COMENTARIO
Si la narración del pecado de David tiene cierta analogía con el pecado de Adán, pues ambos protagonistas son los «padres» de una descendencia, los delitos de los dos hermanos mayores tienen también el eco del primer fratricidio relatado en el Génesis.
El incesto de Amnón es narrado con más detalle que el adulterio de David, poniendo de relieve la malicia del primogénito, incapaz de una brizna de amor o compasión: en su alma anida sólo la pasión (v. 2) y el odio (v. 15). David, al menos, se casó con Betsabé; pero Amnón dejó abandonada a su hermanastra después de haberla deshonrado.
Absalón actúa con más ingenio (vv. 20.23-29), pero es frío y se deja llevar únicamente por la ambición y el afán de venganza dando muerte a Amnón, el primogénito; no busca tanto ejercer la justicia, sino dejar el camino libre para hacerse con el trono. De hecho la huida a Guesur, la zona de donde su madre era originaria (v. 37), no es sino un compás de espera antes de programar el golpe de mano contra su padre.
En todo este relato David es el protagonista que sufre en silencio las consecuencias de la pasión del primogénito (v. 21), la perversa astucia de Absalón (v. 26) y la trágica muerte del primer heredero del trono (v. 31). Su actitud callada y pasiva denota la aceptación de estas desgracias como venidas de la mano de Dios como castigo de sus delitos pasados. «Por el pecado perdemos la unión con Dios; es justo, por tanto, que volvamos a la paz con él a través de las contrariedades. De este modo, cuando cualquier cosa creada, incluso buena en sí misma, se nos convierte en causa de sufrimiento, ello nos sirve de corrección, para que volvamos humildemente al autor de la paz» (S. Gregorio Magno, Moralia in Iob 3,15-16).