COMENTARIO
Tres acciones constituyen el grave pecado de David: el adulterio (vv. 1-5), la estratagema para encubrir su ignominia y escapar de la pena que llevaría consigo ese pecado (vv. 6-13) y la decisión de buscar la muerte de Urías (vv. 14-24).
El adulterio es narrado con sobriedad señalando sólo los detalles suficientes para dar a entender que David es el padre del niño concebido. El texto muestra de forma velada —al referirse a Betsabé bañándose imprudentemente a la vista del monarca— que tampoco ella es inocente del adulterio. De esta manera queda más marcada la analogía de este pecado con el de Adán y Eva. Así pues, la que habría de tener un protagonismo importante en la vida de Salomón, habría tenido una participación activa desde su primera relación con David. La imagen del rey ocioso, expuesto a los asaltos de las pasiones, es utilizada en la tradición cristiana como una advertencia sobre la necesidad de la guarda de los sentidos para evitar las ocasiones de otros pecados. «Los apetitos se inflaman con la sensualidad de la mirada, y los ojos, habituados a mirar impúdicamente al prójimo por estar ocioso, encienden los deseos impuros» (Clemente de Alejandría, Paedagogus 3,77,1). Y San Josemaría escribe: «¡Los ojos! Por ellos entran en el alma muchas iniquidades. —¡Cuántas experiencias a lo David!… —Si guardáis la vista habréis asegurado la guarda de vuestro corazón» (Camino, n. 183).
Con más detenimiento se describe la malicia del rey al intentar por todos los medios que su fama no quedase empañada: por dos veces intenta que Urías baje a su casa («lavarse los pies», v. 8, es un eufemismo que expresa las relaciones matrimoniales) y en vista de que no puede responsabilizar a Urías del embarazo de Betsabé, decide programar su muerte en el campo de batalla. No cabe mayor cinismo en el alma de un rey. La muerte de Urías (vv. 16-17), uno de los mejores y más leales combatientes del ejército, es la culminación del pecado de David: el asesinato ha sido planeado como un crimen perfecto que queda encubierto en sí mismo y que sirve además para encubrir el adulterio anterior. El cómplice de toda esta trama es Joab, el lugarteniente frío y sin escrúpulos que piensa sólo en su provecho personal (vv. 19-21), sin arriesgar nada.
Todo parecía transcurrir con normalidad cuando Betsabé llegó a palacio como esposa del rey y dio a luz a su hijo. Pero David, como Adán en los orígenes, es desenmascarado por el Señor: cuando parece triunfar la astucia del protagonista, se produce el dictamen divino que no puede ser más severo: «Todo esto que David había hecho desagradó al Señor» (v. 27).