque la palabra de Dios es verdadera y siempre se cumple.

La profecía de Natán tiene especial relevancia por fundamentar la sucesión davídica y la doctrina mesiánica que nace con ella. Con la solemnidad de un oráculo se da razón de la monarquía hereditaria de Israel y se concreta la función específica del Templo dentro del pueblo elegido por Dios.

El templo era para los pueblos paganos, egipcios, asirios y babilonios, el centro de su vida y de su religiosidad porque allí guardaban a sus dioses. En Israel, en cambio, la función del Templo iba a ser completamente diferente. Se fundamenta en que el Dios verdadero no puede contenerse en un templo, ni necesita un edificio en el que permanecer (cfr 1 R 8,27). Él es un Dios personal, ligado a su pueblo, y, si acepta los lugares de culto antiguos (cfr Gn 28,20-22), el tabernáculo del desierto (cfr Ex 33,7-11) y más tarde el Templo de Jerusalén (cfr 1 R 8,1-66), es sólo como signos de su presencia en medio del pueblo, no como habitáculo imprescindible. En la profecía de Natán se señala que más que el Templo, es la dinastía davídica el signo de la presencia y protección divina constituida desde el principio por querer exclusivo de Dios. De ahí el juego de palabras entre «la casa de Dios» (Templo) y «la casa de David» (dinastía).

La monarquía hereditaria es, por tanto, el centro del oráculo de Natán. Si con la esterilidad de Mical se interrumpe la línea sucesoria de Saúl (cfr 6,23), con la promesa profética queda consolidada la descendencia de David. A tenor de la parte central del oráculo (vv. 13-16) todo descendiente de David, figura del Mesías futuro, tendrá las siguientes cualidades:

a) Será un hijo para Dios (v. 14a). No se trata todavía de una filiación natural, sino de la estrecha relación entre Dios y el monarca (cfr Sal 2,7; 89,27-28), de modo que la persona y el gobierno del rey deberán ser símbolo de la presencia e intervención del mismo Dios. La filiación divina del rey es, por tanto, la expresión de la Alianza establecida entre Dios y el descendiente de David. Dios se compromete a comportarse con el rey de Israel como un buen padre con su hijo. Jesús llevará a plenitud estas palabras y esta Alianza puesto que es el «Hijo eterno de Dios» hecho hombre (cfr Ga 4,4). Mientras que Él es Hijo por generación natural, todos nosotros somos «hijos en el Hijo»: «Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios» (S. Ireneo, Adversus haereses 3,19,1; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 460).

b) Será castigado cuando sea necesario, pero el castigo no será definitivo (vv. 14b-15), es decir, no habrá supresión de descendencia, como ocurrió con Saúl, ni destronamiento irreversible, porque siempre prevalecerá el amor de Dios. A la luz de este oráculo las desgracias del pueblo, incluido el posterior destierro a Babilonia, aunque sean consecuencia de los pecados, serán ante todo muestra de la misericordia divina. También la muerte de Jesucristo en la Cruz, aun siendo causada por los pecados de los hombres, es ante todo muestra del amor de Dios que entregó a su Hijo (cfr Rm 8,32) y del amor del propio Jesucristo que se entregó a sí mismo por los hombres (cfr Rm 4,25; Ef 5,25).

c) La dinastía davídica permanecerá siempre (vv. 12-13.15-16). El título «hijo de David» no será sólo indicativo de una genealogía, sino de ser beneficiario de esta profecía y de la Alianza davídica (cfr 1 R 8,25; Sal 132,10-18; Jr 17,24-27; Ez 34,23-24, etc.). Después del destierro será el título que con más insistencia se aplicará al Mesías, y, finalmente, los escritores del Nuevo Testamento mostrarán con empeño que Jesús es «hijo de David» (cfr Mt 1,1; 9,27; Rm 1,3). La liturgia de la Iglesia propone este texto en la Solemnidad de San José, esposo de la Virgen María, ya que él garantiza la descendencia davídica de Jesús (Mt 1,20) puesto que el Santo Patriarca era «de la casa de David» (Lc 1,27).

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