COMENTARIO

 2 S 12,1-25 

La intervención de Natán (vv. 1-15), el arrepentimiento de David (vv. 16-19) y el nacimiento de Salomón (v. 20-25) conforman el contenido principal de este capítulo. Natán interpela a David con una de las parábolas más bellas del Antiguo Testamento provocando en el monarca la condena de su propia conducta: «El que haya hecho tal cosa es reo de muerte» (v. 5). En respuesta Natán le anuncia el castigo del Señor que, en línea con la ley del talión, es triple pues corresponde al triple delito de asesinato, adulterio y abuso de un inocente, Urías. En concreto, por el asesinato, la espada no se apartará de la familia de David (v. 10); este castigo se cumplirá en los hijos mayores Amón, Absalón y Adonías que morirán violentamente. En segundo lugar, por el adulterio, sus mujeres serán violentadas en público (v. 11); esto se cumplirá cuando su propio hijo Absalón haga suyo el harén de su padre (cfr 16,20-23). En tercer lugar, por la muerte de un inocente, su hijo recién nacido no llegará a sobrevivir (v. 14).

El arrepentimiento de David es ejemplar (vv. 16-19): llora su pecado, ayuna y suplica por la salud de su hijo; con esta actitud, a pesar de las debilidades y pecados, mantiene su confianza y se muestra como «hombre según el corazón de Dios» (cfr 1 S 13,14). David es modelo de penitencia porque, reconociendo su delito, alcanzó el perdón divino. Su arrepentimiento quedó plasmado en el Salmo 51, donde con una gran belleza y profunda piedad se recoge la súplica del Rey pecador ante el Señor: «Ten piedad de mí, oh Dios, según tu bondad; según la inmensidad de tu misericordia borra mis delitos. Lávame por completo de mi iniquidad, y purifícame de mi pecado» (Sal 51,3-4).

El nacimiento de un nuevo hijo (vv. 20-25) es el desenlace de la narración, orientada para dejar claro que Salomón nació dentro del matrimonio, que fue motivo de alegría para David que le impuso el nombre y, sobre todo, que fue objeto de un mensaje del profeta Natán: el niño llevará «como sobrenombre Yedidías (amado del Señor)» (v. 25). Por tanto, desde su nacimiento, Salomón es el elegido por Dios para llevar adelante su plan de salvación en favor del pueblo.

Grande fue el pecado de David y profunda su contrición. Pero lo que sobrepasa toda medida es el perdón de Dios. «A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito. E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo y de perdonarle su infidelidad y sus pecados» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 218).

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