Regreso de Absalón

142 S1Joab, hijo de Seruyá, supo que el corazón del rey estaba contra Absalón. 2Así que envió a unos a Tecoa para que trajeran de allí a una mujer sabia, a la que le dio este encargo:

—Finge que estás en duelo, ponte vestidos de duelo, no te perfumes con óleo para que parezcas una mujer que llora por su difunto desde hace tiempo 3y preséntate así ante el rey diciéndole estas palabras —y Joab le fue indicando lo que debía decir.

4Vino, pues, donde el rey la mujer de Tecoa, se postró rostro en tierra ante él y le dijo:

—Sálvame, mi rey.

5Él le contestó:

—¿Qué problema tienes?

Ella le dijo:

—¡Ay! Soy una mujer viuda; mi marido ha muerto. 6Tu sierva tenía dos hijos que riñeron en el campo y nadie pudo intervenir para separarlos. Uno de ellos hirió a su hermano y lo mató. 7Y ahora toda la familia se encara contra tu sierva diciendo: «Entréganos al asesino de su hermano para que, vengando al hermano muerto, lo matemos; así haremos desaparecer al enemigo». Pero sólo van a conseguir apagar la brasa que me queda y dejar a mi marido sin apellido y sin descendiente sobre la tierra.

8El rey respondió a la mujer:

—Vete a tu casa y yo me encargaré de ti.

9La mujer de Tecoa dijo al rey:

—Señor y rey mío, caiga sobre mí y sobre la casa de mi padre toda la culpa. El rey y su trono queden inocentes.

10Pero el rey le dijo:

—Si alguien te dice algo hazlo llegar ante mí, y no te volverá a molestar.

11Ella repuso:

—Que el rey invoque al Señor, tu Dios, para que el vengador de sangre no aumente mi desgracia haciendo desaparecer a mi hijo.

El rey le dijo:

—¡Vive el Señor que no caerá en tierra un solo cabello de tu hijo!

12La mujer repuso:

—Permite a tu sierva decir todavía una palabra a mi señor.

Él dijo:

—Habla.

13Entonces la mujer respondió:

—¿Por qué has pensado tales cosas en contra del pueblo de Dios? Por las palabras que ahora ha pronunciado, el rey se hace culpable al no permitir que vuelva el que tiene desterrado. 14Todos hemos de morir; somos como el agua que se derrama en la tierra y no puede recogerse de nuevo, porque Dios no va a devolver la vida. Piense el rey la manera de que el desterrado no siga lejos. 15En verdad, he venido a decir al rey todo esto porque el pueblo me ha apremiado y tu sierva ha pensado: «Hablaré al rey; quizás él atienda los ruegos de su sierva. 16El rey escuchará a su sierva y la librará de la mano del que hoy pretende hacernos desaparecer de la heredad de Dios a mí y a mi hijo». 17Y tu sierva dijo para sí: «Que la palabra del rey, mi señor, traiga la serenidad. El rey, mi señor, es como un ángel de Dios que sabe discernir el bien del mal. Que el Señor, tu Dios, esté contigo».

18El rey respondió a la mujer:

—No me ocultes nada de lo que voy a preguntarte.

La mujer contestó:

—Hable mi señor, el rey.

19Dijo el rey:

—¿No está la mano de Joab contigo en todo esto?

Respondió la mujer:

—Por tu vida, oh rey, mi señor, que has acertado; en lo que dices no hay error ni a derecha ni a izquierda. Tu siervo Joab es quien me ha dado instrucciones y ha puesto en la boca de tu sierva todas estas palabras. 20Para no enfrentarse con este caso, tu siervo Joab ha hecho todo esto. Pero mi señor tiene sabiduría como la de un ángel de Dios y sabe todo lo que sucede en la tierra.

21Entonces el rey dijo a Joab:

—Bien. Voy a actuar según la palabra dada. Vete y trae al joven Absalón.

22Joab se postró rostro en tierra, bendijo al rey y le dijo:

—Hoy ha sabido tu siervo que ha encontrado gracia a tus ojos, señor y rey mío, pues el rey ha cumplido lo que tu siervo había pedido.

23Se levantó Joab y se dirigió a Guesur para traer a Absalón a Jerusalén.

24Pero el rey dijo:

—Que regrese a su casa, pues no debe ver mi rostro.

Así Absalón regresó a su casa sin ver el rostro del rey.

25No había en Israel un hombre tan célebre por su belleza como Absalón. Desde la planta de los pies hasta lo más alto de la cabeza no tenía ningún defecto. 26Solía cortarse el pelo una vez al año porque le pesaba mucho. Cuando se lo cortaba, el cabello cortado pesaba doscientos siclos en peso regio. 27Le nacieron a Absalón tres hijos y una hija llamada Tamar, que era una mujer muy bella.

28Absalón permaneció en Jerusalén dos años sin ver el rostro del rey. 29Después llamó a Joab para enviarlo al rey, pero Joab no quiso ir a casa de Absalón. Le volvió a llamar por segunda vez pero Joab tampoco quiso. 30Entonces Absalón dijo a sus servidores:

—¿Vean el campo de Joab que está junto al mío y que tiene la cebada a punto para la siega? Vayan y préndanle fuego.

Fueron los servidores de Absalón y prendieron fuego al campo. 31Entonces Joab se levantó, vino a casa de Absalón y le dijo:

—¿Por qué tus siervos han prendido fuego a mi campo?

32Absalón le respondió:

—Mira, te he mandado venir porque quiero enviarte al rey para que le digas: «¿Para qué he venido de Guesur? Habría sido mejor quedarme allí. Ahora necesito ver el rostro del rey y, si hay alguna culpa en mí, que me haga morir».

33Joab se presentó al rey y se lo comunicó. Entonces el rey llamó a Absalón, que entró y, cayendo rostro en tierra, se postró ante él. Y el rey le besó.

Rebelión de Absalón

152 S1Después de esto, Absalón se hizo con un carro, caballos y cincuenta hombres que iban siempre delante de él. 2Absalón se levantaba temprano y se ponía junto al camino de acceso a la ciudad. Cuando alguien que tenía un pleito acudía al rey para el juicio, Absalón le llamaba y le decía:

—¿De qué ciudad eres?

El otro contestaba:

—Tu siervo es de tal tribu de Israel.

3Entonces Absalón decía:

Mira, tu causa es buena y justa, pero no hay quien te escuche de parte del rey.

Y continuaba:

4—¡Si yo fuera juez de esta tierra! Vendrían a mí todos los que tuvieran un pleito o un juicio y yo les haría justicia.

5Cuando alguno se acercaba para postrarse ante él, él le tendía la mano, le abrazaba y le besaba. 6Absalón hacía esto con todos los israelitas que acudían al rey para algún juicio; y de esta forma se fue ganando su corazón. 7Al cabo de cuatro años Absalón dijo al rey:

—Permíteme ir a Hebrón a cumplir un voto que hice al Señor, 8pues estando en Guesur, en Aram, tu siervo hizo este voto: «Si el Señor me concede volver a Jerusalén, haré una ofrenda al Señor en Hebrón».

9El rey le dijo:

—Vete en paz.

Él se levantó y se dirigió a Hebrón.

