COMENTARIO

 2 S 11,1-12,25 

El nacimiento de Salomón, elegido por Dios para ser el monarca más grande y primer sucesor de la dinastía davídica (12,20-25), viene precedido del drama ocasionado por el pecado gravísimo cometido por David. El libro de las Crónicas, quizá para no empañar la figura de David, lo omite; en cambio, el libro de Samuel lo describe con detalle. De este modo se pone de relieve que la historia de la salvación no es fruto de los méritos y virtudes de los protagonistas, sino de la misericordia divina que perdona los pecados y vuelve a proyectar el designio de salvación. En efecto, David, como hizo el primer hombre, a pesar de haber recibido todo de Dios, sucumbe ante la tentación y comete los dos pecados más graves, los únicos castigados con la muerte tanto en Israel como en los pueblos vecinos: el asesinato y el adulterio. Sin embargo, ahora, como con Adán, prevalece la misericordia de Dios que reorienta de nuevo la vida de los hombres. David, una vez que se ha arrepentido y ha sido perdonado, tendrá otro hijo de la propia Betsabé, «de la que fue de Urías» (Mt 1,6), pero lo tendrá dentro ya del matrimonio, cumpliéndose así la profecía de Natán. Este hijo, Salomón, llamado por el propio profeta «Yedidías», es decir, «amado del Señor» (12,25), será el primer eslabón de los «hijos de David» y marcará el inicio de la esperanza mesiánica.

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