COMENTARIO
Al haber desaparecido Amnón, el heredero legítimo es ahora Absalón; pero no lo merece por su ambición y su crimen, pues según la Ley (cfr Ex 21,12.14) toda muerte violenta exige la muerte del homicida. Sólo David, como rey, podría perdonarle, con tal de que hubiera una razón suficiente para soslayar el rigor de la Ley. El relato del perdón es entrañable en las tres escenas de que consta:
La primera (vv. 1-7) contiene la hermosa parábola de la mujer de Tecoa, que recuerda la que David había escuchado del profeta Natán (cfr 12,1-4). En aquella ocasión David reconoció su crimen e imploró el perdón del Señor, ahora es él quien debe perdonar al hijo criminal y rebelde; entonces él fue el escuchado, ahora es él quien debe escuchar la plegaria de la madre desconsolada.
La segunda escena (vv. 8-24) se centra en el diálogo entre aquella sabia mujer y el rey David. Ella designa a Absalón como «mi hijo» (vv. 11 y 16) y «el desterrado» (vv. 13 y 14), y al rey como «un ángel de Dios» (v. 17 y 20). Poco a poco conmueve al rey, que accede de buen grado, no sin antes dejar constancia de su sabiduría al desenmascarar la estratagema de Joab (v. 19). La mujer de Tecoa prefigura a Santa María que tras la «pérdida», es decir la muerte y resurrección, de Jesús, su primogénito, intercede por todos los hombres que son también hijos suyos.
La tercera escena (vv. 25-33) presenta con solemnidad la figura de Absalón. La descripción de su aspecto físico (vv. 25-26) recuerda a la de los reyes Saúl y David (cfr 1 S 10,23-24; 16,12.18). También se reseña el número y cualidades de los hijos que componían su familia, «la casa de Absalón» (v. 27), y a continuación se relata la estratagema organizada hasta conseguir entrar en palacio y reconciliarse plenamente con su padre. El beso de David (v. 33) es señal de perdón del padre al hijo, que prefigura el núcleo de la parábola del hijo pródigo (cfr Lc 15,11-32).