10Absalón envió mensajeros a todas las tribus de Israel diciendo: «Cuando oigan el sonido de la trompeta, digan: “Absalón es rey en Hebrón”». 11Acompañaron a Absalón desde Jerusalén doscientos hombres invitados por él; iban de buena fe, sin saber nada. 12Mientras ofrecía el sacrificio, Absalón mandó venir desde su ciudad de Guiló a Ajitófel, consejero de David. Así la conspiración se iba consolidando y crecía el número de partidarios en torno a Absalón.

Huida de David

13Entonces llegó uno informando a David y diciéndole:

—El corazón de todos los israelitas se ha vuelto de parte de Absalón.

14David dijo a los servidores que estaban con él en Jerusalén:

—Levántense y huyamos; de lo contrario nadie escapará del poder de Absalón. Salgan deprisa, no sea que él se adelante, caiga sobre nosotros y nos cause un daño muy grave, pasando a cuchillo la ciudad entera.

15Los servidores del rey le dijeron:

—Sea todo como disponga nuestro señor, el rey, pues siervos tuyos somos.

16Salió, pues, el rey con toda su casa; dejó sólo diez concubinas al cuidado del palacio. 17Al salir el rey con todos los suyos, se detuvieron en la última casa. 18Todos los servidores del rey caminaban a su lado; y también todos los quereteos, los peleteos, Itay y los de Gat, los seiscientos hombres que le habían seguido desde Gat. Todos fueron pasando delante del rey. 19Entonces dijo el rey a Itay, el de Gat:

—¿Por qué vienes también tú con nosotros? Vuélvete y quédate con el nuevo rey, porque eres extranjero y estás desterrado de tu propia tierra. 20Además, apenas llegaste ayer. ¿Cómo te voy a obligar hoy a ir vagando con nosotros cuando ni yo sé adónde voy? Vuélvete y lleva contigo a tus hermanos. Que la misericordia y la fidelidad del Señor estén contigo.

21Pero Itay respondió al rey:

—¡Vive el Señor y vive el rey, mi señor, que donde esté el rey, mi señor, sea para vivir o para morir, allí estará tu siervo!

22Entonces dijo el rey a Itay:

—Bien, sigue adelante.

Y pasó Itay, el de Gat, con todos sus hombres y todos los niños que estaban con él. 23Mientras iban pasando, todo el pueblo lloraba a gritos. El rey se detuvo junto al torrente Cedrón y la gente pasó delante de él camino del desierto.

El Arca permanece en Jerusalén

24Iban también con él Sadoc y todos los levitas transportando el arca de la alianza de Dios. Depositaron el arca de Dios junto a Abiatar hasta que todo el pueblo terminó de salir de la ciudad. 25El rey dijo a Sadoc:

—Lleva el arca de Dios a la ciudad. Si encuentro gracia a los ojos del Señor, me permitirá volver para ver el arca y su morada. 26Pero si me dice: «No me has agradado», estoy dispuesto a que haga conmigo lo que mejor le parezca.

27Y añadió el rey a Sadoc:

—Vuelvan en paz a la ciudad, tú y tu hijo Ajimaas, y Abiatar con su hijo Jonatán. 28Estén atentos: yo me detendré en los vados del desierto hasta recibir alguna noticia de ustedes.

29Sadoc y Abiatar llevaron a Jerusalén el arca de Dios y permanecieron allí.

Complicidad de Jusay

30David comenzó a subir la cuesta de los olivos; subía llorando con la cabeza cubierta y los pies descalzos. Todo el pueblo que le acompañaba subía también llorando con la cabeza cubierta. 31Entonces le comunicaron a David que Ajitófel estaba con Absalón entre los conjurados, y dijo:

—Señor, haz que se pierdan los planes de Ajitófel.

32Cuando David llegó a la cima del monte, al lugar donde suelen dar culto a Dios, le salió al encuentro Jusay, el arquita, con las vestiduras rasgadas y con la cabeza cubierta de polvo. 33David le dijo:

—Si vienes conmigo vas a ser una carga. 34En cambio, si vuelves a la ciudad y le dices a Absalón: «Yo seré tu siervo, oh rey; como lo fui de tu padre, ahora lo seré de ti», podrás inutilizar en mi favor los planes de Ajitófel. 35Los sacerdotes Sadoc y Abiatar estarán contigo allí. Todo lo que oigas en casa del rey se lo comunicarás a los sacerdotes Sadoc y Abiatar. 36Están también con ellos sus dos hijos, Ajimaas, el de Sadoc, y Jonatán, el de Abiatar. Por medio de ellos me harás llegar lo que hayas oído.

37Jusay, amigo de David, llegó a la ciudad en el momento en que Absalón también entraba en Jerusalén.

Sibá y David

162 S1Apenas había pasado David la cima, cuando Sibá, criado de Meribaal, le salió al encuentro con dos asnos aparejados, cargados de doscientos panes, cien racimos de uvas pasas, cien frutos de verano y un odre de vino. 2El rey preguntó a Sibá:

—¿Qué vas a hacer con todo eso?

Respondió Sibá:

—Los asnos son para que la familia del rey pueda montar, los panes y los frutos para que los criados puedan comer, y el vino para que beban los que se sientan agotados en el desierto.

3El rey le preguntó:

—¿Dónde está el hijo de tu señor?

Sibá le respondió:

—Se ha quedado en Jerusalén porque pensó: «Hoy la casa de Israel me devolverá el reino de mi padre».

4Entonces el rey dijo a Sibá:

—Todo lo que pertenecía a Meribaal es tuyo.

Sibá le contestó:

—¡Con mi mayor respeto! Que siempre pueda encontrar yo gracia a tus ojos, señor y rey mío.

Semeí maldice a David

5Al llegar David a Bajurim, salió un hombre de la familia de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá. Salió maldiciendo 6y tirando piedras contra David y contra todos los siervos del rey. El pueblo entero y los más fuertes se habían situado a la derecha y a la izquierda del rey. 7Semeí se puso a maldecirle diciendo:

—Vete, vete, hombre sanguinario y malvado. 8El Señor ha hecho recaer sobre ti toda la sangre de la casa de Saúl, a quien le arrebataste el trono. Ahora el Señor ha entregado ese trono en manos de tu hijo Absalón. Ésta es tu gran desgracia por ser un hombre sanguinario.

9Abisay, hijo de Seruyá, dijo al rey:

—¿Por qué ese perro muerto va a maldecir a mi señor, el rey? Permíteme que vaya y le corte la cabeza.

10Pero el rey dijo:

—¿Qué tengo en común con ustedes, hijos de Seruyá? Si maldice es porque el Señor le ha ordenado que maldiga a David. ¿Quién se atreverá a decirle: «Por qué haces esto»?

11Y añadió el rey a Abisay y a todos sus siervos:

—Si un hijo mío, salido de mis entrañas, busca mi muerte, ¿cuánto más ese benjaminita? Déjenlo que maldiga, porque se lo ha ordenado el Señor. 12Tal vez el Señor mire mi desgracia y me conceda bienes a cambio de estas maldiciones de hoy.

13David y sus hombres marchaban por el camino mientras Semeí iba por la falda del monte en la misma dirección que David; iba maldiciendo, tirando piedras contra él y arrojándole tierra. 14El rey y todos los que le acompañaban llegaron extenuados junto a las aguas del Jordán y allí se repusieron.

Absalón en Jerusalén

15Mientras tanto, Absalón y todos los israelitas habían entrado en Jerusalén; Ajitófel también le acompañaba. 16Cuando Jusay, el arquita, amigo de David, se presentó ante Absalón, le dijo:

—¡Viva el rey!, ¡viva el rey!

