COMENTARIO

 2 S 19,16-40 

En su camino de vuelta a Jerusalén, David vuelve a encontrarse con las mismas personas que le habían zaherido cuando huía de Absalón y con todos ellos se muestra magnánimo; así perdona a Semeí, el que le había insultado y apedreado (cfr 16,5-14); y sin prestarle mucha atención, pasa por alto el comportamiento ambiguo de Meribaal al no acompañar al rey en su desgracia (cfr 16,1-4). Lo importante de estos episodios es que hasta los más acérrimos contrincantes se rinden y tributan pleitesía a David como verdadero rey. El perdón de David a quienes le habían ofendido es un tenue anticipo de la radical enseñanza de Jesús a perdonar las ofensas que nos puedan hacer (cfr Mt 18,21-35). «Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti» (Camino, n. 452).

La grandeza de alma de David se muestra abiertamente con los que le ayudaron en los peores momentos: a Barzilay, que le había dado avituallamiento (cfr 17,27-28), le brinda un puesto en palacio y, aunque no lo acepta, se compromete con exquisita cortesía a favorecer a su hijo recomendado, respondiéndole con la misma fórmula que Barzilay había utilizado en la recomendación (v. 38): «haré con él como tú quieras» (v. 39) (literalmente «como más agradable resulte a tus ojos»).

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