COMENTARIO
Ante la inminente llegada del sublevado Absalón, David decide abandonar Jerusalén. La huida de David está cargada de nostalgia, y se lleva a cabo como una procesión ritual en la que hay una aceptación del designio divino expresado en el levantamiento de Absalón. David sale deprisa para preservar a la ciudad de una catástrofe (v. 14); si la conquista de Jerusalén fue para él señal de protección divina, la marcha debe ser signo de que el Señor le abandona. La actitud humillante del rey se refleja en su salida a pie (15,30); pero la esperanza en que la ciudad no pierda su capitalidad regia se manifiesta en que el palacio real queda bien atendido por las concubinas para que pueda ser ocupado por el que el Señor designe.
A pesar de ser una huida vergonzante, David percibe la adhesión afectiva de los más incondicionales (vv. 18.23); la parada en la última casa (v. 17) refuerza la nostalgia del rey que se resiste a abandonar la ciudad que él mismo había fundado.