17Absalón le respondió:

—¿Ésta es la fidelidad que tienes con tu amigo? ¿Por qué no has seguido con él?

18Jusay le contestó:

—No. Yo estaré con aquél a quien el Señor, este pueblo y todos los israelitas hayan elegido; y con él permaneceré. 19Además, ¿a quién voy a servir? ¿No es a su propio hijo? Como he servido a tu padre, te serviré a ti.

Decisiones contra David

20Entonces Absalón dijo a Ajitófel:

—Deliberen en consejo qué debemos hacer.

21Ajitófel le respondió:

—Llégate a las concubinas de tu padre que se quedaron al cuidado del palacio; así todo Israel sabrá que te has hecho odioso a tu padre y se fortalecerá el ánimo de todos los que te siguen.

22Sobre la terraza se levantó una tienda para Absalón y éste se llegó a las concubinas de su padre a la vista de todo Israel.

23En aquellos días los consejos de Ajitófel eran como un oráculo de Dios para quien le consultara. Así eran considerados los consejos de Ajitófel, tanto para David como para Absalón.

Jusay contra los planes de Ajitófel

172 S1Ajitófel dijo a Absalón:

—Permíteme elegir a doce mil hombres y lanzarnos a perseguir a David esta misma noche. 2Caeré sobre él cuando esté cansado y sin fuerzas en los brazos; le haré temblar, y todos los que estén con él se darán a la fuga. Así heriré sólo al rey, 3y conduciré hacia ti a todo el pueblo, que volverá como retorna una esposa a su marido. Tú buscas sólo la vida de un hombre, el resto del pueblo quedará a salvo.

4La propuesta fue del agrado de Absalón y de todos los ancianos de Israel. 5Sin embargo, Absalón dijo:

—Llamen también a Jusay, el arquita, y oigamos lo que piensa.

6Cuando Jusay estuvo ante Absalón, éste le dijo:

—Ajitófel ha dicho estas palabras. Ahora bien, ¿debemos hacer lo que él ha dicho? En caso contrario, habla tú.

7Jusay respondió a Absalón:

—En esta ocasión no es bueno el consejo de Ajitófel.

8Y continuó:

—Tú conoces a tu padre y a sus hombres; son valerosos y están enfurecidos como una osa en el campo cuando le han arrebatado sus crías. Tu padre es un guerrero y no pasará la noche con la tropa. 9Ahora mismo estará escondido en alguna cueva o en cualquier otro lugar. Si al iniciar la pelea cae alguno de los tuyos se correrá el rumor y dirán: «Ha habido un gran desastre entre los seguidores de Absalón». 10Entonces, hasta los más valientes, hasta los que tienen el ánimo como el de un león, se asustarán porque todo Israel sabe que tu padre es valeroso y sus hombres son fuertes. 11Yo aconsejo que se reúna en torno a ti todo Israel, desde Dan hasta Berseba, una muchedumbre tan numerosa como las arenas del mar, y que tú vayas al frente de ellos. 12Nos acercaremos a David en cualquier lugar donde se encuentre y caeremos sobre él como el rocío cae sobre el suelo. Ni un solo hombre de los suyos escapará. 13Si se retira a una ciudad, todo Israel llevará cuerdas y arrastraremos la ciudad hasta el valle, de modo que no pueda encontrarse ni la piedra más pequeña.

14Absalón y todos los israelitas dijeron:

—El consejo de Jusay, el arquita, es mejor que el de Ajitófel.

El Señor había establecido que fracasara el astuto consejo de Ajitófel para atraer la desgracia sobre Absalón.

15Después Jusay dijo a los sacerdotes Sadoc y Abiatar:

—Ajitófel ha aconsejado así a Absalón y a los ancianos de Israel, pero yo les he aconsejado de este otro modo. 16Así que manden enseguida que informen a David: «No pases la noche junto a los vados del desierto, sino que debes atravesarlos para evitar el exterminio del rey y de todos los que están con él».

David atraviesa el Jordán

17Jonatán y Ajimaas estaban junto a En–Roguel, esperando que una criada fuese a darles las noticias que ellos trasmitirían al rey David, pues no podían dejarse ver entrando en la ciudad. 18Pero un joven les vio y se lo comunicó a Absalón. Entonces los dos entraron corriendo en Bajurim, en la casa de un hombre que tenía un pozo y se metieron en él. 19Su mujer extendió un paño sobre la boca del pozo y esparció sobre él grano húmedo de modo que no se notara nada. 20Los siervos de Absalón llegaron a la casa donde la mujer y dijeron:

—¿Dónde están Ajimaas y Jonatán?

Ella les respondió:

—Han pasado al otro lado, hacia el agua.

Al no encontrarlos, después de buscarlos, se volvieron a Jerusalén. 21Cuando se marcharon, los dos salieron del pozo y fueron a informar al rey David. Le dijeron:

—Levántense y atraviesen rápidamente el río porque Ajitófel ha dado este consejo contra ustedes.

22David y toda su gente se levantaron y atravesaron el Jordán. Al amanecer no quedaba nadie que no hubiera atravesado el Jordán.

23Ajitófel, al ver que no habían seguido su consejo, ensilló su asno y se encaminó a su casa, a su ciudad. Puso en orden los asuntos de su casa y se ahorcó. Murió y fue sepultado en el sepulcro de su padre.

David y Absalón al otro lado del Jordán

24David había llegado a Majanaim, cuando Absalón atravesó el Jordán con todos los israelitas que estaban con él. 25Absalón había puesto al frente del ejército a Amasá en lugar de Joab. Amasá era hijo de un hombre llamado Yitrá, un ismaelita que se había unido a Abigaíl, hija de Jesé y hermana de Seruyá, madre de Joab. 26Israel y Absalón acamparon en la región de Galaad.

27Cuando David entró en Majanaim, Sobí, hijo de Najás, oriundo de Rabá de los amonitas, Maquir, hijo de Amiel, oriundo de Lo–Debar, y Barzilay, el galaadita, oriundo de Roguelim, 28trajeron camas, copas y vasos de barro; trigo, cebada, harina, grano tostado, habas y lentejas; 29miel, cuajada y queso de ovejas y de vacas. Le ofrecieron todo eso a David y a la gente que estaba con él para que se alimentaran, pues se decían: «Esta gente ha sufrido hambre, agotamiento y sed en el desierto».

Derrota de Absalón

182 S1David pasó revista a sus tropas y puso al frente jefes de mil y jefes de cien; 2dividió las tropas en tres cuerpos: uno lo puso bajo el mando de Joab, otro bajo el de Abisay, hijo de Seruyá, hermano de Joab, y el tercero bajo el mando de Itay de Gat. Entonces el rey dijo a sus tropas:

—Yo también voy a salir con ustedes a la batalla.

3Pero ellos respondieron:

—No salgas, porque si tenemos que huir, ellos no se interesarán por nosotros; aunque lleguemos a morir la mitad de nosotros no se interesarán por nosotros. Porque tú vales más que diez mil de nosotros; es mejor que nos puedas prestar ayuda desde la ciudad.

4El rey les dijo:

—Haré lo que les parezca mejor.

