COMENTARIO

 2 S 20,1-22 

La revuelta de Seba se resolverá con cierta facilidad porque no estaba protagonizada por un hijo de David sino por un líder benjaminita. Sin embargo, tiene su importancia porque refleja la enemistad nunca acallada del todo entre las tribus del norte y del sur.

David tampoco tiene un protagonismo directo en la solución del conflicto, sino que aparece más bien como quien contempla lo que ocurre a su alrededor. Únicamente interviene en la reclusión de las concubinas violadas por Absalón (v. 3; cfr 16,22). Probablemente esta decisión de separarlas no fue un castigo, sino una cautela para cerciorarse de que Absalón no tuvo descendencia ni de otras mujeres, ni de las que por un momento fueron suyas.

La muerte de Amasá (vv. 4-13) —general de Absalón indultado por David y que había ocupado el cargo de jefe del ejército en lugar de Joab (cfr 17,25; 19,14)— facilitó la victoria del ejército dirigido por Joab, pero fue llevada a cabo a traición (vv. 9-10) y su culpa recaerá sobre Joab, que al final habrá de pagar la sangre derramada sin motivo (cfr 1 R 2,28-33).

En la solución de la revuelta de Seba (vv. 14-22) interviene una vez más «una mujer sabia» (v. 16; cfr 14,1); y, como ocurrió con la que convenció a David tras la muerte de Amnón (cfr cap. 14), ésta, con particular ingenio, consiguió orientar la acción de Joab con el fin de salvar «la heredad del Señor» (v. 19). El protagonismo de aquella mujer evitó la destrucción de una ciudad importante situada en el norte del valle del Jordán, colaborando así en la función de David de integrar los dos reinos.

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