COMENTARIO

 2 S 16,1-14 

La huida de Jerusalén es para David una ruta de dolor que irá purificando su ánimo; además de abandonar su ciudad más querida, tiene que soportar el desprecio y la burla de muchos de sus súbditos. Las dos primeras personas que salen a su encuentro —Sibá y Semeí— son del norte y vienen a recordarle que entre los de Saúl no se ha apagado el odio contra él. Sibá, con intenciones poco rectas, le anuncia que Meribaal, el hijo de Jonatán, tratado con deferencia en la corte de David (cfr 9,6-13), se ha pasado al bando de Absalón. David toma una decisión que será matizada cuando al volver compruebe que la participación de Meribaal en el complot no fue tan grave (cfr 19,25-31). Semeí actúa cobardemente y maldice desde lejos a David. El rey, en vez de reaccionar con violencia, asume estas humillaciones como venidas de Dios. De esta forma va creciendo en su piedad y en la aceptación del castigo merecido.

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