Y se colocó junto a la puerta, mientras toda la tropa salía en formaciones de cien y de mil. 5El rey dio esta orden a Joab, a Abisay y a Itay:

—Respétenme la vida del joven Absalón.

Y toda la tropa oyó la orden dada por el rey a todos los jefes acerca de Absalón.

6La tropa salió al campo contra Israel y la batalla se inició en la arboleda de Efraím. 7Allí los de Israel fueron derrotados por el ejército de David; fue grande el estrago, pues sólo en un día cayeron veinte mil hombres. 8La batalla se extendió por toda aquella región y fueron muchos más los devorados por el bosque que los que devoró la espada.

Muerte de Absalón

9Absalón casualmente se encontró frente a los hombres de David. Iba montado en un mulo y, al pasar el mulo por debajo del ramaje denso de una gran encina, la cabeza de Absalón se enredó en ella. Él quedó suspendido entre el cielo y la tierra, mientras el mulo que montaba siguió su camino. 10Un hombre lo vio y fue a comunicárselo a Joab:

—He visto a Absalón colgado de una encina.

11Joab dijo al que le dio la noticia:

—¿Lo has visto? ¿Por qué no lo mataste allí mismo y lo dejaste tendido en tierra? Yo te habría dado diez monedas de plata y un cinturón.

12Pero el hombre contestó a Joab:

—Aunque pusieran en mi mano mil monedas de plata, no extendería mi mano contra el hijo del rey, pues claramente oímos la orden que el rey les dio a ti, a Abisay y a Itay: «Respétenme la vida de Absalón». 13Si hubiese cometido esa perfidia por mí mismo, no podría quedar oculta ante el rey y tú serías el primero en ponerte contra mí.

14Entonces dijo Joab:

—No quiero perder el tiempo contigo.

Tomó entonces tres dardos en su mano y los clavó en el corazón de Absalón que todavía respiraba colgado del árbol. 15Después, diez jóvenes escuderos de Joab rodearon a Absalón, lo golpearon y lo remataron. 16Joab hizo tocar la trompeta, y las tropas dejaron de perseguir a Israel que huía; así Joab consiguió frenar a las tropas. 17Luego recogieron a Absalón, lo arrojaron a una gran fosa en medio del bosque y pusieron sobre él un gran montón de piedras. Todo Israel había huido, cada uno a su casa.

18Absalón se había erigido en vida la estela que hay en el Valle del Rey pues se dijo: «No tengo hijos que conserven la memoria de mi nombre». Y puso su propio nombre a aquella estela que hasta hoy se llama Monumento de Absalón.

David recibe la noticia

19Ajimaas, hijo de Sadoc, dijo:

—Iré corriendo a anunciar al rey que el Señor le ha hecho justicia contra sus enemigos.

20Pero Joab le dijo:

—No serás tú hoy el portador de la buena noticia; otro día lo harás. Hoy no puedes dar buenas noticias, porque el hijo del rey ha muerto.

21Y dijo Joab a un cusita:

—Vete a comunicar al rey lo que has visto.

El cusita se postró ante Joab y se fue corriendo. 22Pero Ajimaas, hijo de Sadoc, insistió y dijo a Joab:

—Aunque ocurra cualquier cosa, déjame ir corriendo con el cusita.

Joab le contestó:

—¿Por qué ir corriendo, hijo mío? Esta noticia no te reportará ningún bien.

23Él respondió:

—Aunque ocurra cualquier cosa, déjame ir corriendo.

Y él le dijo:

—¡Corre si quieres!

Ajimaas fue corriendo por el valle y adelantó al cusita.

24David estaba sentado entre las dos puertas. El centinela subió a la terraza de la puerta del lado de la muralla, levantó los ojos y vio a un hombre corriendo solo; 25entonces dio un grito y advirtió al rey. Éste le dijo:

—Si viene solo, es buena la noticia que trae.

Al ir acercándose más, 26el centinela vio a otro hombre que venía corriendo y gritó al guardia:

—Otro hombre viene corriendo solo.

Y dijo el rey:

—También éste trae buenas noticias.

27Luego dijo el centinela:

—Me parece que el modo de correr del primero es como el de Ajimaas, hijo de Sadoc.

Y dijo el rey:

—Éste es un hombre bueno, seguro que trae buenas noticias.

28Ajimaas dijo al rey gritando:

—¡La paz sea contigo!

Y postrándose rostro en tierra ante el rey, dijo:

—Bendito sea el Señor, tu Dios, que ha puesto en tu poder a los hombres que habían alzado su mano contra mi señor, el rey.

29El rey preguntó:

—¿Está bien el joven Absalón?

Respondió Ajimaas:

—Cuando Joab envió a su criado y luego me envió a mí, tu siervo, vi un enorme tumulto; pero no sé qué era.

30El rey le dijo:

—Apártate y quédate ahí.

Se apartó y esperó.

31Entonces llegó el cusita y dijo:

—Traigo buenas noticias para mi señor, el rey. El Señor hoy te ha hecho justicia librándote de la mano de todos los que se levantaron contra ti.

32Dijo entonces el rey al cusita:

—¿Está bien el joven Absalón?

El cusita contestó:

—Que les suceda como a ese joven a todos los enemigos de mi señor, el rey, y a cuantos se levanten contra ti para hacerte daño.

Duelo de David por Absalón

192 S1Entonces el rey se conmovió, subió a la estancia que está sobre la puerta de la ciudad y lloró. Entre lágrimas decía:

—¡Hijo mío! ¡Absalón! ¡Hijo mío, hijo mío, Absalón! Si yo pudiera haber muerto en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío.

2Y se lo comunicaron a Joab:

—El rey está llorando y haciendo luto por Absalón.

3Así, aquel día la victoria se cambió en luto para toda la tropa, pues aquel día todos oyeron decir: «El rey está desolado por su hijo».

4Por eso aquel día la tropa entró en la ciudad a escondidas, como entran cuando, avergonzados, huyen de la batalla.

5El rey tenía el rostro cubierto y gritaba:

—¡Hijo mío, Absalón! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!

6Entonces Joab se presentó ante el rey en su casa y le dijo:

—Tú has hecho que se ruborice el rostro de tu gente que hoy te ha salvado la vida a ti, a tus hijos y a tus hijas, a tus mujeres y a tus concubinas, 7porque parece que amas a los que te odian y odias a los que te aman. Hoy das la impresión de que no te preocupan tus jefes y tus gentes. Pienso que hoy, si Absalón estuviera vivo y todos nosotros hubiéramos muerto, te parecería justo a tus ojos. 8Ahora, levántate y sal a hablar al corazón de tus gentes, porque te juro por el Señor que, si no sales, ni un solo hombre quedará contigo esta noche. Será ésta la mayor desgracia que te ha ocurrido desde tu juventud hasta hoy.

9Entonces el rey se levantó y se sentó junto a la puerta. Todo el pueblo fue informado de que el rey estaba sentado junto a la puerta y vinieron ante él.

Regreso de David a Jerusalén

Los israelitas habían huido cada uno a su tienda. 10En todas las tribus de Israel las gentes discutían y decían:

—El rey nos había librado de la mano de nuestros enemigos, y de la mano de los filisteos, pero ha tenido que huir de nuestra región por causa de Absalón. 11Ahora bien, Absalón, a quien ungimos como nuestro rey, ha muerto en la batalla. ¿Por qué ahora no intentan que vuelva el rey?

12Este comentario de todo Israel llegó a conocimiento del rey. El rey David envió a los sacerdotes Sadoc y Abiatar diciendo:

—Digan a los ancianos de Judá: «¿Por qué van a ser los últimos en hacer volver al rey a su casa? 13Ustedes son mis hermanos, ustedes son hueso mío y carne mía. ¿Por qué van a ser los últimos en hacer volver al rey?». 14Di a Amasá: «¿No eres tú hueso mío y carne mía? Que el Señor me haga esto y aquello me añada, si tú no llegas a ser jefe de mi ejército para siempre, en lugar de Joab».

15Así, ganó el corazón de todos los de Judá como el de un solo hombre. Éstos le mandaron a decir:

—Vuelve tú y todos tus servidores.

David perdona a Semeí

16El rey, por tanto, se volvió y se dirigió al Jordán. Los de Judá habían venido a Guilgal para encontrarse con el rey y hacerle pasar el Jordán.

17Semeí, hijo de Guerá, benjaminita de Bajurim, se apresuró a bajar con los hombres de Judá para encontrarse con el rey David. 18Tenía consigo mil hombres de Benjamín. También Sibá, criado de la casa de Saúl, sus quince hijos y sus veinte siervos estaban con él. Se adelantaron al rey en el Jordán 19y, puestos a su servicio, ayudaron a atravesar el río a la familia real, haciendo lo que más le agradaba. Semeí, hijo de Guerá, se postró ante el rey en el momento de atravesar el Jordán, 20y le dijo:

—No tenga en cuenta mi señor mi culpa ni recuerde lo que tu siervo cometió cuando el rey, mi señor, salía de Jerusalén. ¡No lo conserve en su corazón! 21Tu siervo reconoce haber pecado. Por eso, puesto que soy el primero de toda la casa de José, he bajado hoy para recibir a mi señor, el rey.

22Abisay, hijo de Seruyá, dijo:

—¿No debería morir Semeí por haber maldecido al ungido del Señor?

23Pero David dijo:

—¿Qué tengo en común con ustedes, hijos de Seruyá, para que se hagan hoy tentadores míos? ¿Puede morir alguien hoy en Israel? ¿No soy desde hoy el único rey de Israel?

24Y dijo el rey a Semeí:

—No morirás.

Y el rey se lo juró.

David disculpa a Meribaal

25También Meribaal, hijo de Saúl, bajó al encuentro del rey. No se había arreglado los pies ni las manos, ni se había cortado la barba, ni había lavado sus vestidos desde el día en que el rey salió hasta que volvió en paz. 26Cuando llegó desde Jerusalén al encuentro del rey, éste le dijo:

—¿Por qué no viniste conmigo, Meribaal?

27Él respondió:

—Señor y rey mío, un criado me engañó. Tu siervo le había dicho: «Ensíllame el asno para subir con el rey», ya que tu siervo es cojo. 28Tu siervo ha sido calumniado ante mi señor, el rey. Pero mi señor, el rey, es como un ángel de Dios: haga, pues, lo que mejor le parezca, 29porque toda la casa de mi padre no había merecido más que la muerte; sin embargo, tú has permitido a tu siervo sentarse entre los que comen a tu mesa. ¿Qué derecho tengo todavía para implorar al rey?

30El rey le respondió:

—¿Para qué vas a seguir hablando? Ya he decidido que tú y Sibá se repartan los campos.

31Meribaal contestó:

—Puede quedarse él con todo, una vez que mi señor, el rey, ha vuelto a casa en paz.

David acoge a Barzilay

32Barzilay, el galaadita, había bajado también desde Roguelim y había atravesado el Jordán con el rey para despedirlo desde el río. 33Barzilay era muy anciano, tenía ochenta años. Él había proporcionado viandas al rey cuando estuvo en Majanaim, porque era un hombre de posición muy alta. 34El rey le dijo:

—Ven conmigo y yo proveeré de tu sustento junto a mí en Jerusalén.

35Pero Barzilay respondió al rey:

—¿Cuántos años de vida me quedan como para decidirme a subir con el rey a Jerusalén? 36Tengo ya ochenta años. ¿Podré distinguir durante mucho tiempo entre el bien y el mal? ¿Podrá tu siervo saborear la comida y la bebida, y oír las voces de los cantores y cantoras? ¿Por qué va a ser tu siervo una carga para mi señor, el rey? 37No es poco que tu siervo pueda acompañar al rey a pasar el Jordán. ¿Por qué va a darme más recompensa? 38Permite que tu siervo pueda volver y morir en mi ciudad junto al sepulcro de mi padre y de mi madre. A cambio está mi hijo, tu siervo Quimham; que vaya él con mi señor, el rey; podrás hacer con él como tú quieras.

39El rey contestó:

—Que venga conmigo Quimham; haré con él como tu quieras, y le concederé todo lo que desees.

40Todo el pueblo pasó el Jordán con el rey. Entonces el rey besó a Barzilay, lo bendijo y le dejó volver a casa.

David, rey de Judá y de Israel

41Así pues, el rey hizo la travesía hasta Guilgal, y Quimham iba con él. Todo el pueblo de Judá y también la mitad del pueblo de Israel había ayudado al rey a pasar el río. 42Entonces todos los hombres de Israel se acercaron al rey y le dijeron:

—¿Por qué te han secuestrado nuestros hermanos, los hombres de Judá, y han ayudado a atravesar el Jordán al rey, a su familia y a todos los hombres de David?

43Los hombres de Judá respondieron a los de Israel:

—El rey es nuestro pariente próximo. ¿Por qué les molesta esto? ¿Hemos comido alguna vez a costa del rey, o se nos ha dado alguna prebenda?

44Los de Israel les contestaron:

—Tenemos diez veces más derecho sobre el rey. Además nosotros somos los primogénitos. ¿Por qué nos desprecian? ¿No hemos sido los primeros en proponer la vuelta del rey?

Sin embargo, los de Judá dijeron palabras más duras que los de Israel.

Rebelión de Seba

202 S1Se encontraba allí un hombre inicuo llamado Seba, hijo del benjaminita Bicorí, que hizo sonar la trompeta y dijo:

— No tenemos posesiones comunes con David,

ni tenemos herencia común con el hijo de Jesé.

¡Varones de Israel, a sus tiendas!

2Todos los israelitas se alejaron de David para seguir a Seba, hijo de Bicorí, mientras que los de Judá permanecieron fieles a su rey desde el Jordán hasta Jerusalén.

3David entró en su casa en Jerusalén, tomó las diez concubinas que había dejado para el cuidado de la casa y las puso bajo custodia. Las alimentó, pero no se acercó a ellas; permanecieron recluidas hasta el día de su muerte, como viudas durante el resto de sus vidas.

Muerte de Amasá

4El rey dijo a Amasá:

—Convócame a todos los hombres de Judá en los próximos tres días y preséntate tú también.

5Salió Amasá para convocar a los de Judá; pero tardó más del tiempo fijado. 6Entonces David dijo a Abisay:

—Seba, hijo de Bicorí, va a hacernos más daño que Absalón; toma, pues, a los siervos de tu señor y persíguelo antes de que alcance ciudades amuralladas y se nos escape.

7Salió Abisay al frente de los hombres de Joab, los quereteos, los peleteos y todos los hombres valerosos. Salieron de Jerusalén para perseguir a Seba, hijo de Bicorí. 8Cuando se encontraban junto a la piedra grande que hay en Gabaón, Amasá se presentó frente a ellos. Joab llevaba vestidura militar y un cinturón con la espada envainada junto al muslo. Ésta se le salió y cayó al suelo. 9Joab dijo a Amasá:

—¿Estás bien, hermano mío?

Y con la mano derecha sujetó a Amasá por la barba para besarlo. 10Amasá no se fijó en la espada que Joab tenía en la otra mano. Entonces Joab le hirió en el bajo vientre, derramando por tierra sus entrañas. Y, sin darle otro golpe, Amasá murió.

Joab y su hermano Abisay persiguieron a Seba, hijo de Bicorí. 11Uno de los jóvenes de Joab permaneció junto a Amasá y dijo:

—El que prefiera a Joab y el que esté de parte de David, que siga a Joab.

12Amasá yacía cubierto de sangre en medio del camino. Aquel hombre, viendo que todo el pueblo se detenía ante él, apartó a Amasá del camino hacia el campo y echó sobre él un manto. 13Cuando fue retirado del camino, todos pasaban siguiendo a Joab en persecución de Seba, hijo de Bicorí.

Muerte de Seba

14Seba atravesó todas las tribus de Israel hasta Abel–Bet-Maacá, donde habían sido convocados los de la familia de Bicorí: todos entraron tras él. 15Llegaron los otros y cercaron a Seba en Abel–Bet-Maacá, levantando un terraplén contra la ciudad. Cuando todos los que estaban con Joab se pusieron a excavar para demoler los muros, 16una mujer sabia gritó desde la ciudad:

—¡Escuchen, escuchen! Digan a Joab que se acerque aquí que tengo que hablarle.

17Cuando se acercó le dijo la mujer:

—¿Tú eres Joab?

Él respondió:

—Sí, yo soy.

Ella dijo:

—Escucha las palabras de tu sierva.

Él contestó:

—Escucho.

Y continuó la mujer:

18—Antes solía decirse: «Que consulten en Abel y resolverán la cuestión», 19porque somos los más pacíficos y fieles de Israel. Y tú pretendes destruir una ciudad que es una gran metrópoli en Israel. ¿Por qué vas a arruinar la heredad del Señor?

20Respondió Joab:

—Lejos, lejos de mí arruinar ni destruir nada. 21No es éste el problema, sino que un hombre de la montaña de Efraím, llamado Seba de Bicorí, ha alzado la mano contra el rey David. Entréguenme sólo a él y me alejaré de la ciudad.

Entonces dijo la mujer:

—Te será arrojada su cabeza desde lo alto de la muralla.

22La mujer entró en la ciudad, habló con sagacidad a los suyos y éstos decapitaron a Seba, hijo de Bicorí, y arrojaron su cabeza a Joab. Éste mandó tocar la trompeta y se alejaron de la ciudad, cada uno a su tienda. Joab volvió a Jerusalén junto al rey.

Funcionarios de David

23Joab estaba al frente de todo el ejército de Israel; Benaías, hijo de Yoyadá, estaba al frente de los quereteos y de los peleteos; 24Adoniram revisaba los tributos; Josafat, hijo de Ajilud, era canciller; 25Susa, escriba; y Sadoc y Abiatar eran sacerdotes. 26También Irá, de Yaír, era sacerdote de David.

Tiempo de hambre. Muerte de la familia de Saúl

212 S1En tiempo de David sobrevino una gran hambre durante tres años; David consultó el oráculo del Señor y el Señor le dijo:

—Sobre Saúl y sobre su casa pesa una gran culpa por haber matado a los gabaonitas.

2Entonces el rey convocó a los gabaonitas y les habló —los gabaonitas no son de origen israelita, sino un resto de los amorreos; sin embargo, los israelitas habían establecido un juramento con ellos, pero Saúl en su celo por los hijos de Israel y de Judá había intentado exterminarlos—. 3Dijo, pues, David a los gabaonitas:

—¿Qué puedo hacer por ustedes? ¿De qué modo puedo expiar para que ustedes bendigan la heredad del Señor?

4Los gabaonitas le dijeron:

—Con Saúl y con su casa no tenemos problemas de plata ni de oro; ni se trata de que muera nadie en Israel.

El rey insistió:

—Digan qué puedo hacer por ustedes.

5Ellos respondieron al rey:

—Aquel hombre intentó destruirnos; proyectó aniquilarnos y hacernos desaparecer de todo el territorio de Israel. 6Que se nos entreguen siete de sus hijos y nosotros los colgaremos en el patíbulo ante el Señor, en Gabaón, en el monte del Señor.

El rey dijo:

—Yo mismo se los entregaré.

7Pero el rey perdonó la vida de Meribaal, hijo de Jonatán, hijo de Saúl, por el juramento hecho ante el Señor entre David y Jonatán, hijo de Saúl. 8Tomó, pues, el rey a los dos hijos que Rispá, hija de Ayá, había dado a Saúl: Armoní y Meribaal, y a los cinco hijos que Merab, hija de Saúl, había dado a Adriel, hijo de Barzilay, el de Mejolá. 9Los entregó en manos de los gabaonitas que los colgaron en el patíbulo ante el Señor en el monte. Los siete cayeron a la vez; fueron ejecutados en los primeros días de la cosecha, cuando se comienza a recoger la cebada.

10Rispá, hija de Ayá, tomó un saco y, extendiéndolo, se sentó en una roca desde el comienzo de la cosecha hasta que cayeron las primeras lluvias del cielo sobre sus cuerpos. No dejó que las aves se posaran sobre ellos durante el día ni que las fieras se acercaran durante la noche. 11Anunciaron a David lo que había hecho Rispá, hija de Ayá y concubina de Saúl. 12Entonces fue David y recogió los huesos de Saúl y de su hijo Jonatán de manos de los ciudadanos de Yabés de Galaad, pues éstos los habían retirado de la plaza de Bet–Seán, donde los filisteos los habían colgado cuando mataron a Saúl en Guilboá. 13Trasladó los huesos de Saúl y los de su hijo Jonatán, y los unió a los huesos de los que habían sido ajusticiados. 14Luego sepultaron los huesos de Saúl y los de su hijo Jonatán con los de los ajusticiados, en tierra de Benjamín en Selá, en el sepulcro de Quis, padre de Saúl. Hicieron así lo que el rey había ordenado y después de eso Dios se mostró aplacado con la región.

Victoria sobre los filisteos

15De nuevo hubo guerra entre los filisteos e Israel, y David y los suyos bajaron a combatir contra ellos; David estaba agotado. 16Entonces Yisbí–Benob, uno de los hijos de Rafá, que llevaba una lanza de bronce de trescientos siclos de peso y se ceñía con una espada nueva, expresó la intención de matar a David, 17pero Abisay, hijo de Seruyá, vino en ayuda del rey, golpeó al filisteo y lo mató.

Entonces los hombres de David le conminaron diciéndole:

—¡Tú no volverás a salir con nosotros al combate, para que no se apague la lámpara de Israel!

18Después de esto hubo otra batalla contra los filisteos en Gob. En esta ocasión Sibecay, el jusatita, mató a Saf, uno de los hijos de Rafá. 19En otra batalla contra los filisteos en Gob, Eljanán, hijo de Yaír, de Belén, mató a Goliat de Gat; el asta de su lanza era como un madero de tejedor.

20Hubo de nuevo otra batalla en Gob. En ella salió un hombre de gran estatura que tenía seis dedos en cada mano y otros seis en cada pie, en total veinticuatro dedos; era también descendiente de Rafá. 21Desafió a Israel, pero Jonatán, hijo de Samá, hermano de David, lo mató. 22Estos cuatro eran descendientes de Rafá de Gat y todos cayeron en manos de David o de sus servidores.

Salmo de David

222 S1David dirigió al Señor las palabras de este canto, cuando el Señor lo libró de la mano de sus enemigos y sobre todo de la mano de Saúl. 2Dijo así:

—El Señor es mi roca, mi alcázar, mi libertador.

3Mi Dios, la peña en que me asilo;

mi escudo, mi fuerza salvadora, mi baluarte,

mi refugio, el salvador que me libra de los violentos.

4Clamo al Señor digno de alabanza

y quedo a salvo de mis enemigos.

5Me envolvían olas de muerte,

me aterraba un torrente arrollador;

6me cercaban los lazos del abismo,

me precedían las trampas de la muerte.

7En mi angustia clamé al Señor,

grité a mi Dios

y Él escuchó mi voz desde su Templo;

a sus oídos ha llegado mi clamor.

8Se ha estremecido y ha retumbado la tierra,

se han removido los fundamentos de los cielos,

sacudidos por el ardor de su ira.

9De sus fauces subía humo,

de su boca, fuego devorador;

de él saltaban carbones encendidos.

10Él abajó los cielos y descendió,

con las nubes bajo sus pies.

11Cabalgaba volando sobre un querubín;

y corría veloz sobre las alas del viento.

12Puso las tinieblas a su alrededor como una tienda,

con aguas oscuras, con densas nubes.

13Al fulgor de su presencia

se encendían las brasas.

14Tronó el Señor desde el cielo,

emitió el Altísimo su voz.

15Disparaba saetas a los lados,

rayos que retumbaban.

16Entonces aparecieron los fondos de los mares,

quedaron al descubierto los cimientos del orbe,

como efecto del bramido del Señor,

del soplo violento de su ira.

17Desde lo alto extendió su mano, me tomó,

me sacó de las aguas caudalosas;

18me libró de mis enemigos poderosos,

de mis adversarios más fuertes que yo.

19Me atacaron en el día de mi angustia,

pero el Señor fue mi apoyo;

20me sacó a lugar abierto,

me libró porque me amaba.

21El Señor me retribuyó según mi justicia,

me pagó según la inocencia de mis manos,

22porque guardé los caminos del Señor

y no renegué de mi Dios.

23Tuve presentes todas sus normas,

no me aparté de sus decretos;

24sino que le fui íntegro,

me guardé de la iniquidad.

25El Señor me pagó según mi justicia,

según mi inocencia ante sus ojos.

26Con el piadoso eres piadoso,

con el honrado eres honrado;

27con el sincero, sincero,

con el taimado, sagaz.

28Tú salvas al pueblo humilde

y humillas los ojos altaneros.

29Tú, Señor, eres mi lámpara,

mi Dios que alumbra mis tinieblas.

30Contigo me enfrento a las huestes,

con mi Dios asalto las murallas.

31El camino del Señor es perfecto,

probada a fuego la palabra del Señor,

escudo para quien se acoge a Él.

32Pues, ¿quién es Dios fuera del Señor?,

¿quién es Roca fuera de nuestro Dios?

33Dios es quien me ciñe de valor,

quien hace recto mi camino,

34quien vuelve mis pies iguales a los de un ciervo

y me sostiene firme en las alturas;

35quien adiestra mis manos para la batalla

y mis brazos para los arcos de bronce.

36Me diste tu escudo de salvación,

tu solicitud me hizo grande;

37ensanchaste la senda ante mis pasos,

y no vacilaron mis tobillos.

38Perseguiré y daré alcance a mis enemigos,

no regresaré hasta haberlos abatido.

39Los aniquilaré y los destruiré; no podrán levantarse,

han caído bajo mis pies.

40Me has ceñido de valor para la guerra,

has doblegado a los que se alzaban contra mí;

41has hecho volver la espalda a mis enemigos,

he exterminado a quienes me odiaban.

42Clamaron, pero nadie les salvó,

gritaron al Señor pero no les respondió.

43Los trituré como polvo de la tierra,

los aplasté como barro de las calles.

44Me libraste de las revueltas de mi pueblo,

me pusiste a la cabeza de las naciones;

un pueblo desconocido es mi vasallo.

45Los hijos de extranjeros me adulan,

me escuchan con atención y me obedecen.

46Los hijos de extranjeros palidecen,

abandonan temerosos sus refugios.

47¡Viva el Señor! ¡Bendita sea mi Roca!

¡Exaltado sea mi Dios, la roca de mi salvación!

48El Dios que me concede la venganza

y me somete los pueblos.

49Tú me libras de mis enemigos,

me ensalzas sobre mis agresores,

me salvas del hombre violento.

50Por eso, Señor, te alabaré entre las naciones,

y cantaré en honor de tu nombre.

51El que hace grandes las victorias de su rey,

y tiene misericordia con su ungido,

con David y su linaje para siempre.

Últimas palabras de David

232 S1Éstas son las últimas palabras de David:

—Oráculo de David, hijo de Jesé,

oráculo del varón elevado a lo más alto,

del ungido del Dios de Jacob,

del dulce cantor de Israel.

2El espíritu del Señor habla por mí

y sus palabras están en mi lengua.

3Ha hablado el Dios de Jacob;

me ha dicho la Roca de Israel:

«El justo, el que gobierna a los hombres,

el que gobierna con temor de Dios,

4es como la luz de la mañana

al salir el sol

en una mañana sin nubes,

que hace brillar después de la lluvia

la hierba de la tierra».

5Así está mi casa ante Dios,

porque ha hecho conmigo

una alianza eterna,

bien dispuesta y afianzada.

¿No es Él quien hace germinar

mi salvación y mis deseos?

6Pero los malvados son como espinos

que se tiran

y nadie los agarra con la mano:

7quien los toca usa un hierro

o el asta de una lanza,

para que ardan por completo en el fuego.

Nombres de los héroes de David

8Éstos son los nombres de los héroes de David:

Isbaal, el tajquemonita, primero de los Tres, que blandió una lanza contra ochocientos y los mató de una sola vez.

9Después de él, Eleazar, hijo de Dodó, el ajohita, otro de los Tres. Estaba con David en Pas–Damim cuando los filisteos se congregaron allí para la batalla. Los israelitas se retiraban, 10pero él les hizo frente y estuvo abatiendo filisteos hasta que se le agarrotó la mano y se le quedó pegada a la espada. El Señor concedió aquel día una gran victoria y el pueblo se volvió con Eleazar, sólo para apoderarse del botín.

11Después de él, Samá, hijo de Agué, el hararita. Los filisteos se habían reunido en Lejí, donde había un campo plantado todo de lentejas. El pueblo huía ante los filisteos, 12pero Samá les hizo frente en medio del campo, lo defendió y se batió con los filisteos. El Señor concedió una gran victoria.

13Estos Tres de entre los Treinta bajaron en tiempo de la siega y se acercaron a David en la cueva de Adulam, mientras una banda de filisteos acampaba en el valle de Refaím. 14David estaba en la zona fortificada, pero un destacamento de filisteos se apostaba en Belén. 15Entonces David manifestó este deseo:

¡Quién me diera de beber agua del pozo de Belén, que está junto a la puerta!

16Los Tres se abrieron paso a través del campo filisteo, sacaron agua del pozo que hay junto a la puerta de Belén y se la llevaron a David. Él no quiso beberla, sino que la derramó ante el Señor 17diciendo:

—Lejos de mí, Señor, hacer tal cosa. Sería como beber la sangre de estos hombres que han arriesgado su vida yendo allí.

Y no quiso beberla. Estas hazañas las hicieron estos Tres.

18Abisay, hermano de Joab, hijo de Seruyá, era el primero de los Treinta. Él es quien blandió la lanza contra trescientos hombres, los mató y adquirió fama entre los Treinta. 19Fue el más glorioso de los Treinta y el primero de todos; pero no alcanzó la gloria de los Tres primeros.

20Después venía Benaías, hijo de Yoyadá, oriundo de Causeel, hombre valeroso y célebre por sus hazañas, que mató a los dos hijos de Ariel de Moab y, en un día de nieve, bajó a una cisterna y allí mató un león. 21Mató también a un egipcio que era de enorme estatura: éste tenía una lanza en su mano, pero Benaías se acercó a él con un bastón, le arrancó de su mano la lanza y con ella lo mató. 22Estas hazañas realizó Benaías, hijo de Yoyadá, y adquirió fama entre los Treinta. 23Fue el más glorioso de los Treinta, pero no alcanzó la gloria de los Tres primeros. David lo puso al frente de su guardia personal.

24De los Treinta era también Asael, hermano de Joab; Eljanán, hijo de Dodó de Belén; 25Samá, el jarodita; Elicá, el jarodita; 26Jeles, el peleteo; Irá, hijo de Iqués de Tecoa; 27Abiézer de Anatot; Sibecay, el jusatita; 28Salmón, el ajohita; Maray, el natufita; 29Jeleb, hijo de Baaná, el natufita; Itay, hijo de Ribay, de Guibeá de Benjamín; 30Benaías, el piratonita; Hiday de Najale–Gaas; 31Abialbón de Arabá; Azmávet de Bajurim; 32Eliajbá, el saalbonita; Yasán de Gun; 33Jonatán, hijo de Samá, de Arar; Ajiam, hijo de Sarar, de Arar; 34Elifélet, hijo de Ajasbay, de Maacá; Eliam, hijo de Ajitófel, el guilonita; 35Jesray de Carmel; Paaray de Arab; 36Yigal, hijo de Natán, de Sobá; Bení de Gad; 37Sélec, el amonita; Najray de Beerot, escudero de Joab, hijo de Seruyá; 38Irá de Yatir; Guerab de Yatir; 39y Urías, el hitita.

En total treinta y siete.

Censo del pueblo

242 S1De nuevo ardió la ira del Señor contra los israelitas, e incitó a David contra ellos diciéndole:

—Vete y haz el censo de Israel y de Judá.

2El rey dijo a Joab y a los jefes de su ejército que estaban con él:

—Recorran todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba, y hagan el censo del pueblo para que yo conozca el número de personas.

3Joab respondió al rey:

—Que el Señor, tu Dios, multiplique el pueblo cien veces más y que los ojos del rey, mi señor, puedan verlo. Pero ¿para qué quiere el rey, mi señor, este censo?

4Pero la orden del rey prevaleció sobre Joab y los jefes del ejército; y Joab y los jefes del ejército se alejaron del rey para hacer el censo del pueblo de Israel. 5Atravesaron el Jordán y comenzaron por Aroer y por la ciudad que está en medio del valle de Gad, en dirección a Yazer. 6Luego llegaron a Galaad y a la región de los hititas, a Cadés, y se dirigieron a Dan. Desde allí se desviaron a Sidón.

7Llegaron a la fortaleza de Tiro y a todas las ciudades de los jeveos y cananeos, y terminaron en el Négueb de Judá, en Berseba. 8Recorrieron todo el país y, al cabo de nueve meses y veinte días, regresaron a Jerusalén. 9Joab dio al rey el resultado del censo del pueblo: ochocientos mil guerreros adiestrados para manejar la espada, en Israel, y quinientos mil, en Judá. 10Pero le remordió la conciencia a David después de haber hecho el censo del pueblo y dijo al Señor:

—He pecado mucho por haber hecho esto; pero ahora, Señor, te ruego que perdones la iniquidad de tu siervo, porque he obrado con gran necedad.

La peste y el perdón del Señor

11Antes de que David se levantara a la mañana siguiente, le fue dirigida esta palabra del Señor al profeta Gad, el vidente de David:

12—Vete a decirle a David: «Esto ha dicho el Señor: “Tres castigos te propongo; elige uno y lo ejecutaré”».

13Se presentó, pues, Gad ante David y le dijo:

—¿Qué prefieres: tres años de hambre en tu país, tres meses de constante huida de tus enemigos que estarán siempre persiguiéndote, o tres días de peste en tu país? Ahora reflexiona y decide qué debo responder al que me ha enviado.

14David dijo a Gad:

—Estoy en un grave aprieto. Pero es mejor caer en manos del Señor, cuya entrañable misericordia es grande, que caer en manos de los hombres.

15Así que David eligió la peste. Era el tiempo de la siega del trigo. El Señor envió la peste sobre Israel desde esa mañana hasta el momento fijado, y murieron setenta mil hombres del pueblo, desde Dan hasta Berseba. 16Cuando el ángel iba a extender la mano sobre Jerusalén para destruirla, el Señor tuvo compasión por tanto daño y dijo al ángel que exterminaba al pueblo:

—Basta, detén tu mano.

El ángel de Dios estaba junto a la era de Arauná, el jebuseo. 17David, al ver al ángel que azotaba al pueblo, dijo al Señor:

—Yo soy el que ha pecado. Yo soy el culpable. Estas ovejas, ¿qué han hecho? Que caiga tu mano sobre mí y sobre la casa de mi padre.

El altar de David

18Aquel mismo día se presentó Gad ante David y le dijo:

—Sube y erige un altar al Señor en la era de Arauná, el jebuseo.

19David subió de acuerdo con la palabra de Gad, según le había ordenado el Señor. 20Cuando Arauná vio al rey y a sus servidores que se dirigían hacia él, salió y se postró ante el rey rostro en tierra. 21Luego Arauná dijo:

—¿Por qué el rey, mi señor, viene hasta su siervo?

David respondió:

—Para comprarte la era y erigir en ella un altar al Señor, con el fin de que la plaga se aleje del pueblo.

22Arauná dijo a David:

—Tómela el rey, mi señor, y ofrezca cuanto le parezca bien. Ahí están los bueyes para el holocausto y los trillos y los yugos de los bueyes que servirán de leña. 23Todo esto te lo entrega Arauná, tu siervo.

Y añadió Arauná:

—Que el Señor, tu Dios, te sea propicio.

24Pero el rey respondió:

—No. Te lo he de comprar todo por su precio; no puedo ofrecer al Señor, mi Dios, un holocausto que no me cueste nada.

Así pues, David adquirió la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata. 25Edificó allí un altar al Señor, y ofreció holocaustos y sacrificios de comunión. El Señor se mostró aplacado con el país y la plaga dejó de afligir al pueblo.